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LOS OJOS DE LA NIÑA QUE NO PUEDO OLVIDAR

Summary:

Foolish es un ser inmortal que jamás se había encariñado con nada... Hasta que llegó su familia.

Luego de perderlos uno a uno y ver morir a su amada Leo se reencuentra con Vegetta y Roier, pero las cosas ya no son iguales. Ahora Vegetta tiene otro hijo...

Notes:

Este es un trabajo que solo iba a acompañar a un edit y ahora es un trabajo en sí mismo jaja

Puedes ver el edit en:
X: @L1MH3R
TikTok: https://vt.tiktok.com/ZSHqFD9fF/

> Amo a Senpai y ojalá Foolish lo adopte para que esa hijo del Fooligetta también así que NADA DE HATE.

Aquí Senpai es hijo de Foolish y Vegetta, de la última vez que se vieron en QSMP 1, pero Foolish no lo sabe pues a Vegetta le pudo la culpa por lo que pasó con Leo y decidió ocultarselo.

Aún no se si Roier lo sabe o no.

Senpai tiene los ojos verde esmeralda al igual que Foolish pero Vegetta lo enseñó a usar lentes oscuros desde niño ya que tiene la paranoia de que algún día alguien reconozca que sus ojos son los de Foolish.

 

Es mi primera vez publicando aquí, así que perdón si hice algo mal jsjs

Work Text:

La inmortalidad nunca fue un regalo, desde el principio fue una condena lenta, una que Foolish había comprendido desde hace mucho tiempo. Había vivido demasiado, lo suficiente para ver cómo todo lo que llegaba a sostener entre sus manos terminaba por desvanecerse cosas, promesas, personas… todo se erosionaba con el tiempo, menos él. Por eso había aprendió a no aferrarse, guardó su corazón en lo único que le otorgaba consuelo: sus construcciones. Había decidido vivir sin ataduras, más no podía llamarle libertad, más bien era mera supervivencia. Y lo hacía bien, lo había hecho bien… hasta que llegó a aquella isla. Ahí lo perdió todo.

Primero fue Vegetta.

No hubo defensa posible contra él. Contra sus ojos, de ese violeta tan profundo que parecía atraerlo de forma magnética, y en los que Foolish cayó sin resistencia, como si en el fondo hubiera estado esperando ese momento toda su vida. Y por un breve, cruel instante… fue feliz. Porque Vegetta lo amó y de ese amor nacieron Roier y Leo.

Durante un tiempo, Foolish fue capaz de olvidar lo que había sido toda su existencia, lo que significaba su inmortalidad. Se permitió creer que aquello podía durar, que esa vida, esa familia, no sería como las demás veces.

Y ese fue su primer error.

Las pérdidas no llegaron de golpe, si no que cruelmente lo hicieron pasar una por una, como si el destino lo quisiera ver agonizar.

Vegetta desapareció primero. Su ausencia no fue un inmediata, por el contrario fue una herida que se abrió con el tiempo, cada día un poco más profunda. Cuando volvió, cuando al fin lo tuvo frente a él otra vez… ya era tarde, y aunque su amor por él prevaleció, hay veces que incluso para Foolish el tiempo era demasiado.

Luego fue Roier. No hubo despedida, no hubo rastro el cual seguir, solo la cruel incertidumbre.

Y después… Leo. Su Leo.

Ella fue distinta. Porque a ella sí la vio morir.

No hubo abandono, no hubo misterio, y mucho menos esperanza. Solo el peso del pequeño cuerpo entre sus brazos y el instante exacto en que su respiración se detuvo, y con ella algo dentro de Foolish también se marchó. Entendió que aquello era definitivo.

Y aun así, lo peor no fue eso.

Lo peor fue volver a ver esos ojos.

En su último día en la isla, cuando ya no esperaba nada, cuando ya había aceptado que siempre estaría solo… volvió a encontrarse con Vegetta.

Y en su rostro estaban los ojos de Leo.

No eran iguales, no podían serlo. Pero lo eran lo suficiente, después de todo era su hija también.

Vegetta había regresado. Había sobrevivido, a diferencia de su hija, y Foolish… no tuvo fuerzas para odiarlo por ello. Ni para reprocharle su ausencia, ni siquiera para preguntarle por qué. Lo único por lo que rogaba en ese momento era por consuelo, por sentir desesperadamente el calor de quien alguna vez juró protegerlo a él y a su familia.

Esa fue la última vez que estuvieron juntos de verdad. Aun cuando compartieron una última noche, aun cuando el amor persistía fervientemente... no fue suficiente para lograr permanecer juntos.

El amor no resucita a los muertos.

El tiempo siguió avanzando, como siempre hacía, y como siempre Foolish siguió existiendo. Aunque está vez con una pequeña diferencia.

Fue un aventurero, un luchador, un rey, y sin embargo no podía evitar seguir buscando. Buscaba en los pequeños detalles, en sus construcciones e incluso en... personas. A veces creía verla en el reflejo de algo, en un recuerdo, en un sueño… pero nunca estaba ahí cuando despertaba.

Ni Vegetta, ni Roier... y por supuesto que nunca Leo.

Cuando recibió la invitación al crucero para volver a aquella isla no sintió esperanza. Pero estaba tan devastado que lo único que le quedaba era volver a la isla que le había dado todo… y se lo había arrebatado de la misma forma.

No encontró a Leo. Nunca la encontraría.

Y muy en el fondo, sabía que era lo mejor: si ella hubiera estado ahí, la habrían usado. La Federación la habría convertido en una soga y él se la habría colocado al cuello con gusto.

Pero no todo estaba completamente perdido, entre los rostros nuevos y conocidos encontró una cara que le alivio ver después de tanto tiempo.

Su hijo, Roier seguía vivo.

El reencuentro no fue feliz y algo desesperado, como si ambos temieran que el otro desapareciera si lo soltaban. Padre e hijo habían estado separados por tanto tiempo que la felicidad de encontrarse con su familia era evidente.

Pero entonces, esa voz.

—¡Foolish!

No necesitó girarse para saber quién era: Vegetta.

Corriendo hacia él, como si los años no hubieran pasado, como si nada se hubiera roto entre ellos. Foolish lo abrazó, porque no sabía cómo no hacerlo. No sabía cómo decirle que no a esos bellos ojos, que parecían apuñalarlo cada vez que lo miraban.

Pero aunque su amor por él prevalecía, ya no era lo mismo. No podía serlo. Foolish había encerrado su corazón con más fuerza que nunca. Después del abando, después Leo, amar ya no era un acto que le provocará satisfacción, era un riesgo que no podía permitirse.

Y aun habiendo decidido todo esto, aceptó vivir con Vegetta cuando él se lo pidió. Tal vez porque negarse habría sido más doloroso o tal vez porque una parte de él aún lo quería cerca.

Pero la convivencia habría heridas que aún no terminaban por cicatrizar. Cada mirada, cada gesto, cada instante compartido con él hombre a quien había dado su lealtad era un eco constante de lo que habían perdido. No hablaban de Leo. Nadie la nombraba. Era como si nunca hubiera existido.

Foolish no podía hacer lo mismo. Él no era como Vegetta, no podía pretender seguir adelante mientras daba hogar a todo desvalido que se le cruzara enfrente a fin de expiar sus culpas, Leo no regresaría en ninguna de esas personas que a las que Vegetta cobijaba dentro de la mansión. Y aunque no lo culpaba, le dolía ver lo mucho que parecía haber olvidado su pasado juntos.

Pero Foolish no era Vegetta, él la veía en todo, más aún en los ojos de su Rey, pero ahora él no iba a consolarlo.

Y tampoco tenía donde tenía dónde llorarla.
Así que le construyó un lugar.

Un dragón morado, erguido frente a la mansión. Feroz, majestuoso… y vacío. Con el corazón enterrado bajo tierra, al igual que el suyo.

Un monumento a alguien que el mundo había decidido olvidar, construido a la imagen de lo que Foolish imaginaba sería la apariencia que su difunta hija tendría si tan solo el destino la hubiese dejado continuar junto a él. El morado de sus escamas, la majestuosidad de sus cuernos y la belleza de los ojos de su padre... Ojos que ahora le dolía mirar, ojos que sonreían a cualquier nuevo integrante que estuviera dispuesto a unirse a la seudo familia que Vegetta había reunido en El Norte.

Fue así como conoció a Senpai.

Un rostro nuevo. Una presencia que no había notado en la mansión hasta que lo hizo. A Foolish le agradaba, era un chico menor que su hijo Roier, que incluso compartía sus rasgos arácnidos. Una graciosa coincidencia… o eso pensaba hasta que, un día tan casual como cualquiera, sentados al pie de la estatua, escuchó aquella declaración:

—¿Sabes quién es mi padre? ¡El rey del Norte, Vegetta!

Palabras que ni siquiera iban dirigidas a él pero que aún así había logrado quebrar algo dentro de Foolish de forma irreversible.

¿Otro hijo? Era consiente que ahora no tenía derecho a reclamar, después de todo Vegetta y él ahora solo eran amigos, no era apropiado entrometerse en la vida de su rey, pero antes de ser su rey había sido SU Vegetta. La duda no hacía más que atormentarlo ¿cuándo? ¿cómo? ¿por qué nunca lo supo? Y lo más importante ¿quien era el padre de aquel chico y porque parecía haber tenido la osadía de abandonalos?

¿Porqué no se lo dijo? Después de todo a ellos aún los unía un hijo. Eso debería significar algo ¿No?

Alzó la vista hacia la estatua. Leo no estaba ahí. Nunca lo estaría.

Volvió a mirar a Senpai. Nunca había reparado en que jamás había visto los ojos del chico, ojos que estaban ocultos tras esos lentes oscuros que nunca se quitaba.

Y sin duda era lo mejor.

Foolish no soportaría ver al hijo de otro hombre con aquel bello color en sus iris. Con los ojos de sus dos grandes amores.

No soportaría saber que Vegetta tuvo el descaro de heredarle esos bellos ojos a alguien más que no fuera su hija, su Leo.

Porque eso sería lo único que jamás podría perdonarle...