Chapter Text
Llegué a su dúplex en lo que iba entrando la noche. Excusando mis deportivas grises (antaño blancas) por el lustroso pavimento de aquella urbanización exclusiva donde vivía, hice mi camino hasta su inconfundible fachada.
Se había molestado en darme hace un tiempo una pequeña tarjeta para poder superar al portero que me pegó una incómoda repasada de arriba a abajo con la mirada, como quien ve una fruta podrida en la sección de ofertas.
No era la primera vez que estaba en su casa, desde luego, pero sí que era la primera vez que me pasaba sin avisar. Bueno, sin avisar relativamente, pues en cuanto se acercaba mi hora de salida del trabajo y pude tomar el respiro suficiente para coger el móvil, le comenté que me pasaría por allí esa tarde. Antes de continuar con un “si te viene bien”, ya me había respondido efusivamente, su mensaje decorado con todas aquellas muletillas y emoticonos innecesarios, pero tan esperables de él.
Tampoco tenía nada concreto en mente. Incluso iba con las manos vacías. Me había ocupado de arreglarme un poco y embadurnarme de colonia, para al menos tener punto de comparación con su coquetería. Aún así, con ver los enormes chalets y dúplex que se encontraban a lo largo de aquellas calles, todo intento de arreglarme por mi parte parecía poco.
Ni siquiera sabía porqué estaba ahí. Podría haberme quedado en casa para recuperar algo de sueño, o a continuar trabajos. Pero no.
Era como un jodido imán. Sus ansias de todo tipo de atención eran casi adictivas. Ya nos hablábamos por mensaje, pero en las últimas semanas había aumentado. Buenos días y buenas noches. Fotos, muchas fotos. No era sorpresa que a Mettaton le encantaba hacerse fotos, y, sobre todo, que las vieran. Saliendo para el trabajo, yendo a comprar ropa, en el camerino, en casa, con Alphys; lo esperable. También comenzaba a mandar alguna que otra más risqué , lo que me daba a especular si tras esta visita aquellos mensajes más atrevidos aumentarían. Sólo por mera curiosidad. Ninguna razón en específico.
Claro .
Me planté en el felpudo rosado –al igual que todo el resto de esa puñetera fachada– de su entrada. Prácticamente al lado de su dúplex estaba el de su primo Napstablook, con un diseño que se notaba bastante descaradamente que Mettaton también se había encargado de planear.
—¡Lorei, querida!
Aún tardó un poco en contestar cuando llamé al timbre. Me envolvió en aquellos efusivos abrazos suyos, en donde parecía que enroscaba sus brazos por todo tu torso.
—¿Esas flores son nuevas? —murmuré mientras me estrujaba contra su pecho, refiriéndome a unas petunias que había visto de reojo en el alféizar de la ventana que daba a la sala de estar.
Me desenvolvió en lo que pude ver que llevaba puesto un delantal rosado que rezaba “¡besa al robot asesino!” Estiró un poco el cuello hacia su fachada.
—¿Hm? Oh, sí. Shyren me dio unas semillas hace un tiempo. Son preciosas, ¿verdad? —sonrió en lo que me indicaba con un gesto que entrara.
—No te veo regando flores, la verdad. —dije en un intento de chincharle mientras dejaba mi bolso en aquel sofá aterciopelado que invadía media estancia.
—Eres demasiado cruel conmigo, cielo. Sabes que tengo aprecio por todo lo bello, en todas sus formas.
Se había dirigido contoneándose hacia la cocina, en aquel concepto abierto que abarcaba tanto su salón como su comedor, en lo que me replicaba con burla. Un olor empalagoso invadía la estancia, además de lo que ya era su colonia.
Me asomé para encontrar la cocina en plena preparación de repostería.
—Eso no lo dudo.
Una bandeja con masa sin preparar yacía en la isleta, junto con unos cuantos utensilios de repostería aquí y allí. El horno estaba encendido. Mettaton se encontraba dando vueltas al contenido de un cuenco.
—Aunque es cierto que Blookie las riega cuando estoy muy ocupado. —añadió enfrascado en su trabajo, con un ápice de sonrisa.
Negué con la cabeza mientras sonreía en lo que me acercaba, admirando la escena.
—¿Bizcocho?
Sacudió la cabeza y señaló al horno encendido.
—Galletas. —los dulces se encontraban dorándose lentamente a la luz del horno.
Se le daba decentemente bien la repostería para alguien que no necesita comer. Había un punto demasiado dulce y empalagoso en otros postres suyos que había probado, pero no era difícil de adivinar que aquello era completamente intencionado.
—¿De fresa?
—He incluido algunas de chocolate y menta en tu honor. —añadió dulcemente en lo que dejaba el cuenco en la mesa y probaba el contenido con los dedos de una manera ciertamente innecesaria. Era un movimiento sutil pero descarado, pasando la lengua lentamente por sus dedos; en lo que juraba que me miraba de reojo. Tragué saliva.
El suave pitido del horno me salvó del bochorno. Mettaton murmuró suavemente en lo que acudía a recoger la comida. Me fijé en el conjunto que llevaba debajo del delantal; una camiseta manga corta ajustada con unos pantalones de seda flojos y decentemente cortos.
Se agachó —cómo no, en mi cara— en lo que pude admirar todo su trasero y una fracción de su ropa interior. Volví a tragar saliva.
—Estas las llevaré mañana al estudio. —dijo mientras colocaba la bandeja con la encimera y acudía a por un film de plástico.
Hice un intento de calmarme al ver cómo cogía la bandeja sin guantes; recordando que no los necesitaba.
—Tranquila, guapa, en seguida podrás probarlas.— me sobresaltó diciendo, siendo que me había quedado con la vista fija en él inconscientemente. —A menos que quieras probar otra cosa. —Me pegó un pequeño repaso con la mirada, que se sintió como un cálido juzgamiento.
Murmuré un “no, gracias”, para caer segundos después en el tono sugestivo con el que había hablado. Suspiré en lo que me cruzaba de brazos, apoyándome en la isleta, mis mejillas comenzando a arder. Metió las galletas en la nevera.
—Que pasa, ¿no me vas a contar nada? Hace un tiempo que no te veo. —volvió a acercarse a la isleta, a trabajar en la masa sin preparar.
“Hace un tiempo” eran apenas cuatro días. Observé los movimientos de sus manos en lo que respondía.
—No hay gran cosa. Ya me voy adaptando mejor… y dentro de poco es la época de exámenes, así que vendrá el trabajo de verdad.
Cualquier cosa que hacía, hasta la más mundana como amasar, lo realizaba de una manera innaturalmente perfecta. Si es que eso siquiera tiene sentido.
—Espero que Alphie no abuse de tu amabilidad. —ladeó la cabeza hacia mí con una de sus sonrisas encantadoras.
—Hoy he acabado un poco cansada, pero nada que no pueda superar. ¿Te ayudo?
Había comenzado a poner la masa del cuenco en la bandeja.
—Un par de manos más no vienen mal.
Acudí a por otro delantal, colgados en una esquina, el cual rezaba “¡Besa al fantasma!”.
—¿Es que no tienes delantales normales, o qué?
—¿Y qué gracia tendría eso? —dijo por detrás mío.
Sacudí la cabeza en lo que me lo ponía y acudí a ayudarle. Rebuscó en un cajón para sacar un rodillo de cocina.
—Supongo que ya sabes qué hay que hacer. —dijo tendiéndome el rodillo.
—A sus órdenes.
Sonreí en lo que comenzaba a aplanar la masa sobre la bandeja. Se quedó observándome durante unos segundos, su ceja levantada en escepticismo.
—Y tú, ¿qué? ¿O es que voy a hacer todo yo? —hablé tras un rato.
—¿Has cocinado alguna vez, cielo?
Aquel tono pasivo-agresivo otra vez. Rozando incluso el retintín. Hubo una pausa.
—A ver, ¿qué pasa? —dejé el rodillo en la bandeja y me aparté.
—Nada, cielo, no quería… um. —se quedó en silencio unos segundos, en los que volvía a repasarme con la mirada.— Ven aquí.
Hizo un gesto en lo que pasaba a colocarse detrás mío. Siendo que me pilló por sorpresa, cogió el rodillo para volver a colocarlo entre mis manos.
—No estás haciéndolo con el movimiento necesario.
Era lo suficientemente alto para poder colocarse justo detrás de mí y poder apoyar su barbilla en mi cabeza. Colocando sus manos sobre las mías, inició un movimiento sobre la bandeja.
—No sabía que el secreto estaba en la masa. —comenté con una risa nerviosa en lo que intentaba disimular el sonrojo descarado que subía por mis pómulos.
—En la masa y en cómo la amasas. —respondió en una voz queda.
Moviéndonos al unísono, casi podía sentir la vibración de su caja torácica cada vez que hablaba. Sentía todos los zumbidos de su cuerpo y el calor que éste desprendía.
—No basta en aplanar la masa, querida, sino en extenderla para que tenga la porosidad necesaria. ¿Entiendes?
Hablaba en mi cuello, con aquel tono meloso y bajo que había adaptado, casi contándome un secreto. Emití un murmullo tartamudeante en lo que comenzaba a enmarcar más sus movimientos, poniendo en contacto nuestros cuerpos y su inexistente respiración con la mía. Su colonia tenía la capacidad de ahogarme con aquella cercanía.
—Así… suave y bonito, ¿hm? —hacía casi imperceptibles movimientos con la cadera, justificados por el movimiento con el rodillo. Se asomaba hablando en mi cuello, en lo que, en un vistazo de reojo, pude ver aquella sonrisa entretenida decorando sus labios.
—Suave… y bonito… —repetí patéticamente, como en un trance, en lo que sus palmas me iban guiando sobre el rodillo.
A milímetros de sentir su entrepierna coincidiendo con la mía, se apartó suavemente, apoyando las manos en mis hombros.
—Así es, cielo. Veo que le vas cogiendo el truco. —hablaba ya en un tono normalizado, consciente de que poco hubiera faltado para convertirme en un desastre esclava de su cercanía.
Un sonrojo furioso subía por mi rostro. No sabía si podía tildarse de humillación, pero el condenado sabía exactamente lo que hacía. En cuanto recobré el sentido común, me giré para ver cómo se estiraba para coger unos moldes en la estantería superior; volviendo a obtener un vistazo de su ropa interior en el proceso.
—Ah, no sabes lo que agradezco que estés aquí, querida. —comenzó con un suspiro en lo que disponía los moldes en otra bandeja, mientras yo seguía amasando. —El día de hoy ha sido tremendamente aburrido. Reuniones y más reuniones… quién diría que me tengo que ocupar de tantas cosas. —hacía aquellos gestos airados mientras hablaba, a lo que acudía a la nevera a por los chips de chocolate que le pondríamos a las galletas, para apoyarse en la isleta.— ¿Sabes lo que se necesita para completar el registro de una sucursal? ¡Exacto! Yo tampoco. Y parece que esos abogados de pacotilla no ayudan mucho… falta este documento, falta aquel, no puedes acudir con lentejuelas a una revisión en el juzgado… terrible , cielo. Tantos mareos no son buenos para mantener una buena imagen. —en un gesto nervioso, se echó un puñado de pepitas de chocolate a la boca.— Mhm… y no me hagas empezar con Jessica… sí, la rubia que me lleva el vestuario. Cada vez está más contestona. El otro día me dijo que habían vuelto las modas, uh, cómo lo dijo, esto…. sí, minimalistas. Y yo digo, ‘claro, cielo, es imprescindible estar a la moda’… —hizo una pausa dramática en lo que me dirigía un rostro de pura indignación. —La cara que se me quedó, querida, cuando vino con el traje más posiblemente somnoliento, insultante y burdo que jamás se había presentado ante mí. Es cierto que hay que estar en tendencia, pero, Ángel… que no pretenda que rompa mi imagen personal… y lo peor, que se lo tomó como una ofensa. Vamos, yo solo dije mi opinión. —suspiró e hizo un gesto exagerado para apartarse el flequillo de la cara.— Luego me dijeron que ‘fui demasiado brusco’... ¿es que no puedo expresarme en mi propio trabajo? No sé, cielo, creo yo que estaba en todo mi derecho.
Masticó unas pocas veces más en lo que se oía una risilla de mi parte. Posó su mirada en mí durante unos segundos; aquellos ojos acristalados y siempre iluminados con un tenue halo rosado, tan artificiales aún profundamente humanos, decorados con aquella sombra oscura pastosa que parecía imborrable. Fue como si pasara una eternidad; hasta que sus palabras volvieron a romper el silencio:
—Si pudiera hacerte una foto cada vez que me miras así, querida…
Se colocó apoyándose en la vitrocerámica, llevando sus dedos a la barbilla: su tono se engravecía.
Un sudor frío embistió mi espina dorsal.
—¿Uhm?... A… ¿A qué te refieres?
Volví a tartamudear vergonzosamente en lo que Mettaton ya pasaba a otra cosa, acudiendo a por los moldes esparcidos en la isleta.
—Mira, ¿no es ideal?
Levantaba un molde para galleta con la forma de un fantasma, en lo que sonreía ampliamente y me lo enseñaba.
—Completamente ideal . —respondí en derrota con una sonrisa, a lo que consideraba que la masa ya estaba lo suficientemente extendida.
Levantó otro molde de su forma Box.
—Y mira este… me encanta. Una pena que lo dejáramos de vender el año pasado.
—Un poco soso, ¿no? —repliqué en burla.
—Habla la que combina negro con gris. —contraatacó como un relámpago, mirándome de arriba a abajo con la ceja levantada.
—Hey, que lo mío iba en broma.
—Lo mío… también.
Titubeó salvándose con aquella sonrisa de encanto para agarrar las pepitas de chocolate e ir esparciéndolas por la masa.
Comenzamos a colocar los moldes para ir dando forma a las galletas —de corazón, de fantasma, de dinosaurio, de paraguas; había amplio catálogo—, decorándolas con las susodichas chips de chocolate, y unas pepitas artificiales de frambuesa terroríficas que él insistió en poner, aunque fuera sólo en un cuarto de las galletas.
Mientras me dejaba con la tarea de meter las galletas al horno, acudió al sofá a revisar el móvil con aquella gracia felina con la que se escurría en los sitios.
En cuanto acudí yo también, se encontraba cruzado de piernas y con el delantal quitado, en lo que pude observar todo el esplendor de aquel conjunto de seda rosado —bonito y hortero a partes iguales—, con el que enseñaba sus piernas de manera deliciosamente airosa. En cuanto me senté a su lado no dudó en cambiarse de posición y estirar sus piernas por encima de mi regazo, apoyándose en el reposabrazos del sofá.
Me dirigió esa expresión, aquella con la que sabía que no iba a necesitar permiso expreso para realizar ese tipo de cosas. Con la mano dudosa, me apoyé en su muslo.
—Quieres, uh, ¿ver una peli?
Hablé para mitigar aquel silencio tenso entre nosotros. Dirigió una pequeña mirada hacia mi mano ganando terreno en su muslo, en lo que sonreía y pasaba un brazo por mis hombros.
—No sé, querida. Creo que eso me quitaría tu atención, ¿no es así? —nuestros rostros se juntaron aún más, en lo que adquiría aquella voz melosa. —No quiero distraerte más de la cuenta.
Volvía a marearme aquella cercanía. Sus palabras pegajosas y aquella mirada en la que batía las pestañas; insinuándose de manera ridículamente exagerada.
—Mhm. Entiendo. —hablé en un suspiro en lo que el calor en mi vientre me urgía a tomar más posesión de sus piernas.
—Porque si has venido, es para darme atención. —se colocó a centímetros de mi rostro, ojeando mis labios. —aunque sólo sea un poquito.
Tragué saliva, intentando contenerme de estrujar aquellos apetecibles muslos de silicona.
—Como si no tuvieras suficiente. —sonreí acaloradamente.
—Pues no parece disgustarte. Te has arreglado para verme y todo. —continuó, dando un pequeño toque juguetón en mi top grisáceo.
—Pensaba que no te gustaba. —chinché de vuelta.
Emitió una carcajada ahogada.
—Alguien preciosa como tú no entiende de malos gustos estilísticos. —trazó un rizo de mi cabello con su dedo. Miró hacia su camiseta. —A mí me has pillado un poco desprevenido hoy, espero que me disculpes. Quizá luego podamos arreglarlo.
Dijo aquello último con un tono más sugestivo de lo normal, en lo que mi mano ganaba terreno y pasaba a contornear su deliciosa cintura.
—Así… no estás mal. —dirigí una mirada tentadora en lo que le examinaba descaradamente.
—Entonces te encantará ver lo que hay en mi armario.
El mero pensamiento de aquello me envió un escalofrío placentero en el vientre, en lo que mis manos tensaban su agarre; aproximándonos más para dar lugar a ese beso inevitable.
Aquellos apetecibles labios, con su regusto a cosmético correspondiente, encajaron apresuradamente con los míos; creando una acalorada mezcla de nuestros pintalabios. Se movía con impaciencia, instalando su mano en mi mandíbula para ahondar en mi boca, introduciendo la lengua con delicadeza. Mis manos agarraban su cintura, arqueándose con su sedoso movimiento; y sus piernas en lo que estrujaba en toda su longitud con gusto. Colocándole casi en mi regazo, acudí a manosear su trasero en lo que esos murmullos de su parte comenzaban a escucharse.
Comenzábamos a generar aquellos sonidos húmedos y obscenos en lo que me instalaba en su labio superior; sus manos enredándose en mi cabello con ansia. Contorneaba su esbelta figura con mis manos, pasando por su cintura, su trasero, sus muslos; introduciéndome inevitablemente en el bajo de su pantalón.
Movido por el calor creciente de su caja torácica, su boca se desplazaba trazando mi mandíbula hacia mi cuello, apartando mi pelo en un movimiento sedoso. Plantaba delicados besos que iban enrudeciéndose poco a poco, a lo que su mano libre jugueteaba con el dobladillo de mi top, introduciéndose lentamente.
Un pitido distante interrumpió en el calor del intercambio.
—Mhm. —se separó en un murmullo soñoliento, una adorable sombra rosada cubriendo sus pómulos. —El horno.
Su pintalabios junto al mío se había esparcido por los alrededores de su rostro; sus labios ardientes del encuentro.
—Claro. El horno.
Murmuré de vuelta en lo que trataba de encajar mi pelo en su sitio y tranquilizar mi respiración. Viendo que él se levantaba y se dirigía sacudiendo el culo hacia la cocina, me estiré en el sofá, dejando caer mi cabeza en el respaldo.
Suspiré. A veces me sentía avergonzada de comportarme como un cúmulo de impulsos incontrolables cuando me daba vía libre para acceder a su cuerpo. Pero tampoco parecía disgustarle. Y, de hecho, se aprovechaba de ello.
—¡Tacháaan!
Decía con una voz cantarina regresando de la cocina y colocando la bandeja con las galletas recién horneadas en la mesilla del salón. Pareció acordarse de algo y volvió a la cocina para traer una botella de vino y dos copas.
—Así mejoramos el ambiente. —dijo refiriéndose al vino en lo que se sentaba de vuelta y nos servía a los dos.
—Pensaba que los robots no podían emborracharse. —repliqué mientras hacíamos un pequeño brindis.
—Los robots no, pero los fantasmas sí.
Pegué un sorbo en lo que levantaba las cejas.
—¿En serio? Esa no me la sabía.
—Ah, te estoy tomando el pelo, querida. —se cubrió la boca con la mano en lo que emitía una risa.— Los fantasmas tampoco. Cualquier líquido nos atraviesa como una cascada.
Negué con la cabeza.
—Serás bobo.
—Aunque no puedo negar que eres adorable cuando estás bebida. —pareció aproximarse en lo que me observaba detenidamente, con aquella sonrisa. —Haces… y dices cosas… interesantes.
Hice un sonido casi cómico al tragar un segundo sorbo de la copa. Ya habíamos bebido en otras ocasiones. Y ya sabíamos cómo había acabado aquello.
—Mhm. —reprimí una sonrisa. No había hecho más que insinuarse desde que había llegado, aunque fuese a su manera; de manera frustrantemente obvia. —Entonces beberé. Y tú puedes fingir emborracharte conmigo.
—Faltaría más.
Tomó un sorbo de su copa, sus pupilas iluminadas con aquel tono que parecía palidecer por unos momentos, al tiempo que la temperatura de la situación subía.
Hace dos semanas. Viernes lluvioso. Después de una caótica petición por mensaje, acudí con el coche a una sala pija de los barrios altos en donde estaba participando en un evento. Alguna historia de un ex amante (o situación, lío, relación, o lo que fuera) con final desafortunado, invitado de forma inesperada al evento. Me escribía errático, asegurándome de que no podría mantener la compostura si se encontraba al sujeto delante de los paparazzis.
Acudí para recogerle in fraganti, en lugar de su limusina normal, pues captaría demasiado la atención. Volamos hacia mi casa. Mantas, pizza y su terrífico batido de fresa, que ya había adquirido una posición permanente en mi nevera.
Maratón de Destino Final. Terminamos con Little Shop of Horrors pues “ya he visto demasiada muerte. Ahora quiero muerte con un poco de música.”
Lo uno llevó a lo otro. El alcohol, la comodidad del sofá, la cercanía. Mis manos explorando su cuerpo rígido aún sorprendentemente humano, tartamudeando datos técnicos de ingeniería robótica mientras exploraba cada centímetro de aquella creación de metal y silicona. Follamos. Yo encima, la mayor parte. Aunque él no dejaba de tener el control. Haz esto, lo otro, así, toca aquí, no pares.
A la mañana siguiente, el alcohol parecía crear una cortina de olvido. Él no dudó en hacerme recordar. Con reticencia, rubor en su rostro, y cierto valor, me aseguró que parlotear datos científicos mientras le tocaba no había estado mal, “no te voy a engañar, querida, tenía cierto punto de atractivo…”.
No éramos extraños al tacto del otro. Ya fuera la familiaridad que había adquirido con sus regulares visitas al Laboratorio durante años, nuestra amistad a raíz de ello —y otros sentimientos encontrados y confrontados por el camino—, Mettaton era ya alguien permanente en mi vida. Aunque nuestra situación no fuese clara, nada oficial, aunque tampoco casual , desde luego; no estaba mal de esa manera. Tampoco nunca lo habíamos cuestionado. Comunicar nunca había sido mi fuerte, y él parecía demasiado ocupado con aquel vaivén de vida y proyectos para establecer cierto orden en lo nuestro.
Cambió su posición en el sofá. Sus muslos tocando los míos, sus brazos tentaculares envolviéndome. Me dio un beso en la mejilla, e inspiró.
—Hueles bien.
—Es la colonia que me regalaste.
—He hee . Lo sé.
Emitió una risilla y probó una galleta.
—Mhm. Me he superado esta vez. Prueba.
Pellizcó un pequeño trozo y me lo ofreció, esperando a que lo comiera directamente de sus dedos. Le lancé una pequeña mirada reticente, si bien no podía negarme a su petición.
Introdujo un tanto el pulgar en mi boca en lo que tomaba el trozo de sus dedos. Habiendo dejado unas pocas migas en la periferia de mis labios, observó unos minutos en los que esa expresión indescifrable volvía a cruzar su rostro, en lo que se acercaba peligrosamente. En un movimiento suave, pasó sus labios y por consiguiente, su lengua, alrededor de los míos, con la excusa de quitar aquellas migas.
Nuestros rostros a milímetros, el olor a colonia de marca y galletas recién horneadas empezaban a marearme los sentidos. Sonrió, aquella sonrisa que casi rozaba lo maquiavélico, aún sin dejar de ser completamente hipnotizante. Me había olvidado de masticar la galleta.
—Deliciosas. —murmuré, en lo que su sonrisa se ensanchaba con entretenimiento.
—Claro que sí. —respondió en lo que se reclinaba de vuelta en el sofá, sin dejar de observarme.
Sin dejar de lado aquella tensión explosiva en el ambiente, probamos unas cuantas galletas más con otras cuantas copas de por medio. Siempre que él invitaba había que aprovechar, no siempre tenía acceso a vino de marca; aquel que aún tarda en mellar en el organismo.
No era difícil hablar con Mettaton. Principalmente, porque era algo que le encantaba hacer. Parloteando de todo y nada, casi acabamos la botella. Se ofreció a buscar otra, pero se lo impedí por mi bien.
Decidimos que eran suficientes galletas por el día.
—Me harías el favor de guardar las que sobran y limpiar la bandeja, ¿verdad, cielo? —me mandoneó con aquel tono meloso y esa jodida sonrisa. Sabía que no podía negarme cuando me pedía lo que fuera.
Sonreí y negué con la cabeza en una sonrisa frustrada.
—Por supuesto.
—Maravilloso, guapa. —respondió con aquella voz dulce. —Yo te espero en mi habitación.
Me guiñó el ojo en lo que se contoneaba hacia las escaleras. Volví, una vez más, a tragar saliva.
Después de luchar con el nauseabundo olor de su lavavajillas de fresa intensa, acudí a su cuarto, escaleras arriba.
Era más grande de lo que me imaginaba. En verdad, era tal y como me lo imaginaba. Cama de matrimonio, cojines peludos de merchandising aquí y allá, su cara plasmada en pósteres y más pósteres, un número innecesario de espejos; así como aquel inmenso tocador. Todo, obviamente, desparramando todos los tonos de rosa conocidos por el ojo humano.
Se encontraba en su tocador, retocándose con una brocha en lo que estudiaba su reflejo.
—Ah, aquí estás, querida.
Dejó la brocha en lo que pretendía hacerse el sorprendido, levantándose agraciadamente de aquella silla de relleno pelusón. Se me abrió la boca sin querer. No pude evitar mirarle de arriba abajo, como un escáner policial. Y si fue descarado, lo disfrutó.
Se había cambiado de ropa a un conjunto de lencería. Unas bragas rosadas —no escasas, pero igualmente apetecibles— adornaban su parte baja. Arriba, llevaba un delicado top del mismo color adornado con florituras varias, el cual se esparcía por sus hombros. Para rematar, se había puesto unas calzas largas y transparentes.
Aparté la vista de puro bochorno, en lo que se aproximaba con aquellos pasos ensayados, casi tentadores.
—¿Ocurre algo, cielo?
Sabía exactamente qué ocurría. Se posicionó frente a mí, imponiendo su estatura en lo que se acercaba a mi rostro. Junté las manos en un intento de control.
—Ah, Mettaton, eres… —mi rostro se calentaba frustrantemente, en lo que no podía evitar sonreír ante sus dramáticas insinuaciones. —... eres demasiado.
—¿Soy demasiado ? —elevó una comisura de sus labios, ahora con un brillo rosa ácido.
Mis ojos batallaban entre su rostro y su cuerpo. Sonrió completamente, entretenido.
—O quizá eres tú la que no sabe dejar de mirar.
Me picó, un brillo maquinante en su mirada.
—No te pongas así. Te encanta que te miren.
Fingió considerarlo, ladeando la cabeza.
—No te falta razón. Pero me encanta cómo me miras tú . —llevó un dedo hacia mi barbilla. —Casi puedo oír todo lo que pasa por tu cabeza, querida.
—Ya te gustaría.
Con ello, nuestros rostros cerraron aquella frustrante distancia con nuestros labios colisionando, en lo que los suyos entraban con delicadeza; mientras que los míos no aguantaban resistir esa tensión y todas aquellas insinuaciones, con lo que se movían con más brusquedad y desesperación. En un impulso, me agarré de su cintura para ahondar en su boca, absorbiendo su vistoso pintalabios si hacía falta. Posé mi mano sobre su trasero, sintiendo el tacto de la seda de sus bragas, seguramente nada económicas.
— Mhm . —murmuró quedamente al despegarse del beso, limpiándose con el pulgar el pintalabios esparcido por sus comisuras. Me observó de arriba a abajo durante unos segundos. —Toma asiento, cielo.
Canturreó, su voz suave aún un tanto agitada del beso. Con la mente prácticamente derretida ante su presencia, obedecí. Me senté en el extremo de su cama, en lo que él se posicionaba frente a aquellos (innecesarios) tres espejos de cuerpo entero.
Admiré su preciosa figura, aquella maravilla anatómica y mecánica que se traducía en un semblante casi irreal, aún sorprendentemente antropomórfico. Todos sus movimientos parecían ensayados, los realizaba con una elegancia a veces hasta innecesaria para el momento.
Observé como se observaba en el espejo, pasando sus manos por su cuerpo, lenta y de forma apetecible. Inconscientemente, me encaramé hacia él, aún impotente, como si la simple orden de que me sentara hiciera patente una regla que me impedía siquiera tocarle.
—¿Te gusta lo que ves, querida?
Ronroneó, una voz sedosa que dejaba una tensión en el aire, batiendo las pestañas, en lo que sus manos trazaban aquella bendecida cintura. Me observó de reojo, demandante de una respuesta.
—Cla… claro que sí. Me encanta. Dios, tu cuerpo es… podría mirarte todo el día.
Mis palabras salieron atropelladas sin filtro alguno. Tensé el agarre del borde del colchón con una punzada de vergüenza. Emitió una risa en lo que acudía a una silla contigua a por otra prenda de ropa.
— Mhm. Cielos, cuánta efusividad. —sonrió traviesamente, mirándome por encima del hombro en lo que se colocaba su nueva prenda por delante; otro top de lencería, este de un tono más morado, el cual llevaba una tela que cubría el tronco.
Estuvo un rato ponderando frente a su reflejo, en lo que mis ojos pretendían aspirar su figura. Mis ansias no hacían más que crecer, pero no podía negar que aquel pequeño juego me gustaba: el de ser una mera observadora.
—¿Cuál prefieres? —demandó pasados unos minutos, observándome a través del reflejo y sosteniendo el otro top a su lado.
Me aparté el pelo. Estaba empezando a sudar.
—E… Estoy segura que estarás igual de bueno en los dos.
Volvió a emitir una risilla.
—Lo sé. Pero no vendría mal probarme otro.
Dejó caer la pieza morada al suelo en lo que se quitaba delicadamente la que ya estaba sobre su cuerpo. Agachándose de una manera obviamente innecesaria —dándome un primer plano de su trasero envuelto en aquellas bragas apretadas— recogió la prenda para ponérsela.
—Hm. ¿Qué opinas?
Tragué saliva. Se me estaba quedando la boca seca.
—Estás… perfecto. —dije con un tono necesitado, ya sin intención de esconderlo.
Su sonrisa se ensanchó en lo que se repasaba a sí mismo con la mirada, reparando en mí en el camino.
— Oh. Pobre criatura. —se llevó la mano al pecho en un gesto dramático, cambiando en seguida su semblante por una sonrisa maliciosa en lo que se giraba. —Cuéntame, cielo. ¿Qué es lo que quieres?
Se inclinó hacia mí, y las ansias de agarrarle de aquel velo que pendía de su top eran cada vez más fuertes.
—Lo sabes perfectamente. —tardé en responder, entornando los ojos, en lo que le devolvía su actitud juguetona, observándole detenidamente. Mis puños se apretaron más en torno a sus sábanas en otro intento de contenerme.
Pareció apreciar gratamente este detalle.
Dio unos pocos pasos gráciles de vuelta frente a su espejo, como paseando por una pasarela. Volvió a recorrer su agraciada figura con las manos, entornando los ojos en aquella expresión lujuriosa. Dobló la cintura, recorriendo la longitud de sus piernas, como para evidenciar que, de hecho, estaban ahí.
—¿Esto es lo que quieres, guapa? —me miraba a través del cristal. Se pasó la mano por el pelo. Acudió a aplicarse otra capa de pintalabios; rojo picante.
Junté las piernas. No podía evitar imaginar que eran mis propias manos las que recorrían su cuerpo de esa manera, produciendo escalofríos en mi vientre. Me mordí el labio.
—Eres… me vas a volver loca.
Recorrió la goma interior de sus bragas con los pulgares, haciendo ademán de quitárselas. Fui testigo entonces de su erección, contenida en los confines de aquella apretada prenda.
—Qué menos, ¿hm? —volvió a ronronear en aquel tono meloso, mirándome de reojo, en lo que volvía a recorrer la goma de sus bragas, soltándola de golpe con un pequeño ruido.
Con aquellos pasos en los que sacudía el culo, volvió a aproximarse.
—Supongo que ya está bien, preciosa. No quiero aburrirte. —profirió una sonrisa juguetona mientras aquel nuevo apodo se escurría de sus labios de la manera más casual.
La cabeza me dio vueltas por un momento. Preciosa.
—No, eh… n-no estaba mal. Uh, me gusta… mirarte.
Tartamudeé en lo que acudía a sentarse a mi lado.
—Vaya, vaya. —se rió suavemente, en lo que, casi en piloto automático, acudía a colocarme en su regazo. —Entonces ya sé dónde organizar mis pasarelas privadas.
Su tacto en mis muslos y mi cintura se sintió como un alivio. Recorrí lentamente aquel top sedoso y sus múltiples florituras. Regresando a su rostro, sonreí como una idiota.
El pensamiento de Mettaton vistiéndose y desvistiéndose delante mío, fardando su cuerpo de aquella manera descarada, al tiempo que toda esa impotencia de simplemente observar me consumía; fue suficiente para mojarme más de lo que estaba.
De manera sutil, me agarró de la cintura para colocarnos más pegados, en lo que pude sentir su dureza contra la entrepierna de mis pantalones. Emití un pequeño murmullo involuntario. Su mano viajó hasta mi rostro, en lo que repasaba mis labios con su pulgar. Pareció que quería decir algo, pero mis impulsos fueron más rápidos. En un no-tan-suave empujón, le arrojé a la cama. Emitió una risa sorprendida.
—¡Cuidado, preciosa! —rió, tirado en el colchón, son sus brazos por encima de la cabeza. —No queremos que me rompa.
—Titanio mágico. —le corregí, dando dos toques a la placa que cubría su pecho. —Sé que puedes aguantar infinitamente más que esto.
Se rio otra vez conmigo, en lo que colocaba las manos en mi cintura, bajando a mi trasero.
—Ah, había olvidado lo bien que me conoces.
A horcajadas sobre él como estaba, me encaramé a su rostro, intentando sonar amenazante.
—Podría desmontarte aquí y ahora.
— Uuh . ¿En serio? —levantó las cejas, en lo que esa expresión lujuriosa volvía. —Mmh. Me pregunto cómo se sentiría.
Negué con la cabeza y sonreí.
—Se supone que eso era una amenaza.
—Oh. —fingió decepción. —pues inténtalo mejor a la siguiente, querida.
Volví a aproximarme, lo que se tradujo en otro beso. Este fue más húmedo, más acalorado, en lo que volvía a intentar arrebatarle aquel rojo intenso de sus labios. Su tacto se tensó en mis muslos, en lo que me colocaba para sentir su erección contra mi entrepierna. Me desplacé a su mandíbula, su cuello, saboreando el metal de su cuerpo. Con la respiración agitada, volví a erguirme para encontrarme con aquella placentera vista, tendido justo debajo mío, aquel rubor extendido por todo su rostro. Sus manos comenzaron a subir por mi cintura.
—Te ha resistido el pintalabios esta vez. —comenté con una sonrisa, al ver sus labios todavía rojos centelleantes.
—A tí es la que no te ha resistido. —comentó con una risilla, en lo que me daba la vuelta, y veía mi reflejo con una serie de marcas rojas alrededor de mis labios.
Con perspicacia, ya había colocado sus manos casi bajo mi top, a los lados. Sonreía traviesamente. Correspondí el gesto, y en un movimiento, estaba fuera mi parte de arriba. No me había molestado en ponerme un sujetador. Porque, bueno. Hay que aprovechar las oportunidades. Colocó sus manos acolchadas sobre mis tetas, en lo que masajeaba lentamente. Dejándome llevar por la sensación, comencé a restregar nuestras entrepiernas necesitadas. Sus pulgares en mis pezones, estrujando mis pechos con su palma.
— Mhg. —murmuró. Mis dedos bajaron trazando su vientre hasta aquellas jodidas bragas, trazando cautelosamente su erección tras ellas. — Mhm… cielo…
Otras palabras y quedos gemidos salían de sus labios, como involuntariamente. Había olvidado lo sensible que era. Al mínimo toque, ya era papilla. Eso no quería decir que no tuviera el control de la situación.
En un grácil empujón, me agarró de la cintura para colocarnos al principio de la cama, para que su cabeza pudiera descansar en los cojines. Mis labios volvieron a probar su firme piel, en lo que dejaba a mis pechos descansar en su coraza metálica, absorbiendo aquella primera sensación fría, que, poco a poco, iba calentándose al mismo tiempo que aumentaba el zumbido de sus adentros. Besé su cuello, realizando tímidas succiones que luego se volvieron más intensas. Sería imposible dejarle marcado, aunque no hubiera estado de más.
Pasaba mi lengua por su pecho, su torso y el sensible contenedor de su Alma, la cual iluminaba tenuemente la habitación, flotando cual lámpara de magma. Su orquesta de sonidos continuaba quedamente, a cada toque su cuerpo parecía estremecerse aún más en lo que me acercaba a su torso y su entrepierna.
Casi se sentía irrespetuoso, morboso; estar profanando la creación de Alphys de aquella manera. Mis labios y mi lengua repasando su cuerpo, dejando en mi boca aquel regusto metálico y frutal; en lo que babeaba sobre la misma creación que había estado estudiando y que había iniciado mi pasión por la ingeniería.
Se sentía como... si un mecánico se estuviera follando un coche. Aquel pensamiento afloró de ninguna y todas partes al mismo tiempo, lo que me produjo una risa contenida.
—... ¿Ocurre algo, cielo? —Mettaton levantó la cabeza al oírme.
—¿Eh? No, nada… nada… —me incorporé en lo que apartaba mechones de pelo de su rostro acalorado.— es… es una tontería.
—Vamos, dime. —replicó con curiosidad.
Me recosté sobre él, jugueteando con su pelo.
—No sé. Cuando estamos así, siento… —me reí un poco. —... es casi como si un mecánico se acostara con un coche, ¿sabes?
Se quedó unos segundos en silencio. Después, una carcajada salió de sus labios.
—¿A qué te refieres? —dijo, riéndose.
—¡No sé! Es solo que, bueno, sabes que yo conozco todo tu interior y tu montaje, casi tan bien como Alphys… he visto como te desmontaba y te arreglaba mil veces. Cielos, yo misma he estudiado tus planos para saber cómo funcionabas. Y ahora estoy aquí, tocándote el culo.
Me observó sonriente por unos momentos, posiblemente sin saber qué decir. Volvió a reírse, aquella carcajada dulce y con toques metálicos.
—Ah, querida… —negó con la cabeza en lo que yo trazaba círculos en su pecho. —solo el Ángel sabe por dónde vas a salir.
—Ya te dije que era una tontería. —repliqué divertida, irguiéndome.
—Bueno, ¿y qué pasa? Nada mejor que una ingeniera para saber dónde tocarme.
Añadió con un toque sugestivo, en lo que regresaba su mano a mi trasero y le daba un pequeño apretón. Sonreí en lo que entornaba los ojos. Alcé las manos para estirar mi espalda unos momentos, juntándolas por encima de mi cabeza. Haciéndolo, pegué otro vistazo a la habitación.
La pared sobre la cama estaba absorbida por diferentes pósteres y una pequeña estantería. La mayoría de estas imágenes, por no decir todas, eran de películas y shows suyos. Si no fuera una superestrella, se le tomaría por un narcisista. Incluso algunas estaban firmadas por él mismo, como si fuera su propio fan número uno. Cosa que seguramente pasaba.
Pasando mi vista por el lateral, donde se encontraba un enorme armario empotrado, una de las puertas se encontraba entreabierta. Dentro, se podía ver una caja con objetos de forma familiar.
—¿Qué es eso? —pregunté, señalando con el rostro.
—¿Eh? —irguió la cabeza. Al divisarlo, una pequeña ola titubeante cruzó su semblante. —Oh. Uh, ya sabes, querida…
Antes de que pudiera continuar, me deshice de su tacto, levantándome hacia la caja. Si era lo que creía, una idea comenzaba a maquinar en mi mente. Abriendo la puerta de todo y sacando la caja, lo confirmé. En parte.
Vibradores, cuerdas y esposas. Y dildos, sobretodo. Unos cuantos.
—Cielo, um…
Todos de un tamaño decente. Había dos con aspecto de tentáculo. Al fondo, también se divisaba una correa por la que no quise preguntar. Encontré un arnés strap on. Me reí entre dientes. Tampoco me sorprendía.
—Así te las gastas, ¿eh? —le piqué.
—Oye, no… no hace falta que usemos nada si no te apetece, querida.
Hablaba de una forma titubeante. Se había sentado, juntando las manos en su regazo. Me giré hacia él.
—Va, no te pongas así. —reí, entretenida por aquel semblante de repentina vergüenza. —Siempre he sabido que eras un pervertido.
—¡Oye! Yo no… —comenzó a defenderse, sin haber sido interpelado por mi broma.
—Era una broma, Metty. —utilicé aquel apodo pastoso para aliviar el ambiente.— Sería hipócrita si te negara que no quiero usar nada de esto.
Su rostro pareció atenuarse después de aquella frase, en lo que recuperaba su coquetería habitual.
—¿Oh? —se cruzó de piernas y levantó la ceja en un gesto teatral. Me reí.
Reflexioné por unos momentos, decantándome por el arnés. Lo saqué de la caja en lo que me giraba para observarle. Un aparente bochorno se apoderó de él, en lo que apartaba la mirada, llevándose un dedo entre los dientes.
—¿Qué dices? —busqué su confirmación en lo que mi mirada pasaba de él al strap on.
Se toqueteaba el pelo.
— Umhm… no estaría mal. —musitó, tratando de mantener su fachada confiada.
—¿Sí? —intenté remarcar en lo que levantaba las cejas.
Con aquel bochorno aún en su semblante, asintió con la cabeza en lo que una sonrisilla se escapaba en sus labios, su mano entre sus muslos cruzados.
Poco tardé en quitarme los pantalones y colocármelo. Ya me encontraba entre sus piernas, presionando el dildo —rosa, porque, cómo no — contra su erección en los confines de sus bragas. Trazando sus piernas y muslos con deseo, agarré su cintura con brusquedad para darle la vuelta. A pesar de no tener la fuerza suficiente para moverle, no rechistó en obedecer.
Su abundante trasero en todo su esplendor frente a mí, en lo que hundía el rostro en sus almohadas emplumadas.
No pude resistir en dar una sonora palmada en uno de sus cachetes, el sonido mitigado por la textura de su ropa interior. Pegó un pequeño respingo acompañado de un murmullo placentero.
Tracé con parsimonia el límite de sus bragas, en lo que mis dedos iban asomando dentro cautelosamente. Coloqué mi otra mano sobre su erección, frotando sobre la ropa lo necesario para que comenzara a molestarse.
— Mhf, —se movió ligeramente.—... preciosa, no tengo todo el día.
Habló con aquel tono demandante a la par que un hilo necesitado se colaba entre sus palabras.
—Sólo quería apreciar lo guapo que te has puesto para mí. —le piqué de vuelta en lo que mi palma volvía a chocar sonoramente en su cachete.
Emitió otro quedó gemido entre las almohadas para responder con una voz más débil.
—Sabes que no voy a correrme con esto, guapa, … así que, podrías hacer el favor de follarme de una vez.
Seguía manteniendo cierto tono de control, a pesar de estar, literalmente, en mis manos. Pero no había cosa que me gustara más que obedecer sus demandas.
En un movimiento impulsivo, prácticamente le arranqué aquellas delicadas bragas. Arqueó la espalda, presentándome su trasero frente a su visible erección. Me ocupé de colocarle una almohada por debajo, entre sus piernas. Coloqué el dildo para que frotara entre sus cachetes, al tiempo que agarraba su miembro palpitante en lo que lo recorría con la mano. Este se asemejaba a un juguete sexual más que, bueno, a uno de verdad.
— Mghf… q… querida… uh…
Balbuceaba inentendiblemente, sus palabras siendo acalladas por la textura de las almohadas. Cesé mis movimientos suavemente, para comenzar a mirar a mi alrededor.
—Oye, no tendrás, uh, lubricante por algún lado.
Tardó un momento en responder, en lo que despegaba su rostro del cojín.
—Mh… autolubricado, cielo.
Puta Alphys.
Me mordí el labio. Realmente lo tenía pensado todo, la cabrona.
A modo de prueba, introduje un dedo con cuidado por su orificio. Se deslizó sin problemas, en lo que él pegaba un pequeño respingo. Teniendo en cuenta su naturaleza, aquel orificio sólo habría sido creado con propósitos sexuales. Me deslicé fuera para colocar la punta del strap alineada con su entrada. Froté otro tanto, haciendo ademán de introducirme.
—Preciosa,… mhm… n… no me hagas esto…
Volvió a quejarse con aquella voz débil aún mandona, en lo que parecía moverse para poder tenerme dentro. Reí quedamente ante su necesidad, para finalmente deslizar poco a poco toda la longitud del strap. Había olvidado lo ruidoso que era. Aún así, era de esperar en una persona como él. Profirió un largo gemido en lo que le penetraba, dándome pie a introducirme completamente.
En seguida comencé aquellos empujes rítmicos con los que su colchón resonaba a la par. No es que pudiera oírlo mucho por encima de toda la orquesta de ruidos y gemidos que emitía.
— Mhgmf… c… cielos… oh, Ángel… L-Lorei, ¡ah!... umh… sí … n-no pares, guapa…
Todas su expresiones y apodos salían de sus labios temblorosos como papilla, formando retazos de frases que se atenuaban a través de las almohadas. Le agarré de las caderas para mayor empuje, en lo que trataba de mantener el ritmo.
No tardó en darme órdenes a voz temblorosa.
—M… más rápido, cielo…
Mi respiración se agitaba en lo que obedecía. Nuestros cuerpos comenzaron a emitir aquel ruido sordo y obsceno, acompañado del resonar húmedo de su lubricante natural. No pude resistir y le di otras dos cachetadas, llenando la habitación con aquel ruido sordo. Otro gemido audible demostró su satisfacción.
Alcancé su polla, restregándose en la almohada que tenía debajo, pasándole la mano por toda su longitud con ritmo uniforme. Su ruidera aumentó, indicación de que estaba cerca de venirse.
—P ppp-p pp… preciosa… mmm ás…¡oh!… ughm… cc -creo que… ¡uh!
Ahora era completamente inentendible, dado que incluso su altavoz comenzaba a fallar con el vaivén. Sin embargo, no alteré mi ritmo. Unas ansias se habían apoderado de mí, y no iba parar hasta que el maldito se corriera en todas las sábanas si hiciera falta.
Sus rodillas parecían estar a punto de desfallecer, en lo que toda su estructura se estremecía. El contenedor de su Alma burbujeaba y emitía un brillo más intenso. Sus ventiladores parecían trabajar a máxima velocidad.
Finalmente se corrió. Con otro largo gemido, eyaculó en mi mano y empapando aquella almohada.
— No me lo creo. —murmuré.
Era rosa. Su corrida, brillante y de aspecto denso como lo que flotaba en el contenedor de su Alma, era del mismo color rosa chicle que esta. Llegué a divisar alguna mota de purpurina en el líquido.
Con cuidado, salí de él en lo que se desplomaba boca arriba, con los ojos cerrados. Me fijé que la almohada donde había eyaculado figuraba un dibujo con su rostro.
—Menudo desastre que has hecho. —le miré de reojo, satisfecha, en lo que me deshacía del strap on.
—Mhm… —se rió, una risilla tontaina y cansada, en lo que se colocaba de lado. —no he podido evitarlo, guapa.
La curiosidad se apoderó de mí, por lo que me hice con un poco de su semen en mi dedo índice, para llevármelo a la boca.
—Sabe a fresa. —comenté en alto, lo que le hizo volver a reírse entre dientes.
—A la próxima puedes tener todo el que quieras. —se había vuelto a colocar las bragas en lo que se tumbaba de lado, una mano sosteniendo su cabeza. Se llevó un dedo a los dientes, otra vez.
Entorné los ojos y otro escalofrío bochornoso volvió a subir por mi estómago. ¿Acaso esto iba a convertirse en un hábito? No podía quejarme, si ese era el caso.
Aparté la almohada manchada para yacer junto a él. Volvió a tumbarse boca arriba, mirando al techo.
—No lo haces naaada mal, ¿eh, cielo?
Me reí ante su tono cantarín.
—No es mi primera vez. Además, eres alguien bastante fácil de manejar.
—¿ Yooo ? ¿A qué te refieres con eso?
Sus palabras sonaban más perezosas y estiradas, la LED de sus pupilas palidecía por momentos.
—Que ya estás gimiendo como un guarro a la mínima. Además, te corres rápido.
Me observó durante unos segundos, en lo que se llevaba la mano al pecho. Finalmente, soltó una carcajada.
— Mhm, preciosa… este cuerpo me permite aguantar todo lo que quiera. Pero, digamos que soy un hombre ocupado… tengo sitios en los que estar…
Volvió a reírse otra vez, una risilla desordenada en lo que sus LED se apagaban por momentos.
—Sí, como tu enchufe en el cargador, ahora mismo.
Zanjé cerniéndome sobre él para alcanzar su enchufe con cable estirable recogido en algún punto oculto de su cintura.
—Ay, cielo, si yo iba a hacer eso… mhm…
Nada más después de conectarlo, sus párpados se cerraron en lo que su Alma emitía rítmicos destellos, entrando en su modo de carga. Suspiré y sonreí mientras observaba su figura pacíficamente tendida.
Calculé que estaría de vuelta en alrededor de una hora. Así que, para matar el tiempo, fui a echarme un cigarro.
