Chapter Text
El sueño comenzó con el frío.
Siempre comenzaba con el frío.
No era el frío amable de las nevadas sobre Invernalia ni el viento helado que se colaba por las almenas durante el invierno. Era algo más profundo, un frío que parecía arrastrarse bajo la piel y aferrarse a los huesos como dedos muertos. Jon abrió los ojos dentro del sueño y volvió a encontrarse rodeado de oscuridad, respirando con dificultad mientras una tormenta de nieve rugía a su alrededor.
Entonces escuchó los cuchicheos.
—Por la Guardia…
—Lo siento…
—Tú eres nuestro hermano…
Las voces venían de todas partes y de ninguna. Jon intentó moverse, pero el dolor llegó antes. Un dolor ardiente en el vientre. Después otro. Y otro más.
Miró hacia abajo.
Sangre.
Demasiada sangre.
Hombres vestidos de negro lo rodeaban con dagas en las manos mientras la nieve se teñía de rojo bajo sus botas. Jon quiso preguntar qué había hecho, por qué lo miraban con aquella mezcla de culpa y resolución, pero apenas logró respirar. El frío entraba en sus pulmones como cuchillas.
Y entonces la vio.
Al otro lado de la tormenta había una muchacha de cabello plateado. Sus ojos violetas brillaban llenos de lágrimas mientras extendía una mano hacia él.
—Te encontré demasiado tarde… —susurró ella.
Jon despertó sobresaltado.
El aire helado de su habitación en Invernalia llenó sus pulmones mientras permanecía sentado sobre la cama, respirando agitadamente. La luna seguía alta tras la ventana y la nieve golpeaba suavemente los postigos de madera.
Otra vez el mismo sueño.
Otra vez aquella mujer.
Otra vez aquella muerte.
Se pasó una mano por el rostro antes de levantarse lentamente. Ya había dejado de intentar explicarlo. Cuando era niño había hablado de los sueños con su padre, pero Rickard Stark había dicho que solo eran pesadillas. Benjen lo escuchaba con fascinación, Ned con preocupación y Lyanna… Lyanna lo había mirado como si estuviera loco.
Con los años aprendió a callar.
Pero los sueños no habían desaparecido. Al contrario. Se habían vuelto más claros.
Y había algo de lo que Jon estaba completamente seguro.
Si iba al Muro, moriría.
El amanecer encontró al castillo cubierta de blanco. El patio estaba lleno de hombres entrenando bajo la nieve mientras el sonido del acero chocando resonaba entre los muros grises del castillo. Jon descendió las escaleras con el ceño fruncido y la capa de piel ajustada sobre los hombros.
Brandon estaba riendo cerca del patio mientras derribaba a un joven guardia con una facilidad insultante. Ned observaba en silencio junto a Ser Rodrik, y Benjen, mucho más pequeño, intentaba imitar los movimientos de su hermano mayor con una espada de madera demasiado grande para él.
Todo parecía normal.
Pero Jon ya no confiaba en la normalidad.
Fue al cruzar el patio cuando vio al maestre Walys caminando hacia la torre de los cuervos con varios pergaminos ocultos bajo el brazo. Jon se detuvo inmediatamente. Algo en su pecho se tensó.
Otra vez.
Últimamente el maestre enviaba demasiados cuervos.
Demasiadas cartas.
Demasiadas visitas privadas con mercaderes sureños.
Jon lo había visto entrar a escondidas en las bóvedas del castillo dos noches atrás. También había descubierto documentos con sellos de casas nobles del Valle y las Tierras del Río. Matrimonios. Acuerdos. Tratos que Lord Stark jamás había mencionado durante las cenas.
No tenía pruebas suficientes.
Solo sueños.
Sueños y sospechas.
Pero cada vez que miraba al maestre sentía el mismo malestar que sentía antes de sus pesadillas.
—Otra vez vigilándolo.
La voz de Lyanna lo sacó de sus pensamientos.
Su hermana estaba de pie junto al arco de piedra que daba al patio. El viento agitaba su cabello oscuro mientras lo observaba con irritación evidente.
—Tal vez porque alguien debería hacerlo —respondió Jon.
Lyanna cruzó los brazos.
—Padre ya te dijo que dejaras de acusar al maestre de cosas absurdas.
Jon la miró fijamente.
—Y yo ya te dije que tengas cuidado con él.
Ella soltó una risa seca.
—¿Cuidado? ¿Ahora también sueñas conspiraciones?
Eso hizo que Jon apretara la mandíbula.
No era solo el maestre.
También eran sus sueños sobre ella.
Siempre fuego.
Siempre sangre.
Siempre ruinas.
Y Lyanna en medio de todo.
No entendía por qué. No sabía cómo. Pero desde hacía años una parte de él estaba aterrada de lo que pudiera llegar a provocar su hermana.
—No sabes de lo que hablas —murmuró él.
Lyanna dio un paso hacia adelante.
—No, Jon. El que no sabe de lo que habla eres tú. Te pasas el tiempo mirando a todos como si conocieras secretos que nadie más entiende.
Porque así era exactamente como se sentía.
Jon apartó la vista primero.
Aquello solo empeoró durante las siguientes semanas.
El maestre continuó moviéndose por el castillo con una libertad que irritaba profundamente a Jon, y cuanto más intentaba advertirle a su padre, peor se volvían las discusiones.
Rickard Stark era un hombre justo, pero también orgulloso. No toleraba acusaciones sin pruebas, y menos contra alguien que llevaba años sirviendo a la casa Stark.
—Los sueños no son evidencia —dijo una noche durante la cena.
La mesa quedó en silencio.
Jon sintió todas las miradas sobre él.
—No son solo sueños —insistió—. Está escondiendo cosas.
—¿Y qué sigue? —preguntó Brandon con fastidio—. ¿Vas a decirnos que viste el futuro en una llama?
Benjen intentó defenderlo, pero Rickard levantó una mano.
—Basta.
La voz del señor de Invernalia fue suficiente para silenciar toda la mesa.
—Estoy cansado de esto, Jon.
Las palabras dolieron más de lo que deberían.
Porque Rickard rara vez levantaba la voz.
—El maestre ha servido fielmente a esta casa desde antes de que nacieras. No seguiré escuchando acusaciones basadas en sueños infantiles.
Jon bajó la mirada.
Y entonces sintió los ojos de Lyanna sobre él otra vez.
Fríos.
Desconfiados.
Como si realmente creyera que había algo malo dentro de él.
Todo explotó tres días después.
Jon encontró al maestre saliendo de las bóvedas acompañado por dos hombres desconocidos. Cuando intentó seguirlos, Lyanna apareció inesperadamente y comenzó a exigir explicaciones. Discutieron. Las voces subieron. Jon intentó hacerla callar antes de que alertara al maestre.
Y ella reaccionó mal.
Muy mal.
Más tarde, frente a Rickard, afirmó que Jon la había sujetado con violencia y amenazado por entrometerse en “sus asuntos”.
Jon jamás olvidaría la decepción en el rostro de su padre.
El maestre Walys aprovechó la situación como un carroñero.
Habló de la conducta errática de Jon. De sus obsesiones. De cómo vigilaba a los sirvientes y hacía preguntas indebidas. Incluso insinuó que el muchacho podía volverse peligroso.
Rickard terminó perdiendo la paciencia.
—¡Basta! —rugió golpeando la mesa con el puño.
El salón quedó en silencio absoluto.
Jon sintió rabia, impotencia y una tristeza tan profunda que casi no podía respirar.
—Padre, estoy diciendo la verdad.
—¿La verdad? —Rickard lo miró con cansancio—. Tu obsesión está avergonzando esta casa.
Jon abrió la boca para responder, pero Rickard continuó.
—Tal vez el Muro pueda enseñarte la disciplina que aquí no aprendiste.
El mundo pareció detenerse.
El Muro.
No.
El miedo golpeó a Jon con tanta fuerza que tuvo que afirmarse del borde de la mesa.
La nieve roja.
Las dagas.
La muerte.
—No iré —susurró.
Rickard endureció el rostro.
—No es una petición.
Jon lo miró durante varios segundos. Después observó a Lyanna, que parecía más sorprendida que satisfecha. Incluso Ned se veía incómodo.
Pero ya era tarde.
Aquella misma noche Jon Stark abandonó el castillo.
La tormenta rugía sobre el Norte mientras cabalgaba sin mirar atrás. No llevaba más que una espada, algunas monedas y el peso de sus sueños.
No sabía exactamente a dónde iba.
Solo sabía que una muchacha de cabello plateado lo estaba esperando al otro lado del mar.
El puerto de Puerto Blanco apareció varios días después entre la niebla gris del amanecer. Jon vendió su caballo, ocultó su apellido y consiguió pasaje en un barco mercante que zarpaba hacia Essos antes del mediodía.
Algo en el navío le desagradó desde el principio.
Los marineros evitaban hablar demasiado. Había hombres armados vigilando ciertas puertas bajo cubierta y el capitán observaba a todos como si temiera ser descubierto.
Jon comenzó a sospechar la verdad al tercer día.
Esclavistas.
Lo confirmó aquella noche cuando escuchó un grito ahogado bajo cubierta.
La pelea fue rápida y brutal.
Jon nunca supo exactamente cómo logró sobrevivir. Tal vez fueron los años entrenando con Brandon. Tal vez la desesperación. Tal vez algo peor.
Solo recordó sangre, acero y el sonido del mar golpeando el casco mientras atravesaba a uno de los hombres con la espada.
Cuando todo terminó, respiraba agitado frente a una puerta cerrada con cadenas.
Del otro lado alguien lloraba.
Jon rompió el candado.
Y el mundo pareció detenerse.
La muchacha sentada dentro de la celda levantó lentamente el rostro.
Cabello plateado.
Ojos violetas.
Los mismos ojos que había visto durante años en sus sueños.
Ella lo observó como si hubiera dejado de respirar.
—Eras tú… —susurró.
Jon sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.
Porque él también la reconocía.
Aunque jamás la hubiera visto antes.
……………………….
El viaje hasta Desembarco del Rey duró casi dos semanas.
Dos semanas en las que Jon descubrió que Daenerys Targaryen no se parecía en nada a las princesas arrogantes de las historias. Había nacido rodeada de lujo y dragones bordados en seda, pero aun así se sentaba junto a él sobre las cubiertas mojadas del barco como si no existiera diferencia alguna entre ambos.
A veces hablaban durante horas.
Otras veces simplemente se quedaban en silencio mirando el mar.
Y, de alguna forma extraña, Jon sentía que ya conocía aquellos silencios.
Daenerys le contó fragmentos de lo ocurrido. Había desaparecido durante un viaje corto hacia Rocadragón. Su escolta fue asesinada durante la noche y ella despertó encerrada en una embarcación rumbo al este. Los hombres que la retenían hablaban de hechiceros y fuego, de sangre antigua y profecías rotas.
—Uno de ellos dijo que “la sangre del dragón debía despertar lo que duerme bajo las sombras” —recordó ella una noche, abrazándose las rodillas mientras el viento agitaba su cabello plateado—. No entendí qué significaba.
Jon tampoco.
Pero cada vez que la escuchaba hablar, una sensación incómoda se removía dentro de él. Como si partes olvidadas de otro tiempo intentaran despertar.
A veces Daenerys lo miraba de forma extraña.
Como si también estuviera recordando algo.
Cuando finalmente divisaron las murallas rojizas de Desembarco del Rey, el ambiente cambió por completo.
Incluso desde el mar podían verse las enormes cadenas cerrando parte del puerto y las patrullas de capas doradas vigilando cada embarcación que entraba o salía de la bahía. El estandarte del dragón tricéfalo ondeaba sobre las murallas mientras decenas de soldados recorrían los muelles.
La capital estaba aterrada.
Los rumores corrían más rápido que el viento:
La princesa desaparecida,
Asesinos extranjeros,
Brujos venidos del este.
El rey había movilizado hombres por todo el reino y, el príncipe Rhaegar llevaba días interrogando mercaderes y cerrando puertos.
Cuando la nave atracó, más de veinte capas doradas rodearon inmediatamente el muelle con las espadas desenvainadas.
—¡Nadie se mueva! —gritó uno de los comandantes.
Jon dio un paso al frente por instinto, pero Daenerys tomó suavemente su brazo antes de avanzar ella misma.
El silencio fue inmediato.
Los soldados quedaron petrificados.
Uno de ellos dejó caer la lanza.
—¿P-princesa…?
Daenerys alzó el mentón con una calma digna de una reina.
—Llévenme con mi padre.
El caos comenzó apenas pisaron el puerto.
Los rumores se extendieron como fuego salvaje. La princesa había aparecido. Estaba viva. Los dioses habían sido misericordiosos con la casa Targaryen.
La noticia atravesó las calles de Desembarco antes incluso de que el carruaje real llegara a la Fortaleza Roja.
Cuando Jon cruzó las puertas del castillo, comprendió inmediatamente que aquello era muy diferente a Invernalia.
Todo brillaba.
Columnas rojas, antorchas doradas, capas de seda, armaduras relucientes y dragones tallados en cada rincón. Los sirvientes corrían nerviosos por los pasillos mientras guardias armados custodiaban cada entrada.
Y en medio de todo aquello estaba el Trono de Hierro.
El rey Aerys II Targaryen descendió los escalones antes de que anunciaran oficialmente la llegada de su hija.
Jon esperaba frialdad.
Encontró furia.
Y miedo.
Por un instante el rey no pareció un monarca, sino simplemente un padre aterrorizado.
Daenerys apenas alcanzó el pie de las escaleras cuando Aerys la abrazó con fuerza.
—Creí que estabas muerta —murmuró con voz quebrada.
La sala completa guardó silencio.
Detrás del rey estaban el príncipe Rhaegar y la princesa Elia Martell. Rhaegar observó a su hermana con alivio evidente antes de fijar los ojos violetas sobre Jon.
No era una mirada hostil.
Era una evaluación.
Peligrosa.
Inteligente.
Silenciosa.
—¿Quién es él? —preguntó finalmente Aerys sin apartar un brazo de Daenerys.
La princesa se volvió hacia Jon.
—El hombre que me salvó.
Aquello bastó para cambiar el ambiente entero.
Los murmullos comenzaron inmediatamente.
Aerys observó al muchacho norteño de arriba abajo. La ropa desgastada, la espada manchada, las heridas aún visibles.
—Acércate —ordenó.
Jon obedeció.
Por un instante sintió el peso de toda la corte sobre él.
Entonces habló.
Contó lo justo:
El barco,
Los esclavistas,
La celda,
La pelea.
No adornó nada.
Y quizás por eso resultó más impresionante.
Cuando terminó, incluso algunos caballeros parecían sorprendidos.
Fue Ser Barristan Selmy quien rompió el silencio.
—Pocos hombres habrían sobrevivido solos a un barco esclavista —dijo con honestidad—. Mucho menos traerlo a puerto.
Aerys asintió lentamente.
Después giró hacia sus hombres.
—Quiero cada puerto revisado. Cada capitán interrogado. Si hay hechiceros involucrados, los encontraré.
Su voz se endureció.
—Y quiero preferentemente vivos a todos los responsables.
Los guardias golpearon el pecho con el puño antes de retirarse rápidamente.
La tensión parecía disiparse poco a poco. Algunos nobles incluso comenzaban a sonreír, convencidos de que el rey recompensaría generosamente al muchacho del Norte.
Entonces Daenerys habló.
—No quiero recompensarlo.
Toda la sala volvió a callar.
La princesa caminó hasta colocarse junto a Jon.
Y tomó su mano.
—Quiero casarme con él.
El silencio que siguió fue absoluto.
Jon sintió literalmente cómo media corte dejaba de respirar.
Rhaegar alzó apenas las cejas.
Elia abrió los ojos con sorpresa.
Incluso Barristan pareció desconcertado.
Aerys miró a su hija durante varios segundos.
—¿Explica eso, Daenerys?
Ella sostuvo la mirada de su padre sin vacilar.
—Es el hombre que estaba esperando.
Eso provocó una oleada inmediata de murmullos.
Algunos nobles comenzaron a susurrar sobre profecías. Otros simplemente miraban a Jon como si hubiera salido de un cuento.
Pero el rey no sonrió.
Observó primero a Daenerys.
Después a Jon.
Y finalmente dijo:
—Quiero hablar con él a solas.
La sala del consejo privado era mucho más pequeña que el salón del trono, pero también mucho más intimidante.
No había música.
Ni sirvientes.
Ni murmullos.
Solo el rey sentado frente a él mientras varias velas iluminaban tenuemente la habitación.
Aerys estudió a Jon durante largo rato antes de hablar.
—¿Quién eres realmente?
Jon sostuvo la mirada violeta del rey.
—Jon Stark.
Aquello provocó un cambio inmediato.
Aerys se incorporó apenas.
—¿Hijo de Rickard Stark?
—Segundo hijo.
El rey permaneció en silencio unos segundos.
—¿Qué hace un Stark en un barco esclavista al otro lado del mar?
La pregunta llegó como una espada directa al pecho.
Y Jon entendió inmediatamente que mentir sería inútil.
Así que contó la verdad.
No toda.
Pero sí suficiente.
Habló de sus sueños.
De sus sospechas sobre el maestre.
De las discusiones con su familia.
De Lyanna.
De la mentira.
Del castigo.
Aerys no lo interrumpió ni una sola vez.
Escuchó cada palabra observándolo fijamente, como si intentara descubrir si estaba loco o simplemente roto.
Cuando Jon terminó, el rey entrelazó lentamente los dedos.
—¿Y escapaste porque temías al Muro?
Jon dudó apenas un segundo.
—Sí.
No explicó por qué.
No podía.
Pero Aerys pareció notar que había algo más oculto tras aquella respuesta.
—Eres como mi Daernerys—dijo mientras se paraba lentamente de la silla—Tú también sueñas —dijo—. Eso puede ser un don… o una enfermedad.
El rey caminó lentamente hacia una de las ventanas.
—Rickard Stark siempre fue un hombre orgulloso —murmuró—. Demasiado orgulloso para admitir errores rápidamente.
Luego volvió a mirarlo.
—Y las hermanas impulsivas suelen causar más problemas de los que creen.
Jon sintió un escalofrío.
Porque durante un instante el rey pareció ver demasiado.
—Si lo que dices es cierto —continuó Aerys—, sufriste una grave injusticia.
El muchacho bajó la mirada.
No esperaba compasión.
Mucho menos de un Targaryen.
El rey permaneció callado unos segundos más antes de preguntar:
— Se que es algo pronto para preguntar, pero en vista de los hechos, ¿Amas a mi hija?
Jon levantó lentamente la vista.
Y, por primera vez desde que había llegado a Desembarco, la respuesta le resultó sencilla.
—Sí.
Aerys lo observó largo rato.
Después soltó una pequeña exhalación, casi divertida.
—Los dioses tienen un extraño sentido del humor.
Cuando regresaron al salón principal, Daenerys se levantó inmediatamente de su asiento.
La ansiedad en su rostro desapareció apenas vio la expresión tranquila de su padre.
Aerys se detuvo frente al Trono de Hierro.
—Aceptaré este matrimonio.
Los murmullos comenzaron otra vez.
Pero el rey levantó una mano.
—Con una condición.
Sus ojos se clavaron sobre Jon.
—Si vas a tomar la mano de mi hija, dejarás de ser un Stark.
La sala quedó en silencio.
—Serás Jon Targaryen.
Daenerys contuvo la respiración.
Aerys continuó:
—Príncipe consorte de Summerhall y esposo de la sangre del dragón.
Jon pensó en Invernalia.
En la nieve.
En los dioses antiguos.
En el apellido que había llevado toda su vida.
Y luego miró a Daenerys.
Ella lo observaba como si temiera perderlo incluso ahora.
Jon sonrió apenas.
—Acepto.
Daenerys cerró los ojos con alivio.
Y mientras la corte volvía a llenarse de voces y sorpresa, una única idea cruzó silenciosamente su mente.
Esta vez lo encontré antes de perderlo.
