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Prólogo: Primera Invocación
La noche era oscura y opresiva en la autopista de Lifus. Al pie del imponente y misterioso Árbol de Flugel, una silueta temblorosa se aferraba al rugoso tronco, golpeando la madera con furia. Era un joven de cabello negro y ojos ensombrecidos por el desespero: Subaru Natsuki, un extranjero atrapado en un mundo que lo devoraba sin piedad.
—¿Por qué...? ¿Por qué...? ¿Por qué todo tuvo que terminar así? ¡¿Por quéeee?! —gritó con la voz rota, el rostro cubierto de lágrimas y terror.
Su último golpe al árbol resonó en la quietud de la noche antes de que cayera de rodillas, vencido. Unos metros más allá, su fiel dragón de tierra, Patrasche, lo observaba con una mirada llena de preocupación y afecto silencioso.
—¿Cómo fue que todo terminó así...? —susurró, sin fuerzas siquiera para escucharse a sí mismo.
La causa de su desesperación era evidente: su propia debilidad.
—¿Estás contenta, Satella? —rugió al aire, con la voz teñida de rabia—. ¿Te divierte verme fracasar una y otra vez?
Apretó el puño con furia, sintiendo la sangre caliente correr por sus nudillos heridos. La visión de aquel rojo carmesí le trajo recuerdos... recuerdos de su peor desesperación.
Él, el chico que había desafiado la muerte incontables veces, que se había enfrentado a asesinos dementes con tal de ganar el reconocimiento de su heroína, ahora estaba completamente agotado, hundido en un abismo del que no podía salir. Esta vez, su desafío era insuperable: tres amenazas mortales lo aguardaban, y por más que lo intentara, no tenía la más mínima oportunidad de vencerlas.
Después de haber humillado a Emilia frente a la nobleza y de ser derrotado por Julius, había sido relegado a la mansión de Crusch bajo el pretexto de recibir tratamiento. Pero el dolor de ser abandonado por Emilia había sido más insoportable que cualquier muerte que hubiese experimentado hasta ahora. Y, para colmo, en el instante en que ella lo apartó de su lado... su vida volvió a estar en peligro. Esta vez, él no podía salvarla.
—Betelgeuse... —susurró con odio, apretando los dientes con rabia.
El Arzobispo del Culto de la Bruja era solo una de las tres amenazas que lo acechaban. A través de Rem y Crusch, había descubierto que el Culto de la Bruja planeaba atacar Irlam y a Emilia. Buscando redimirse, buscando demostrarle a Emilia que estaba equivocada sobre él, corrió en su ayuda... solo para fracasar una vez más.
Rem lo abandonó en el camino.
El pueblo fue reducido a cenizas en una masacre espantosa.
Murió congelado, sin siquiera comprender qué había pasado.
En su segundo intento, fue testigo de la tortura de Rem. No pudo hacer nada. No era lo suficientemente fuerte.
En su tercer intento, intentó aliarse con las candidatas reales, pero fue rechazado sin contemplaciones.
Cuando trató de evacuar el pueblo, otra calamidad lo detuvo: la Ballena Blanca.
Y, por si fuera poco, estaba el Tabú. Si intentaba advertir a alguien, la sombra lo devoraría.
Pero lo peor de todo... era Puck.
No importaba cuántas veces lo intentara. No importaba qué camino tomara. Si por algún milagro lograba esquivar a la Ballena Blanca y a Betelgeuse, al final, Puck lo mataría con sus propias manos.
No había salida.
Y, como si el destino se burlara de él, Satella había cambiado su punto de retorno. Ya no podía volver atrás para buscar otra forma de enfrentar la situación, ya no podia convencer a las candidatas de obtener su ayuda. Estaba atrapado en el peor de los escenarios, sin margen de error, sin segundas oportunidades.
—¡Jódete, Satella! —rugió, con una risa rota y amarga—. ¡Espero que disfrutes mi sufrimiento! ¡Que se pudran los caballeros, las candidatas y este maldito mundo olvidado por Dios!
El odio lo consumía.
Odiaba a Satella por arrancarlo de su hogar, por darle un poder inútil, por condenarlo a esta pesadilla interminable.
Odiaba a Crusch, con su falso sentido de justicia y su soberbia de líder. Si gobernaba, no sería más que una tirana.
Odiaba a Anastasia, por su codicia insaciable, convencido de que su avaricia solo traería ruina.
Odiaba a Priscilla, por su arrogancia y desdén por los demás.
Odiaba a Felt, que había brillado en su ausencia, demostrando que él era insignificante.
Odiaba a Emilia... la persona por la que lo había dado todo, y que lo había recompensado con el abandono y el desprecio.
Odiaba a Rem, por sacrificarse una y otra vez sin sentido, por rechazar la única posibilidad de escapar juntos. Rendirse no es fácil.
Y, sobre todo...
Se odiaba a sí mismo.
Por ser débil.
Por no tener astucia.
Por no ser lo suficientemente fuerte para proteger a nadie.
No se rendía porque quisiera. Se rendía porque no tenía opción. Si seguía luchando, lo único que le esperaba era más muerte, más desesperación, más fracaso.
Pero entonces...
Un pensamiento cruzó su mente.
Si él solo no podía cambiar nada...
Si él era un simple humano sin poder, sin habilidad, sin esperanza...
Entonces, solo había una cosa que podía hacer.
Subaru levantó la mirada, con el rostro cubierto de lágrimas secas y sangre. Frente a él, el legendario Árbol de Flugel se alzaba imponente, como si el destino mismo lo hubiera guiado hasta allí.
—Si no puedo ganar por mi cuenta... —murmuró, con un brillo oscuro en los ojos—simplemente huiré lejos de aquí
Pero.
"Si tan solo pudiera hacer algo..." —murmuró Subaru mientras se ponía de pie, tambaleante, y alcanzaba a Patrasche.
Sinceramente, no quería irse. No quería abandonar a todos: al pueblo de Irlam, que lo recibió con los brazos abiertos; a los niños, que compartieron con él sus aspiraciones y sueños; a Ram, Beatrice, Emilia, Roswaal... De verdad no quería dejarlos atrás. Pero no tenía opción. Su debilidad era mayor que su voluntad, y ni siquiera podía pedir ayuda. Sin embargo, si tuviera la mínima oportunidad de cambiar algo, la tomaría sin dudarlo. Pero esta no era una de esas historias donde un poder oculto despertaba de la nada.
"Al final, no soy ningún protagonista ni ningún héroe, solo soy un chiste jaja..." —rio con amargura.
Lo que Subaru no notó fue que la sangre de sus nudillos heridos se había deslizado desde el tronco del árbol hasta donde estaba Patrasche. La sangre esparcida comenzó a brillar lentamente y, entonces, ocurrió un milagro.
[Sistema conectado. En línea desde la Tierra N°2334. Procediendo a reconocimiento de usuario.]
"¡¿Qué demonios?! ¿De dónde viene esa voz?" —Patrasche lo miró confundido. "Maldición, esta situación es tan estresante que empiezo a escuchar cosas, jaja..."
[Reconocimiento completado. Usuario: Subaru Natsuki. Atributo: Estrella y Oscuridad. Reconocimiento de Master interino N°89. Procediendo a invocación.]
"¡Ah!"
La voz volvió, seguida de un dolor ardiente en su mano derecha. Algo se estaba grabando en su piel, como una runa tallada con fuego.
[Error.] [Error.] [Error.] [El sistema Chaldea reconoce que el propietario no posee habilidades de invocador. Procediendo a tomar control total del ritual.]
"Ritual... ¿Invocación? ¿Qué demonios está pasando?"
[Error. La conexión es débil. Se detecta que la presencia de Gaia y Alaya es insuficiente. Fortaleciendo conexión...]
[...] Conexión lograda. Procediendo a invocar desde el Trono de Héroes.
La sangre de Subaru, que había goteado sobre la hierba, comenzó a brillar con intensidad. Luego, se reunió en un solo punto, formando un círculo de invocación.
"¿Una invocación?" —Cuando lo comprendió, su corazón latió con fuerza. Tal vez este fenómeno inesperado podría ayudarle a salvarlos a todos.
"Sí, una invocación... ¡Podré traer a alguien! ¡Oye, sistema, responde mis preguntas!"
Pero no hubo respuesta.
[Error. Se detecta que el usuario no posee catalizador. Procediendo con protocolo alternativo: invocación por compatibilidad.]
"¿Esperen, necesitaba algún objeto raro para lograrlo?"
[Solicitud enviada y confirmada.] [Diez Servants desean contestar la llamada. Seleccionando al más adecuado para la tarea...]
"¿Diez...?"
[Procediendo en 3... 2... 1...]
Una luz cegadora emanó del círculo mágico. Subaru alzó los brazos para cubrirse el rostro mientras el viento rugía con furia. La energía liberada explotó en una poderosa onda de choque, lanzándolo al suelo. Patrasche, instintivamente, se colocó en posición defensiva a su lado.
Cuando el polvo y la luz se disiparon, Subaru alzó la mirada y contuvo el aliento.
En el centro del círculo, ahora quemado en el suelo, se erguía una figura masculina, más alta que él. Su piel era bronceada, y su armadura de plata resplandecía bajo la tenue luz de la luna. El peto de su armadura estaba ausente, dejando al descubierto su torso marcado con runas que irradiaban un aura verde. Su cabello, gris plateado, ondeaba con el viento nocturno. Una presencia noble y heroica emanaba de él, y en su mano empuñaba una gran espada que clavó en el suelo.
"Servant clase saber Siegfried. He respondido a tu llamado. Espero tus órdenes, Master."
Los ojos de Subaru se abrieron de par en par ante el inesperado giro de los acontecimientos.
Así daba inicio una nueva historia. No la de una guerra por el Santo Grial, sino la de un chico que aspiraba a ser un héroe y salvarlos a todos.
Fin del Prólogo.
