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La vida de Sofia había sido un jardín de rosas sin espinas. Criada en el seno de una familia tradicional y proteccionista, cada decisión importante fue tomada por sus padres: su vestimenta modesta, su educación en un colegio de monjas, sus amistades cuidadosamente seleccionadas, y eventualmente, su matrimonio con Luis. Se conocieron en la misa dominical, él, el joven serio de familia acomodada, ella, la doncella de sonrisa tímida y mirada inocente. Para Sofia, Luis era todo lo que un hombre debía ser: estable, respetuoso y con una promesa de seguridad. El amor que sentía era puro, desinteresado, casi devocional, un reflejo del amor filial que profesaba a sus padres. Sus encuentros íntimos, que iniciaron en su noche de bodas, seguían un ritual predecible: Luis tomaba la iniciativa, ella se entregaba sin cuestionar, y el acto, siempre en la privacidad de su habitación y siempre en la postura del misionero, se sentía más como un deber marital que como una exploración del placer. El orgasmo era un concepto tan ajeno para ella como la rebelión; asumía que la sensación de plenitud que sentía al ver la satisfacción de su esposo era todo lo que existía.
Luis, por su parte, amaba a Sofía. La amaba con la sinceridad de un hombre que nunca ha conocido otra cosa. Su amor, sin embargo, era tan funcional y predecible como el de ella. La veía como el complemento perfecto para su vida ordenada: una esposa hermosa y dócil que mantendría su hogar y sería madre de sus hijos. Su sexualidad era igual de pragmática: se sentía atraído por ella, la deseaba físicamente, pero el placer se medía por su propia satisfacción y la finalidad del acto. Los juegos previos le parecían una pérdida de tiempo, un teatro innecesario. Se sentía cómodo en su rutina, ajeno a la idea de que podía existir algo más allá de lo que conocían. Cuando el anuncio del trabajo en el campamento de verano apareció, lo vio como una oportunidad para un dinero extra y, de paso, por qué no, una pequeña escapada de la monotonía.
