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Lo que haga falta

Summary:

William hará lo que sea necesario para sobrevivir y garantizar la supervivencia de las personas que, al igual que él, buscan refugio tras ser atacada la universidad. Es una situación desesperada, así que se traga toda la vergüenza y deja que la variante sin mascara de Mark haga lo que quiera.

Notes:

Escribí esto en un brote de inspiración en menos de dos días, me disculpo por las faltas de ortografía o huecos argumentales. Se corregirán lo antes posible :)

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

El aire se le escapaba muy rápido de los pulmones, tratando de controlar el temblor de las piernas y el vértigo que le subía por el pecho. Un pinchazo al lado de su vientre le obligó a detenerse al borde de las escaleras de la última planta mientras sujetaba su abdomen, recuperando el aliento mientras el arrepentimiento le alcanzaba con la misma fuerza que el cansancio. Ya no quedaba nadie que se interpusiera en su camino, desde hace dos pisos atrás que no veía a nadie. Las sirenas de evacuación se habían vuelto un eco distante que cada vez sonaban más apagadas, casi tragadas por el rugido colectivo de las personas del exterior que desesperadamente buscaban ponerse a salvo. William volvió a sacar su teléfono, aunque sabía lo que iba a ver. La pantalla agrietada lo recibió como una burla: sin wifi, sin datos, sin respuestas. La única información medianamente útil fue averiguar que apenas una hora había pasado desde la primera explosión, y por novena vez entendió que se encontraba por su cuenta.

–¿Estás ahí? –dijo en voz baja al micrófono tras mantener el botón naranja de la pantalla pulsado.

–¿Hola? ¿Estás en tu habitación? –su tono se elevó un poco más pero no recibió respuestas.

No volvió a insistir por el momento, necesitaría ahorrar la suficiente batería si terminase por arrepentirse de sus decisiones impulsivas llegadas a este punto.

Lo guardó lo mejor que pudo en el bolsillo para evitar que volviera a caer por culpa de sus manos temblorosas. Inspiró hondo pero se atragantó unos segundos después en los que terminó por toser fuerte sin querer. El aire olía a quemado y decisiones estúpidas pero aún así avanzó a un paso más lento para llegar al final del pasillo casi arrastrando los pies. Ella todavía podía estar aquí arriba. Y si estaba viva —no, cuando la encontrara—, pensó que tal vez, por una vez, no le importaría cuán aterrador se viera el mundo. No tenía noticias de Mark desde hace semanas, Rick seguía sin volver a la universidad y estaba demasiado asustado para pensar en un plan por su cuenta. Un único nombre se le vino a la mente tras huir de su dormitorio y correr al otro lado del campus para buscar la ayuda de Amber.

Su vista se detenía cada pocos segundos para mirar dentro de las puertas abiertas por las que pasaba por delante para asegurarse de que no hubiera movimiento. En una de ellas se quedó congelado, casi gritó al ver una figura oscura e inmóvil en el suelo dentro de una de las habitaciones con las luces apagadas y sus cortinas echadas. Quiso dar media vuelta y fingir que no había visto nada. En cambio, se quedó allí, con una mano sobre el pecho, notando el latido desbocado y reuniendo la poca valentía que le quedaba, se preparó para lo peor al intentar asomarse para corroborar si en verdad fuera el cuerpo de algún pobre desgraciado; o una víctima inconsciente que tuvo la mala suerte de quedarse atrás en pleno apocalipsis.

«No quiero saberlo. Dios, por favor, no quiero saberlo».

Pero tampoco podía ignorarlo.

Dio un paso tentativo hacia dentro con el suelo crujiendo bajo sus zapatos. El olor a sangre no llegaba todavía, así que se inclinó un poco más, conteniendo la respiración y mentalizandose para ver cualquier cosa hasta que otra explosión zumbó con fuerza. El estruendo fue tan fuerte que William se tapó los oídos demasiado tarde.

El suelo volvió a temblar con la violencia suficiente para hacerle tropezar, su espalda chocó contra la pared más cercana situada en su espalda con un golpe seco y volvió a esperar a que todo se calmara. Un escalofrío le recorrió el cuerpo al escuchar por encima de su cabeza un crujido profundo y largo que atravesó el edificio desde algún punto invisible, como si algo gigantesco estuviera a punto de colapsar sobre sí mismo. Las luces titilaron una vez, dos, y luego una hilera completa del pasillo se apagó, dejando a William a medio camino de la penumbra de no ser por la entrada de luz natural que se filtraba desde las ventanas interiores en las habitaciones aún accesibles.

Alguien chilló desde otro piso, el sonido de más gente corriendo entre los pasillos le dio la iniciativa para hacer un último esfuerzo. Uno que no lo pensó mucho.

Corrió hacia la puerta de Amber casi a ciegas y pudo amortiguar un mayor golpe al retraer en el último segundo su cabeza para dejar que todo su peso fuese directo a su brazo libre extendido y parte del hombro. Chocando contra la madera que le arrancó un quejido. Su cuerpo temblaba aún más, notaba su corazón atrapado en la garganta y un ligero mareo le advirtió que se detuviera, dejándole con un pensamiento fugaz por el que quedó confundido por unos segundos al buscar recuperar el aliento. Su mente iba demasiado deprisa y a la vez se quedó tan presente que no pudo dejarlo pasar. Una sensación horrible se apoderó de sus sentidos al repetir esos segundos una y otra vez, algo no cuadraba del todo. Giró su vista al pasillo pero nada se movió de sitio salvo él y ciertas puertas que se mantuvieron aún más abiertas que antes. Su postura se volvió rígida después de que un pequeño crujido resonó detrás de la puerta cerrada en la que estaba apoyado. Esa última explosión no sonó como las anteriores, fue más como algo cayendo.

No. No. No. NO.

Con miedo de confirmar sus sospechas, sujetó el pomo de la habitación de Amber y la abrió rápidamente. El polvo que flotaba en suspensión salió y le golpeó la cara, terminándose por meter en la nariz y en los ojos, forzándole a dar un paso atrás, girar el rostro y agitar su mano frenéticamente para intentar disipar la espesa nube de suciedad. Abrió sus ojos con incertidumbre lo suficiente para enfocar el cielo abierto donde debería haber una pared; tuvo la claridad suficiente para ver el desastre. Una gran sección del techo se vino abajo sobre el escritorio situado en el extremo izquierdo, al lado de donde antes debió estar una de las camas que un vacío sustituyó. El blanco pulverizado del hormigón revoloteaba en el aire como miles de moscas sobre la podredumbre, y un trozo amplio del muro que daba a la calle desapareció por completo de su sitio. Hubo demasiadas grietas en el techo que no anunciaban nada bueno y no le inspiró la suficiente confianza para meter más su cuerpo dentro de la habitación para averiguar el estado de lo que quedaba. Le bastó con no ver restos de sangre para quedarse lo suficientemente tranquilo al pensar que Amber podría seguir fuera, con vida.

Eso significaba algo.

Tenía que significar algo.

Volvió a sacar el teléfono y abrió la aplicación de Walkie Talkie una vez más. La estúpida app que había insistido en descargar porque “sería gracioso” después de que la encontró recomendada por TikTok. Le costó mucho convencer a sus amigos de descargarla y últimamente eran solo Amber y él quienes la usaban más cuando la soledad les acompañaba en las noches. No querían exponerse a otra reunión en la oficina del director con sus advertencias vacías sobre sanciones disciplinarias por no respetar los espacios de las áreas residenciales tras ser delatados por dormir en la misma habitación. No era la primera vez que trasnochaban para hablar, ver cualquier película en el ordenador de Amber y relajarse de toda la ansiedad y estrés que el mundo pareciera tirarles encima últimamente. Ahora era lo único a lo que podía aferrarse para poder comunicarse con alguien, era imposible hacer una llamada común y las líneas de emergencia estaban saturadas. La estúpida app ahora era lo único que tenía.

Si tan solo...

—Amber, contesta. Estoy en tu habitación y está hecha mierda y no estás aquí y eso no me gusta nada, así que —respiró hondo—, por favor dime algo.

La estática se mantuvo y William cerró los ojos un segundo, apoyando la frente contra la pared. No podía quedarse más tiempo allí, en cualquier momento podía venirse abajo más partes de la infraestructura. Y al mismo tiempo, la incertidumbre sobre qué tipo de horrores le esperarían fuera le impedía dar media vuelta hacia las escaleras. Dentro al menos sabía cómo moría, fuera no.

En un último intento desesperado e intentando no llorar, tragó saliva, cogió aire y acercó el micrófono a su boca. No le dió tiempo de pulsar el botón naranja cuando el universo se apiadó de él. La estática se rompió, de entre el caos de la multitud en el fondo entendió a medias el final de una frase.

—Abajo. —

Los ojos de William se abrieron de golpe y pulsó el botón.

—¿Amber? —

Pero ya no había más, y para William era suficiente.

La adrenalina lo atravesó como una descarga eléctrica, limpiándole el cansancio de golpe. Agarró con firmeza el teléfono y con sus últimos esfuerzos volvió corriendo a las escaleras rumbo a la salida. De las prisas por llegar abajo, saltó de dos en dos los escalones un piso tras otro, aferrándose con vigor a la barandilla. Luego se abalanzó de más altura cuando por fin pudo ver el cártel de salida. Ignoró el cosquilleo de las plantas de sus pies al aterrizar con fuerza en el suelo yendo deprisa a buscarla con un objetivo en mente, abrazarla, quedarse junto a ella, llorar juntos, no estar solos.

Empujó la puerta y salió.

Llegar al exterior no fue como salir, fue como entrar en otra cosa... Algo peor.
William se quedó paralizado en el umbral un segundo de más, jadeando y tardando en acostumbrarse a la luz. Las ordas de supervivientes iban y venían de todas las direcciones posibles, todo le parecía un matadero improvisado. Bajó los pocos escalones de la residencia a trompicones y lo primero que vio fue un cuerpo a menos de diez metros de la puerta. Una chica —o lo que quedaba de ella— yacía boca abajo sobre el sendero de baldosas. Su pierna derecha terminaba en un muñón irregular por encima de la rodilla, la sangre se había extendido en un charco oscuro que ya empezaba a secarse en los bordes. Un trozo de metal retorcido sobresalía de su espalda y de la fuerza que tuvo que tener el impacto, de su cuenca salió uno de sus ojos aún unido al cráneo. William sintió que el estómago se le revolvía violentamente.

Una explosión lejana hizo vibrar las ventanas de la residencia y casi instintivamente se agachó para cubrirse la cabeza con los brazos. Cuando levantó la vista, vio que algo atravesaba el edificio de ciencias, dejando atrás un agujero grande en la fachada. Vio cómo una gran parte se derrumbaba en cámara lenta, como el polvo se levantó en una nube blanca que engulló a varias personas que con mala suerte corrían por debajo. Los gritos se volvieron ahogados, luego cesaron.

El césped perfecto estaba destrozado por surcos profundos, como si una excavadora hubiera sido arrastrada por allí. Mochilas abandonadas, zapatos sueltos, un teléfono con la pantalla aún encendida mostrando una llamada entrante. Y cuerpos. Algunos enteros, otros… no tanto. Un chico que William reconoció vagamente de su clase de psicología estaba sentado contra un banco volcado, con las manos apretadas contra el abdomen. La sangre aún brotaba entre sus dedos en pulsos débiles y lentos pero sus ojos miraban al vacío, la boca abierta en un grito silencioso que nunca terminaría. William empezó a correr con la boca tapada y algo agachado, zigzagueando para evitar los escombros.

Seguía sin ver a Amber.

—Mierda— exlcamó sin fuerza.

Sacó su teléfono y volvió otra vez a púlsar el botón naranja para oír de nuevo una voz conocida en ese infierno.

—Vale, bien, perfecto, eso es— exhaló William demasiado rápido—. ¿Dónde exactamente es "abajo"? Porque hay como, no sé, ¿todo ardiendo? ¿Izquierda? ¿Derecha? ¿Punto de referencia? Dame algo útil, Amber, por favor. —

Tropezó con algo blando y casi cayó, era un brazo separado del cuerpo y con la manga de una sudadera universitaria todavía puesta. Sintió arcadas pero tragó bilis, siguió adelante.

La respuesta llegó entrecortada, llena de estática y ruido de fondo. —Estoy en el gimnasio... otros, hay gente herida… ten cuidado, William… no... seguro…—

El Walkie Talkie no envió más mensajes.

William maldijo por lo bajo. El gimnasio no estaba tan lejos, era uno de los pocos lugares que no se estaba quemando ni derrumbando pero quedaba cerca del otro lado del campus, así que debía cruzar toda la amplia zona principal si quería llegar hasta su amiga. Otro sonido penetrante atravesó el cielo y siguió con su misión.

La primera parada fue el patio de comida, que ya por si sola era una escena dantesca. Mesas y sillas volcadas, comida pisoteada mezclada con cristales rotos y charcos de sangre. Un carrito de café seguía emitiendo vapor absurdamente; el olor a café quemado compitiendo con el hedor de la muerte.

Detrás del carrito, un profesor yacía con una gran parte de su tórax aplastado. Juró que por unos momentos vio que sus piernas seguían moviéndose débilmente, como si fueran espasmos nerviosos y sintió que las lágrimas le ardían en los ojos de nuevo.

Un sonido grave llenó el aire como el rugido de un motor de avión a punto de estrellarse. William se tiró al suelo detrás de una de las mesas volcadas justo a tiempo. Algo rápido pasó por encima de su cabeza aunque no vio qué era, solo una sombra roja borrosa y el viento que levantó. El suelo tembló cuando aterrizó en algún lugar cercano con tal magnitud que sentía vibraciones dentro de su propio pecho. Los chillidos que siguieron fueron muy agudos al tenerlos tan cerca. Cada golpe era un crack húmedo y seco al mismo tiempo, distinguiendo perfectamente la carne y huesos aplastándose. Casi los acompañó al darse cuenta que conocía el patrón. Desde el principio no oyó explosiones, fueron golpes, como aquellos que escuchó en las noticias después del incidente de Chicago. No reconocía a ningún héroe, villano ni monstruo que pudiese hacer nada de esto.

—Joder… joder, no… —susurró con la voz rota y al borde de hiperventilar—. Es uno de ellos o lo que sea que Mark…

Otro impacto resonó más cerca. Esta vez William vio de reojo cómo una farola del campus se doblaba como si fuera de plástico y salía volando varios metros, arrastrando cables que chisporroteaban. Un grito se cortó de golpe, convertido en un gorgoteo líquido. William apretó los ojos con fuerza y miró por encima de la mesa, temblando de pies a cabeza tras reconocer la espalda del traje de Omni-Man.

Agarró el teléfono con dedos resbaladizos por la sangre y el sudor, y corrió con la cabeza fijada hacia la zona más amplia del campus, esa explanada enorme que se abría frente al gimnasio con tal de no mirar nada con más detalle.

—Amber, tenéis que evacuar el gimnasio! Omni-Man ha vuelto a la Tierra y creo que se dirige allí!— dijo en voz alta—. Te espero fuera. Aunque esto sea el puto fin del mundo, voy!

Un estruendo grave y ensordecedor llenó el aire a pocos metros. William lo reconoció al instante, el mismo que había escuchado en vídeos antiguos del señor Grayson abandonando la atmósfera. Exactamente los mismos que hacía Mark al lanzarse al aire para volar.

Si Omni-Man estaba allí solo significaba que tarde o temprano morirían. Amber estaba en peligro. Todos lo estaban.

Pulsó el botón naranja pero una respuesta llegó casi inmediatamente con la voz de Amber que sonaba temblorosa, rápida y al borde del pánico. Se entrecortaba con el ruido de fondo de la gente y algo que sonaba como metal retorciéndose.

—¡Amber! ¡Amber, contesta! —

—Ya están aquí… ¡ya están aquí! No es… —

La transmisión se llenó de estática. William sintió que se le helaba la sangre.
—¡¿Qué?! ¿Amber? ¿Qué quieres decir con “ya están aquí”?

Antes de que la conexión se cortara del todo la voz de Mark se superpuso.

—… conmigo, Amber. Vamos, no te... aquí—

Amber respondió casi gritando —¡Aléjate! ¡No... de mí! —

La línea se apagó con un chasquido seco.

William se detuvo en seco en medio de la explanada abierta, el teléfono aún pegado a la oreja y su pecho subiendo y bajando con violencia. Desde unos seis meses que Mark llevaba sin dar señales de vida por la universidad y apenas por el planeta. Ni una llamada, ni un mensaje o con explicaciones más surrealistas que las anteriores del por qué desaparecía cada vez más. ¿Y ahora surgía justo en medio de este infierno?

Con el pulgar tembloroso pulsó el botón otra vez.

—¿Mark? ¿Eres tú? ¿Qué coño está pasando? Amber, ¿dónde…?

Una voz suave, casi alegre, susurró directamente contra su nuca tan cerca que sintió el calor del aliento rozándole la piel erizada.

—William.

El mundo se detuvo.

Un escalofrío brutal le recorrió toda la columna vertebral, el corazón le dio un vuelco tan violento que por un segundo pensó que se le iba a parar. Los músculos se bloquearon de golpe, sus piernas no respondían, apenas pudo moverse y no conseguía respirar bien.

Lentamente giró la cabeza.

Mark estaba allí, a menos de treinta centímetros. Tan cerca que podía ver las pequeñas venas rojas en el blanco de sus ojos, las partículas de polvo pegadas a sus pestañas, el brillo de la sangre salpicada en un lado de su mejilla derecha. La cara completa de su mejor amigo estaba expuesta bajo la luz sucia del día. El mismo rostro que había visto mil veces riendo en la cafetería, jugando a videojuegos y quejándose de exámenes estaba bastante lejos de parecerle estar bien. No parpadeaba, sus ojos abiertos de más parecieran grabar cada detalle de su reacción. Su sonrisa era demasiado ancha para la situación y los dientes se veían demasiado blanquecinos.

Retrocedió un paso tambaleante pero sus pies tropezaron con un trozo de asfalto roto, haciendo que su teléfono se le fuera de las manos y casi cayó al fijarse con temor que Mark también se movió hacia él. Un sollozo patético se le escapó de la boca.

—Mark… —la voz le salió rasposa —. ¿Cómo…? ¿Desde cuándo estás…?

No era capaz de armar frases lo suficientemente coherentes cuando el espacio entre ellos era demasiado pequeño. Podía oler sudor, humo, y algo más ligeramente agrio. El aliento húmedo de Mark le llegaba en oleadas cálidas contra su cara cada vez que respiraba, y lo hacía más fuerte con cada segundo que pasaba. William sintió el impulso irrefrenable de limpiarse la mejilla, como si le hubieran escupido, sintiendo que la piel se erizaba donde el aliento lo tocó.

«¿Por qué está tan cerca? ¿Por qué me mira así?»

Mark seguía sin apartarse pero sus manos empezaron a moverse con gestos pequeños, nerviosos, casi tímidos. Los dedos se levantaban a medio camino hacia el pecho de William, como si quisiera tocarlo pero no supiera dónde hacerlo. Se acercaban, dudaban, volvían a retirarse. Un dedo rozó apenas la manga de su camiseta, luego se apartó como si se hubiera quemado. El humano tragó saliva sin atreverse a moverse más.

—Te eché tanto de menos —dijo Mark de golpe y acompañado de otras frases rápidas que salían de su boca sin apartar la vista ni un segundo de los ojos de William—. No esperaba verte aquí, tan cerca. Tan… precioso... Sigues siendo tan precioso, William, igual que siempre.

La voz sonaba feliz, casi balbuceante. —Te extrañé mucho, mucho, no sabía que estarías aquí. Pero estás y estás bien...

«¿Dónde está Amber?»

La mente iba a toda velocidad a pesar del pánico que le cerraba la garganta. Había escuchado a Amber y Mark a través de la app de Walkie Talkie. Pero él estaba aquí delante suyo. ¿Cómo? Sabe que es rápido, sí, pero… ¿tan rápido? ¿Lo suficiente para estar casi en dos sitios a la vez? La voz de Amber sonaba como si estuviera dentro del gimnasio, y el gimnasio quedaba a bastantes metros de distancia…

De repente, un coro de voces desesperadas se distinguía desde la distancia. Le caló hasta los huesos distinguir el dolor de la gente que estaba sufriendo algo horrible, el sonido fue tan crudo que dio un respingo violento.

En ese instante Mark aprovechó para dar un paso adelante, abrazándolo con fuerza. Fue repentino, intenso y demasiado apretado. William sintió el calor del viltrumita filtrándose a través de la ropa. Aunque eso no detuvo a Mark que siguió hablando pero aún más cerca de su oído y sin dejar de sonreír.

—Te extrañé tanto… tanto… No sabes cuánto. Estás aquí, estás conmigo... No te voy a soltar. No ahora.

William se quedó rígido entre sus brazos y el cuerpo temblando sin control. El aliento caliente y húmedo de Mark le rozaba la oreja con cada palabra. Podía sentir sus dedos clavándose ligeramente en su espalda, nerviosos, casi posesivos. El olor a sudor, humo y ese leve toque metálico le picaba en la nariz.

—Tuve que hacer un trato con Angstrom Levy… —susurró en su oreja—. Lo siento, tenía que hacerlo. Ellos no entendían lo importante que eras... Para que volvamos a estar como antes.

La mente de William gritaba que esto no era su Mark.

Figuras desesperadas empezaron a salir corriendo por las puertas laterales, más estudiantes cubiertos de sangre, algunos cojeando, otros arrastrando a compañeros heridos. Un grupo grande de supervivientes se dirigía directamente hacia ellos para alcanzar la salida principal del campus.

Pasarían demasiado cerca.

No podía no hacer nada, debía ayudar a esa gente a escapar aún si tuviera que seguirle el juego.

Poco a poco, con los brazos temblando, William levantó las manos y las colocó en la espalda de Mark, devolviéndole el abrazo.

Su voz salió forzada, pero intentó que sonara suave. —Yo también te eché mucho de menos… De verdad.

Mark se estremeció entre sus brazos. Su respiración cambió al instante, volviéndose más rápida —¿De verdad? —preguntó, casi riendo de felicidad—. Ya nada es igual sin ti, William. Cada día sin verte era como si me faltara una parte de mí. Tuve que hacer tantas cosas… destrozarlo todo solo para llegar aquí, para tener esto otra vez.

Lo apretó más fuerte contra su cuerpo, casi levantándolo del suelo. William reprimió un gemido de dolor cuando sintió cómo sus costillas se quejaban bajo la presión. Tragó el nudo de terror que tenía en la garganta, deslizó una mano hacia arriba empezando a acariciar suavemente la nuca de Mark con los dedos. Sabía que ese era un punto débil de su Mark, un gesto que siempre lo calmaba. Esperaba que funcionara también con… esto.

—Tranquilo —murmuró, obligando a que salieran sus palabras—. Estoy aquí ahora. No me voy a ir.

Mark soltó un sonido bajo, casi un gemido de placer. Su respiración se aceleró aún más, ardiente y humedecida contra el cuello de William. Las manos del viltrumita bajaron lentamente hasta sus caderas, sujetándolas con firmeza. Los pulgares se colaron por debajo de la camiseta, acariciando la piel desnuda de su cintura con movimientos circulares lentos. William sintió que se le erizaba toda la piel pero no se apartó. Por el rabillo del ojo vio cómo más supervivientes pasaban corriendo a solo unos metros de ellos.

—Te necesito tanto… —balbuceó Mark, la voz entrecortada y cada vez más acelerada. Seguía perdido en su propia euforia, respirando cada vez más rápido contra su cuello.—. Sin ti todo duele.... No dejaré que nada nos separe otra vez, ni siquiera tú.

Sentía los pulgares trazando líneas sobre su piel, presionando ligeramente, como si estuviera memorizando cada centímetro. Cada caricia en la en la nuca le costaba un esfuerzo sobrehumano. Casi dejó escapar un jadeo al sentir en su cuello un beso suave que se prolongó demasiado.

—Te extrañé tanto… —murmuró Mark entre beso y beso, la voz entrecortada y cada vez más emocionada—. No sabes las noches que pasé pensando en esto, en tenerte cerca otra vez. En sentirte respirar contra mí. Nada es igual sin ti.

William cerró los ojos un segundo, intentando ordenar sus pensamientos que giraban en círculos confusos, llenos de lealtad rota y miedo a equivocarse. Para su mala suerte las caricias también avanzaron, dejando el cuello y empezando a subir. Un beso suave en la base de su mentón. Otro más largo, justo debajo de la oreja. Luego otro, y otro, recorriendo la línea de la mandíbula con una lentitud que hacía que cada roce se sintiera eterno. Los labios de Mark eran cálidos, ligeramente ásperos, y cada vez que se separaban dejaban una sensación fresca sobre la piel.

«¿Qué estoy haciendo? ¿Qué estoy dejando que haga?»

Abrió los ojos solo para encontrarse con la mirada de Mark, aunque no estaba fijos su cara, estaba observando detrás de él. Esos ojos marrones que William conocía tan bien ahora parecían negros aún bajo el sol. La sonrisa seguía ahí, algo más pequeña pero feliz, y su mirada era de alguien que ya había tomado una decisión. Un estremecimiento le recorrió la espalda al girar ligeramente la cabeza por encima de su hombro para darse cuenta que al fondo de la explanada varios pequeños equipos de héroes habían llegado. Trajes brillantes y capas ondeando con el viento que se encargaban de ayudar a los heridos a levantarse y otros para evacuar a grupos más grandes. Uno de ellos —un héroe que no reconoció— levantó la mano y señaló en su dirección, como si estuviera evaluando la situación. No le dio buenas sensaciones, nada buenas. Si este Mark era peligroso, si realmente había causado parte de esta destrucción, ver héroes acercándose podía desencadenar algo peor.

«¿En serio piensan arriesgarse a enfrentarse a un viltrumita y creer que saldrán con vida?»

Las manos de Mark se apartaron lentamente de sus caderas, sus dedos dejaron de presionar su piel y el contacto se rompió. William sintió un pánico frío y repentino. No podía permitir que terminara el momento, no todavía. No con los héroes tan cerca y probablemente con más ayuda en camino. Sin pensarlo dos veces hizo un movimiento desesperado. Agarró el rostro de Mark con ambas manos, sujetándolo con firmeza y lo besó en la boca. Fue más bien torpe, nervioso y con más fuerza de la que pretendía por intentando distraerlo, intentando retenerlo. Mark se quedó congelado solo un segundo… Y luego respondió con hambre.

El beso se volvió más intenso, más profundo, y William se dejó llevar un segundo más, fingiendo que todo esto tenía sentido. Sus manos volvieron a bajar, pero esta vez con mucha más fuerza. Agarró las nalgas de William con decisión, los dedos clavándose en la carne a través de la ropa, y lo levantó del suelo sin esfuerzo. El humano soltó un sonido ahogado contra su boca, por instinto rodeó la cintura del viltrumita con las piernas y sujetándose con fuerza para no caer. Ahora estaba completamente suspendido en el aire, aferrado al cuerpo del otro como si fuera un koala aterrado. Sus muslos apretaban los costados de Mark que gimió suavemente contra sus labios con un sonido bajo y satisfecho, y profundizó el beso. Sus manos sujetaban su peso sin esfuerzo, amasando sus nalgas con una mezcla de ternura y posesión que hacía que la cabeza de William diera vueltas.

Siguió ganando tiempo.

«¡Esto no está pasando! ¡Esto no puede estar pasando! Estoy besando a Mark. Estoy rodeándolo con las piernas y hay héroes a menos de cien metros y la gente huyendo. Y yo…»

El murmullo de fondo seguía presente, voces de los héroes dando órdenes, pasos corriendo y más supervivientes pasaban a su alrededor, algunos mirando de reojo la escena extraña pero nadie se detenía. Nadie intervenía. Mark separó sus labios solo lo suficiente para murmurar contra su boca, la voz ronca y llena de una felicidad perturbadora. —Así… así es como siempre debimos estar. Tú y yo, nadie más.

No le respondió con palabras, solo apretó más los brazos alrededor de su cuello y los ojos entrecerrados mientras intentaba mantener sus labios ocupados. Más héroes se estaban acercando. El pánico le dio una última idea desesperada. William se separó apenas unos centímetros, respirando agitado. Su voz salió temblorosa al intentar que sonara desesperada de deseo en lugar de terror.

—Necesitamos un lugar más privado, por favor. No quiero que nos vean así.

Las palabras apenas se habían formado cuando el viltrumita se estremeció entero. Sus ojos se iluminaron con una felicidad casi infantil, demasiado intensa. Con un impulso suave pero poderoso, se elevó ligeramente y el mundo se volvió borroso durante un segundo. El viento azotó la cara de William y, en menos de lo que tardó en parpadear, Mark los llevó volando a toda velocidad hacia uno de los callejones más adentrados del campus, en la salida trasera de la biblioteca; un estrecho pasaje entre edificios medio derruidos. El suelo estaba cubierto de escombros y cristales rotos. A lo lejos todavía se escuchaba el caos y pasos de gente huyendo hacia lo que esperaban fuera un lugar seguro. La destrucción seguía presente con fisuras enormes en las paredes y manchas oscuras en el pavimento que William prefirió no mirar con atención.

Mark no perdió más el tiempo.

Empujó a William contra la pared fría y áspera de la biblioteca con el cuerpo entero, sujetándolo allí con su peso. Sus manos volvieron para agarrar las nalgas con fuerza, amasándolas mientras su boca se proponía a buscarle otra vez con un deseo descontrolado y frenético. Frotaba su pelvis contra la de William con movimientos lentos pero insistentes, y con una claridad aterradora, el pene grueso de Mark se endurecía rápidamente contra el suyo a través de la tela del traje, haciendo así que sus cuerpos se deslizaran uno contra el otro. William sabía que estaban expuestos. Cualquiera podía girar la esquina en cualquier momento, la destrucción seguía rodeándolos aunque no parecía importarle nada de eso a Mark aún cuando un alarido cortó el aire desde algún lugar cercano del callejón.

—¡Ayuda! ¡Por favor, ayuda! ¡No puedo moverme!

Ese grito lo atravesó como un cuchillo.

Sonaba joven, rota por el pánico y el dolor. Probablemente atrapada bajo escombros o herida, intentando huir hacia la salida trasera del campus.

«Aguanta un poco más.»

Respiró hondo y se deslizó hacia abajo, apoyando la espalda contra la pared y poniéndose de rodillas frente a él. El suelo estaba sucio, lleno de polvo y trozos de hormigón roto que se le clavaban en las rodillas. Frente a su cara, a pocos centímetros, estaba la erección de Mark, claramente marcada bajo el traje ajustado de Invincible. La tela se tensaba sobre el bulto palpitante. William levantó la mirada. Mark lo observaba desde arriba con esa misma sonrisa amplia, los ojos fijos y brillantes de anticipación. Sus manos bajaron hasta sujetar suavemente la cabeza de William, los dedos enredándose en su pelo con una mezcla de ternura y control.

—William—susurró con la voz ronca y emocionada—. Eres… perfecto.

Notes:

Aunque fue detrás de cámaras, es OmniMark a quien William vio, él secuestró a Amber. Os dejo a vuestra imaginación que pasó con ellos.

Bona nit!🩷