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—Gracias por su compra. Regrese pronto.
Las puertas automáticas se abrieron y Jo salió de la tienda para encontrarse de nuevo bajo el sol inclemente y el calor abrasador típicos de un día de verano. Mientras caminaba, abrió su botella de ramune con la mano que no estaba ocupada cargando la bolsa de compras. Dio un sorbo a la botella.
No habían pasado ni cinco minutos desde que dejó el aire acondicionado de la tienda y el sudor ya le corría por la nuca, incluso si esta vez había optado por llevar la chaqueta del Shishitoren amarrada en la cintura.
A pesar del calor, Jo se encontraba satisfecho, había completado la lista de compras y solo quedaba llegar a casa, preparar el té que bebería con su abuelo más tarde y cocinar fideos somen, después de todo, se acercaba el Tanabata y no podía evitar el mood festivo.
Se encontraba pensando en eso cuando de repente reconoció a alguien más adelante. La cara de Jo se iluminó al instante.
Caminaba solo, con una mano dentro del bolsillo del pantalón y la otra llevándose a la boca un taiyaki. Sus ojos bicolores recorrían las tiendas a lo largo de la calle, probablemente asegurándose de que no hubiera nada que pudiera alterar la paz de los tenderos, cuando de repente, se posaron en Jo.
—¿Togame? ¿Qué haces por aquí? —
Sakura Haruka lo observaba con la fascinación genuina de quien se topa con algo inesperado pero bienvenido, como un trébol de cuatro hojas o una moneda de 500 yenes. Aunque Shishitoren y Bofurin se encontraban en buenos términos ahora, no era habitual ver a alguien con chaqueta naranja de este lado de la ciudad.
—Hola, Sakura. Hacía algunos mandados para el abuelo —mencionó Jo con una sonrisa gentil al tiempo que levantaba un poco la bolsa de compras para que el otro la viera. —Pensaba preparar somen frío, ya sabes, Tanabata está muy cerca.
—¿Tanabata? —Sakura ladeó la cabeza y la expresión de su cara era similar a la que pondría alguien que trata de resolver un acertijo.
—Ya sabes, el festival de las estrellas. Cuando Orihime y Hikoboshi se encuentran… —Jo dejó de hablar cuando notó que la confusión del otro solo iba en aumento con cada palabra que decía.
—¿Festival? ¡Ah! Conque por eso hay tantas decoraciones en los locales —Era evidente el momento en el que todo hizo click en la cabeza del bicolor. —¿Significa que habrá comida? —Jo soltó una risita.
—Sí, generalmente se organizan festivales con comida y dulces.
Los ojos dispares del otro se iluminaron, la comida era siempre un buen incentivo para Sakura al parecer.
—Pero lo que distingue al Tanabata de otros festivales son los tanzaku para pedir deseos… los papeles coloridos colgados de ramas de bambú —especificó Jo cuando notó que el bicolor volvía a perderse.
Era evidente que Sakura no había festejado Tanabata antes, de hecho, Jo sospechaba que había una gran cantidad de cosas que probablemente nunca había experimentado, comenzando con la vez en que le enseñó a abrir una botella de ramune. Ahora mismo se moría de ganas por invitarlo al festival que se estaba organizando en territorio de Shishitoren, el gran problema era que ya se había comprometido a ayudar de tiempo completo en el puesto de taiyaki.
De repente, una idea surgió en la cabeza de Jo. Ese no era el único festival de la ciudad, estaban los festejos del templo. Si bien el ambiente no sería tan vivo como el de la fecha exacta, aún podrían disfrutar del espíritu festivo previo a la celebración oficial.
—¿Por qué no vamos juntos a escribir nuestros tanzaku?
—¿Ah?
—Conozco un lugar tranquilo al que podemos ir antes del día siete. Estoy seguro que tendrán comida y dulces de todas formas.
Sakura pareció pensarlo un momento. Énfasis en "pareció". El brillo en sus ojos delataba el creciente interés por esta nueva experiencia.
—De acuerdo.
—Te veo entonces el jueves a las cuatro, en la estación de tren.
Y así, ambos chicos se despidieron. Jo continuó su camino a casa con una sonrisa que se negaba a dejar sus labios.
*
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El jueves no pudo llegar suficientemente rápido.
Jo se encontraba en la estación de tren alrededor de una hora antes de lo acordado, parte por la emoción de pasar la tarde con Sakura, parte por lo que ocurrió hacía apenas un par de horas.
Verán, como segundo al mando del Shishitoren, Jo suele llegar a Ori relativamente temprano para gestionar algunas cosas, ver a los otros miembros y, en general, estar al pendiente de cualquier conflicto con otros grupos. Una vez seguro de que todo está en orden suele ir al tejado del cine, ya sea para tomar una siesta o simplemente beber su ramune en paz. Ese día no fue la excepción, se encontraba en el tejado matando algo de tiempo cuando escuchó a alguien subiendo por las escaleras.
—¡Kame-chan! ¡Ahí estás! —exclamó Choji cuando atravesó la puerta del tejado y, acto seguido, corrió hacia donde se encontraba el pelinegro. —Vamos por snacks a la tienda, ¿vienes?
En circunstancias normales Jo habría aceptado de inmediato y sin pensarlo dos veces. Generalmente aprovechaba para surtir la hielera con todos los sabores posibles de ramune al tiempo que pasaba tiempo con el resto de los chicos.
Sin embargo, este no era un día normal. Sabía que la travesía de ir por snacks podría extenderse indefinidamente, dependiendo de cuántos gatos se cruzaran en el camino de Choji y del tiempo que este decidiera dedicar a acariciarlos o jugar con ellos.
—Esta vez paso, Choji —contestó rascándose la nuca.
—¿Ah? ¿Por qué? —cuestionó el líder de Shishitoren con un puchero.
—Me parece que Jo tiene un compromiso más tarde, será mejor no distraerlo —comentó Wanijima, que había aparecido por las escaleras y se dirigía hacia ellos.
—¿Compromiso? ¿Que no el festival inicia mañana? —la voz pertenecía a Inugami, que venía justo atrás. —¿Todo bien con los preparativos, Togame-san?
—Oh, los preparativos van bien —aseguró Jo con su voz tranquila. —Hoy voy al templo con Sakura.
Se hizo silencio y los tres otros miembros del grupo lo miraron fijamente por un momento, antes de que sus caras se iluminaran con diferentes grados de entusiasmo.
—¡Todo saldrá bien, Togame-san! ¡Ánimo! —exclamó Inugami como quien anima a alguien que va a participar en un campeonato nacional de béisbol.
—Todos te apoyamos, Jo. Éxito —esta vez intervino Wanijima, con una sonrisa tan sutil como cálida.
Ahora el pelinegro sentía que se estaba perdiendo de algo.
—¡Sí! ¡Tienes que contarnos después cómo te fue en tu cita con Sakura-chan! —exclamó Choji con una sonrisa de oreja a oreja. —Aunque pudiste habernos dicho cuando empezaron a salir, ¡qué malo eres, Kame-chan! —Ahora volvía a hacer un puchero.
Jo los miró perplejo.
Nunca había dicho nada explícitamente acerca de sus sentimientos por el bicolor y tampoco era que tuviera intención de ocultarlos. No obstante, la forma en que sus amigos parecían creer que, de hecho, ya mantenía una relación formal con Sakura, le hacían darse cuenta de lo obvio que era su crush para las demás personas.
—Oh, esto no es una cita —se apresuró a aclarar. —En realidad, no estamos saliendo —Aunque de verdad le gustaría que así fuera.
—¡¿Eh?!
Por la reacción de sus compañeros, Jo bien podría haberles dicho que en realidad era un kappa o que venía del futuro y la identidad que creían conocer era falsa.
—Togame-san, no me digas que… —la cara de Inugami era la de alguien que acaba de escuchar que el apocalipsis comienza en una semana. —...¿no te has confesado?
Se hizo un silencio pesado. No duró más de dos segundos pero se sintieron como dos horas.
—...No —contestó Jo finalmente, soltando un suspiro.
Por supuesto, el primero en cuestionarlo fue Choji.
—¿Por qué no? ¡Te gusta Sakura-chan!
—Eso no garantiza que yo le guste a él, Choji —replicó el pelinegro con su habitual paciencia.
—¿Y por qué no lo averiguas? —la voz de Wanijima era serena e inspiraba confianza. —Creo que esta es una oportunidad perfecta, ¿no crees?
—¡Sí! El festival del templo siempre se luce y lo mejor… ¡Puedes ver las estrellas desde ahí! —A Inugami le brillaban los ojos, parecía encantado con la idea. —¡Es perfecto para declararse!
—¡Ya oíste, Kame-chan! —Choji ahora lo jalaba del brazo hacia la puerta. —¡Tienes que ir a declararte!
—Oh… espera, Choji…
—¡No es momento de dudar, Togame-san! —Ahora Inugami lo empujaba desde la espalda. Ambos chicos lo llevaban escaleras abajo. —¡Tienes que decirle lo que sientes!
Jo sonrió. El entusiasmo de ambos era contagioso y no encontró fuerza suficiente para decirles que era demasiado temprano para emprender camino hacia el templo, así que solamente se dejó arrastrar, escuchando las palabras de ánimo de Choji y la interminable lista de consejos de Inugami sobre qué hacer y qué no hacer en una cita.
Cuando finalmente salieron del cine, Wanijima puso una mano sobre su hombro y el pelinegro volteó a mirarlo.
—No conozco mucho a Sakura, pero a ti sí —Wanijima le sostenía la mirada, calmada a simple vista, pero Jo sabía que debajo se escondía cierta intensidad, intentaba comunicarle algo importante. —Es evidente que tiene varias cualidades y virtudes o no te habrías enamorado. Tienes buena intuición con las personas, Jo. Confía en eso —Su amigo sonrió. Era ese tipo de sonrisa que te da valor, que te hace sentir que todo estará bien sin importar el resultado.
Jo miró a los tres chicos que tenía enfrente, dándole ánimos, emocionados por él, cada uno a su manera. Entonces sus labios se curvaron hacia arriba.
—Gracias, chicos —. Y así, Jo comenzó a caminar hacia la estación de trenes.
*
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—¡Oh! ¿Llevas mucho aquí? —Sakura lo miró sorprendido. —Pensé que había salido con tiempo —murmuró antes de sacar su celular del bolsillo para confirmar la hora.
—¡Sakuraaa! —Jo no podía evitar sonreír. —Llegué apenas, no te preocupes.
La realidad es que llevaba ahí unos buenos quince minutos y siendo honesto, el pelinegro se había mentalizado para esperar mucho tiempo más. Ver a Sakura tan temprano era señal de que el bicolor estaba claramente emocionado y eso hacía que el pecho de Jo se llenara de algo cálido y chispeante.
—Es por aquí —señaló Jo con la cabeza. Sakura lo siguió.
El camino hacia el templo es tranquilo. Hablan sobre lo que han estado haciendo estos días, sobre cómo van las cosas con Shishitoren y Bofurin, después se mueven a cosas más triviales, unas dos o tres preguntas antes de caer en el silencio. El sonido de sus pasos, especialmente los de Jo debido a sus geta, es lo único que escuchan y aún así no se siente incómodo en absoluto, no necesitan llenar el espacio con palabras para sentir la compañía del otro. Jo sonrió.
Finalmente se alcanzaba a ver la puerta torii a la distancia. Mientras se acercaban, Sakura mantenía la vista hacia el frente, sus ojos volvían a tener ese brillo singular que Jo había visto un par de veces y que ahora podía interpretar mejor. Curiosidad que pasaba a convertirse en fascinación conforme entraban al templo y terminaban envueltos en la atmósfera solemne. Ahora el bicolor miraba hacia todos lados y Jo supo en ese instante que tal vez era la primera vez que Sakura visitaba un templo.
—Vamos primero de este lado —comentó Jo, atrayendo la atención del más joven.
—¿No vamos hacia allá? —preguntó Sakura confundido, señalando hacia el edificio más grande e imponente que se encontraba justo al final del camino.
—Ese es el salón de oraciones, podemos pasar después si quieres. Pero hay algo que tenemos que hacer primero —explicó Jo mientras se dirigía hacia una pequeña estructura de madera que se encontraba cerca de la entrada.
Consistía en cuatro pilares sosteniendo un techo de tejas, debajo de este, había una pileta de piedra tallada llena de agua cristalina que brillaba con los rayos del sol. Encima del flujo de agua había unas vigas sobre las que descansaban varios cucharones de madera, colocados hacia abajo. Era un temizuya.
—Antes de entrar hay que realizar el temizu —continuó Jo una vez que llegaron a la fuente. —Es fácil, solo haz lo mismo que yo.
Acto seguido, el pelinegro tomó agua de la pileta con uno de los cucharones de madera y la vertió sobre su mano izquierda dejando que el agua la recorriera suavemente antes de llegar a la alcantarilla del piso, después repitió la acción pero ahora con la otra mano. Una vez ambas manos estuvieron limpias, volvió a tomar agua y la vertió en la palma de su mano para enjuagarse la boca.
—¿Es necesario hacer esto cada vez que visitas un templo? —preguntó el bicolor mientras se limpiaba las manos tal y como le había enseñado Jo.
—El temizu es una forma simbólica de purificarse antes de rondar en territorio sagrado, o al menos es lo que me enseñó mi abuelo hace tiempo. ¡Oh! No olvides enjuagar el cucharón —añadió el ojiverde antes de tomar un poco más de agua, voltear el cucharón en vertical de forma que el líquido corría a lo largo del mango para después colocarlo boca abajo sobre la pila. Sakura lo imitó.
Una vez terminado el temizu, se dirigieron hacia un costado del salón de oraciones, allí había un edificio bastante pequeño. Bajo el amplio alero de madera, una larga mesa exhibía hileras ordenadas de omamori (amuletos) en colores vivos, tablillas ema pintadas a mano y pequeños fardos de papel con inscripciones caligráficas. Entre ellos, un cesto de bambú contenía tiras de papel de tonos brillantes: los tanzaku. Un cartel escrito con trazos elegantes invitaba a los visitantes a tomar uno, escribir su deseo y colgarlo en las ramas de bambú que esperaban, mecidas por el viento, junto al santuario.
La mirada de Sakura escaneaba cada una de las filas llenas de objetos, deteniéndose en aquellos particularmente coloridos. Jo no pudo evitar sonreír.
—¿Interesado en algún amuleto en especial?
El bicolor frunció ligeramente el ceño escudriñando las bolsas con diferentes colores y grabados.
—No estoy muy seguro de para qué sirven —admitió.
—La gente los usa porque quiere diferentes cosas, generalmente fortuna y buena salud —añadió el pelinegro mientras señalaba hacia los amuletos correspondientes. —Aunque también están los que quieren ser buenos en los estudios y… otros más que buscan pareja.
La cara de Sakura estalló en color, sus mejillas tan rojas como los pilares del templo. Sus ojos desmesuradamente abiertos como platos.
—¿L-la gente de verdad… de verdad hace eso? —Jo se echó a reír y ahora el bicolor lucía mortificado. —¡N-no te burles!
—Perdona. No me río de ti, es solo que… no pareces el tipo de persona que se interesa en esas cosas —molestó Jo.
El heterocromático se esforzaba en dar un aire duro y confiado, el de alguien que no tiene interés en seguir las reglas. Esa fue la razón por la que la primera impresión que tuvo de Sakura no fue la mejor: un chico demasiado arrogante, demasiado imprudente y que no tenía idea de cuándo debía cerrar la boca. Siendo justos, Jo también se encontraba interpretando a un personaje en ese entonces, uno no muy agradable. Ese encuentro, esa primera pelea, parecía haber sucedido una eternidad y media atrás, ambos chicos habían pasado ese punto hacía mucho y eran conscientes de las otras facetas del otro.
—No es que no me interese… —comenzó a explicar Sakura con las mejillas encendidas y la punta de las orejas teñidas de rojo. Se esforzaba en mirar hacia cualquier otro lado que no fuera Jo y sus labios hacían un puchero casi imperceptible. —...es solo que… —de repente frunció el ceño y arrugó la nariz, parecía que las palabras le provocaban dolor físico, por si fuera poco, el rojo de su cara se volvió aún más intenso, como un carbón encendido. —¿No íbamos a escribir en estos… tanzaki o como se llamen?
—Ciertamente —comentó Jo mientras tomaba uno de papeles coloridos y un marcador, haciéndole un favor al bicolor al seguirle el juego y no comentar el obvio cambio de tema. —La idea es pedir un deseo, puede ser prácticamente cualquier cosa que quieras.
Sakura miraba fijamente su tanzaku, su semblante era contemplativo. Parecía tomar muy seriamente la tarea de formular su deseo.
Jo lo miró detenidamente por un momento, eran este tipo de descubrimientos los que lo hacían caer un poco más por Sakura. Como no podía quedarse mirando indefinidamente, se inclinó sobre la mesa y escribió en su tanzaku. Unos minutos después, Sakura se inclinó también para escribir sobre el suyo, expresión seria y determinada.
Una vez ambos chicos estuvieron listos, se dirigieron hacia las ramas de bambú que ya se encontraban cubiertas de otros tanzakus, guirnaldas de papel y grullas de origami.
—¿Por qué se cuelgan en bambú? —preguntó Sakura mientras se detenía a buscar un espacio para colgar su tanzaku.
—Se dice que, como el bambú crece deprisa, los deseos alcanzarán el cielo más rápido.
—Oh, ¿en serio? —Acto seguido, Sakura dio un salto y colocó su tanzaku en la rama más alta que pudo alcanzar para después aterrizar con gracia, y una sonrisa satisfecha dibujada en sus labios. Jo se preguntó cuántos momentos como este se había perdido hasta ahora y colocó su tanzaku también.
—¿Eh? ¿Cómo es que el tuyo quedó tan arriba?
—¡Ah! Solo tuve que estirarme y ya —Sakura lo miró como si lo hubiera ofendido y comenzó a murmurar algo que sonaba a "trampa" y "gigantes". Jo sonrió.
—Descuida, aún no terminas de crecer.
Sakura le lanzó una patada hacia la espinilla y Jo lo esquivó.
*
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En las calles laterales al templo se podían distinguir los puestos de comida, dulces y juegos, cada uno iluminado por faroles de papel que empezaban a encenderse con el caer de la tarde. El aire ya estaba impregnado con el aroma del yakitori chisporroteando en las parrillas y el dulce perfume del taiyaki recién hecho. Entre los puestos, los comerciantes charlaban animadamente mientras ultimaban detalles, colgando carteles o alineando cuidadosamente sus mercancías. Algunos niños corrían de un lado a otro con globos atados a la muñeca, y de vez en cuando se escuchaba el golpe hueco de una pelota rebotando en un juego de feria.
El ambiente estaba cargado con emoción, expectativa y algo más que Jo no sabía explicar muy bien, pero era casi como un encantamiento que convertía un simple vecindario en un lugar que prometía diversión y buenos recuerdos envueltos en risas, música y el repicar de los tambores.
Si bien había una cantidad moderada de gente, suficiente para permitirles caminar tranquilamente entre los puestos, el pelinegro sabía por experiencia lo concurridas que podían volverse las calles cuando un festival alcanzaba su punto álgido.
Probaron diferentes comidas, takoyaki, taiyaki, somen frío y después, encontraron varios puestos de dulces y postres con decorados muy llamativos. Galletas en forma de estrellas, gelatinas azules que emulaban galaxias, mochi en tonos morado, azul y naranja que recordaban a un atardecer. Todo parecía hacer referencia a un cielo estrellado. Todo se veía delicioso y muy trabajado. Daba lástima comerlo.
Sakura no parecía compartir la misma idea. Sus ojos brillaban y parecían escanear cada uno de los dulces disponibles, parecía tener problemas para decidirse por uno hasta que su atención se posó en un par de mochis que parecían dos pequeños muñecos con yukata, uno en rosa y el otro en verde.
—Estos son diferentes —mencionó el bicolor, probablemente no se dio cuenta de que lo había dicho en voz alta ya que se sobresaltó cuando el tendero contestó.
—¡Oh! Esos tienen la forma de los amantes celestiales. Puedes llevarte ambos y así darle uno a tu novia, ¿qué te parece?
La reacción de Sakura fue un espectáculo en sí mismo.
Su cara pasó de sorpresa a mortificación en un segundo, tiñéndose del mismo color del sol que se ponía en el horizonte. Abría y cerraba la boca como un pez fuera del agua, incapaz de articular una sola palabra coherente, todo parecía indicar que algo dentro del bicolor estaba haciendo cortocircuito. Cuando parecía a punto de empezar a sacar humo de las orejas, Jo decidió intervenir y terminó comprando el par de dulces junto con otras cosas con forma de estrella
Siguieron caminando, ahora en busca de un lugar donde comerse los dulces. De pronto, en medio de los puestos, distinguieron una calle lateral muy angosta que daba hacia unas escaleras que iban hacia arriba, conectando lo que se había construido en la cima del cerro con lo que se encontraba en las faldas del mismo.
Se sentaron a la mitad de las escaleras. Para ese momento el sol ya se había ocultado por completo. Desde ahí, las copas de los árboles cubrían todo menos el brillo de las linternas y luces. Jo tomó un dulce con forma de estrella y Sakura hizo lo mismo. Degustaron los dulces en silencio, uno por uno, hasta que solo quedaron los dos muñecos de mochi.
Ninguno de los dos dijo nada por un rato, limitándose a escuchar la tenue música que sonaba a lo lejos y el cantar de los grillos de los alrededores. Jo miró hacia el cielo, Vega y Altair se encontraban ya en el firmamento.
—Oye —Sakura rompió el silencio y los ojos de Jo se posaron sobre el bicolor. El tono del otro era tentativo, el clásico que uno usa cuando quiere hacer una pregunta y no está seguro de cómo formularla. —¿A qué se refería el viejo con esos dulces? —Señalaba con la cabeza hacia el único par de mochi que quedaba en la bolsa.
—Es la leyenda que da origen al Tanabata —Jo esbozó una sonrisa, acto seguido, señaló hacia las estrellas. —¿Ves esas dos estrellas de ahí? —El chico asintió con la cabeza y Jo volvió a mirar al cielo. —Cuenta la leyenda que Orihime, la princesa celestial, se encontraba tejiendo en el telar cuando se enamoró de Hikoboshi, un campesino que sacaba a pastar a sus bueyes. Se casaron y eran felices, pero descuidaron sus deberes. Eso enfureció tanto al rey del cielo que los separó con un río de estrellas, la vía láctea, y ahora solo les permiten encontrarse una vez al año.
—¿Y entonces se reúnen solo en esta fecha?
Sakura miraba al cielo con el entrecejo fruncido. Generalmente se ruborizaba cada que salía a relucir algo relacionado con romance, pero este no era el caso. Fenómeno curioso si le preguntan a Jo.
—Me parece estúpido, si me preguntas. Si quieres estar con alguien, ¿por qué esperar un año? ¿por qué esperar permiso? —comentó Sakura. Jo soltó una risita y el heterocromático se ruborizó al fin. —¡Es que no tiene sentido! —Ahora el chico comenzaba a levantar la voz mientras señalaba hacia las estrellas, mirándolas como si lo hubieran ofendido. —Si de verdad eran felices, ¿por qué dejar que otros dicten su destino? Solo tienen que llegar al otro lado, ¿no?
<<Típico de Sakura>>, pensó el ojiverde.
Él se lanzaría al río y nadaría hasta el otro lado mandando al diablo las consecuencias, probablemente pelearía contra todo el panteón de dioses de ser necesario. Esa era la clase de persona que era Sakura, fiel a sí mismo hasta el final, capaz de defender aquello que ama con una fiereza que podría rivalizar con la del dios de la guerra Bishamonten. Pero también poseía un lado suave, uno que se podía observar cuando probaba alguna comida por primera vez o cuando colgaba un tanzaku tan alto como podía para hacer realidad su deseo. Uno que sacaba a relucir cierta modestia y humildad al momento de pedir ayuda, no para él mismo, sino por el bien de otros; uno que le permitía sacrificarse a sí mismo sin pensarlo dos veces si era para salvar a las personas que le importan.
Por todo eso y más es que Jo terminó por enamorarse de él.
En este momento, Sakura se veía frustrado. Era evidente que encontraba la actitud de los dos enamorados de fantasía como inaceptable bajo sus estándares.
—Tienes una visión muy interesante, Sakura —comenzó Jo con una sonrisa suave en los labios. —La leyenda es bastante vieja, originalmente se contaba con el fin de advertir sobre la falta de equilibrio en una relación.
Como el chico lo interrogaba con la mirada, continuó su explicación.
—A veces el amor por alguien o algo es tan intenso que puede cegar tu buen juicio y terminas haciendo algo que generalmente no harías, en el peor de los casos terminas perdiéndote a ti mismo en el proceso —Jo entendía esta parte muy bien, en cierto modo ya estuvo ahí y aparentemente, Sakura sabía perfectamente a qué se refería, si es que su expresión sorprendida era prueba suficiente. —Amar no es malo, es de las cosas que verdaderamente pueden hacerte feliz y a veces cambiar tu vida. Solo ten cuidado de seguir siendo tú, si empieza a destruirte significa que no lo era.
—No había pensado en eso —admitió el bicolor en tono pensativo. —Tú… eso que dijiste… lo que quiero decir es que… —Ahí estaba de nuevo luchando por escupir las palabras que quería decir, con cada enunciado incompleto su mortificación iba en aumento y la punta de sus orejas se calentaban más y más. —...te estás volviendo… cool…
—Me alegra oírlo —comentó Jo con voz suave.
Se quedaron en silencio de nuevo.
El pelinegro volvió a mirar las estrellas, más que nada, para darle algo de espacio al bicolor de al lado, cuyo nerviosismo era casi palpable. Jo disfrutaba de cada momento que pudiera pasar con Sakura, el día de hoy había sido más de lo que había podido pedir y solo esperaba que el otro se hubiera divertido al menos. Jo recordó entonces las palabras de Inugami, "es un ambiente perfecto para declararse".
Sí, ciertamente lo era.
En algún momento pensó en seguir el consejo de sus amigos, sincerarse y finalmente decir lo que llevaba tanto tiempo guardando en su pecho pero, después de dar un sermón acerca de no obsesionarse con el amor, una confesión romántica podría considerarse no solo fuera de lugar sino hasta hipócrita.
Quizá esta fuera la noche en la que nacería una nueva pareja. Un par de enamorados paseando por el festival de abajo, mientras comen dulces o consiguen un pez dorado. Alguien quizá se confiese esta noche, pero no será él. No mientras Sakura le dé vueltas a la leyenda y a su significado.
—Togame —Sakura lo miraba fijamente. —Si no te destruye, si te hace querer ser mejor, si te acepta… si te ayuda a aceptarte a ti mismo… ¿entonces sí valdría la pena cruzar el río?
Los ojos dispares cargaban una intensidad que Jo conocía bien, era la determinación antes de la batalla, de dar el salto hacia algo que, aunque podría salir mal y tener todo en contra, de todos modos valía la pena intentarlo sin flaquear ni acobardarse. La carga emocional era tan abrumadora que por un momento, el pelinegro se dejó hipnotizar por esos mismos ojos que veía de vez en cuando en sueños. No se dio cuenta en qué momento Sakura se había acercado tanto.
—Sí… —Fue todo lo que pudo responder antes de que el otro chico cerrara los ojos y tocara sus labios con los suyos.
Fue apenas una caricia antes de que el bicolor comenzara a retroceder. Pero Jo no pensaba dejar dudas ni ambigüedades. Alcanzó esos labios, tan suaves y cálidos como los había imaginado, y los besó con dulzura, haciéndole entender al otro que no había perdido la apuesta, que ambos habían ganado.
Cuando se separaron, Jo sonreía. Al parecer las estrellas leyeron su tanzaku.
—¡D-deja de verme así! —exclamó el bicolor, mortificado. Su cara bien podría pasar por una linterna del festival.
—Estoy feliz, es todo —contestó Jo con sinceridad.
—¡C-como sea! ¿Te vas a comer eso? —preguntó Sakura al tiempo que tomaba el muñeco de mochi con la yukata verde.
—No sería bueno desperdiciar comida, ¿cierto? —Acto seguido, el pelinegro tomó el otro muñeco con indumentaria rosa. —Este fin de semana me toca ayudar en un puesto de taiyaki, pero podemos salir el que sigue.
Quizá fue el tono casual, pero el bicolor se atragantó con su mochi.
—¿Como una… c-cita? —Jo se preguntaba si había un límite en el color que podían teñirse las mejillas de Sakura.
—Es lo que las parejas hacen, ¿no? —ofreció Jo con una sonrisa.
—¿Y… qué se supone que haces en una c-ci… eso?
—Bueno… yo tampoco estoy muy seguro —admitió Jo rascándose el cuello. —Pero ya pensaremos en algo.
Ambos chicos se miraron.
Los ojos de Jo brillaban de felicidad, casi tanto como las estrellas mientras que las mejillas de Sakura parecían negarse a volver a su color habitual. Con el ceño fruncido y un gruñido exasperado se volteó para ver las estrellas y Jo siguió el ejemplo. Sin embargo, por el rabillo del ojo volvió a mirar a Sakura. Sus labios curvados tenuemente hacia arriba.
Su predicción fue cierta después de todo. Nació una nueva pareja gracias a la confesión de alguien que no era él.
