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El aire en el estudio jurídico se siente pesado, como siempre. El aroma de los expedientes, el cuero de los sillones, el café que Gabi había olvidado en la mesa de reuniones... Pero nada de eso importa cuando está él en la habitación. Guillermo, con su traje impecable y su postura aparentemente relajada, hojeando una carpeta con esa concentración tan típica de él. Sus dedos recorren las páginas, y Pedro no puede evitar mirarlo. Es un alfa, se supone que debe tener el control, pero con Guillermo, todo eso se desmorona.
Camila está en su departamento, probablemente ultimando los detalles del casamiento. Su perfume, dulce y embriagador, aún persiste en su ropa desde esa mañana. Ella es una Omega, perfecta en todos los sentidos. Suave, cálida, con ese instinto maternal que despertaría en cualquier Alfa el deseo biológico de marcarla, protegerla, darle todo lo que ella pudiese pedir. Pero no era ella quien ocupa su mente. No era su aroma el que lo hace cerrar los ojos y respirar profundo para contenerse. Es Guillermo. Un Beta. Un hombre que, según todo lo que le habían enseñado, no debe hacerlo sentir así.
La sociedad lo tiene claro: un Alfa debe estar con un Omega. Es lo natural, lo correcto. Las feromonas de Camia debían llamarlo, tirar de él como una cuerda invisible, pero no es el caso. Cuando Guillermo levanta la vista y le clava esos ojos oscuros, llenos de una inteligencia y una astucia incomparable, no hay nada más en lo que puede pensar. No cuando su voz, cargada de autoridad, desarma cualquier argumento en el tribunal. No cuando su carácter, esa mezcla de sarcasmo y palabrería que logran convencer incluso al más escéptico, lo hace querer acercarse más, aunque sepa que no es correcto.
Ese día, mientras discutían un caso, Guillermo se acercó a su lado del escritorio, apoyó las manos sobre la madera y se inclinó para señalar un detalle en el expediente. Su cercanía lo golpeó como una corriente eléctrica. No había feromonas involucradas, no había un instinto biológico que lo quiera arrastrar hacia él. Y, sin embargo, lo deseo con una intensidad que no podía explicar. Era su mente, su forma de moverse, la manera en que su risa irónica llenaba el silencio. Era todo él. Un Beta, que no debería importarle, que no debería hacerle dudar de todo lo que le han enseñado.
“Pedro, ¿estás escuchando?” Le dijo, con esa mirada que usa cuando sabe que está distraído.
“Claro.” Mintió, forzando una sonrisa. Su cuerpo gritaba por acercarse, por tocarlo, por marcarlo, aunque sabía que eso no tenía ningún sentido, no con un Beta. Los Alfas no marcan Betas. No funciona así. Pero sus instintos no parecían estar funcionando correctamente. No cuando estaba junto a él.
Ahora, en su escritorio, solo puede pensar en que Camila lo espera esta noche. Iban a hablar del casamiento, de su futuro, de la casa que querían comprar. Ella lo iba a mirar con esos ojos grandes, su aroma lo iba a envolver, y él iba a asentir como si todo estuviera bien. Pero cada vez que cierre los ojos, será Guillermo quien aparecerá. Imaginará su aliento contra su piel, su voz susurrando algo que no se atreverá a decir en voz alta. Imaginará un mundo donde no importará que él sea un Beta, donde ninguno tendrá que fingir encajar en el molde que todos esperan.
Está loco. Loco por un hombre que no debe querer. Loco por su inteligencia, que lo desafía en cada discusión. Loco por lo atractivo que es, con esa seguridad que no necesita alardear. Loco por su carácter, que lo hace reír cada vez que se dedica a dejar en ridículo al pobre infeliz que se le cruce ese día. Loco por todo lo que es, aunque el mundo le diga que está mal.
Camila lo necesita. Su instinto debía empujarlo hacia ella. Pero su corazón late por Guillermo. Y no sabe cuánto tiempo más va a poder seguir negándolo.
