Chapter Text
"Por cada pájaro que vuela, hay una piedra lanzada a un pájaro.
Por cada niño amado, un niño roto, ensacado, hundido en un lago.
La vida es breve y el mundo es al menos mitad terrible,
y por cada gentil extraño, hay uno que te rompería,
aunque no se lo diga a mis hijos".
good bones, maggie smith.
La conciencia regresó como un naufragio.
Primero, el zumbido de una máquina monitoreando sus signos vitales. Luego, la presión de un tubo en su garganta, la quemazón en su pecho al respirar aire artificial. La piel le hormigueaba, helada y cubierta de electrodos. Su primer pensamiento fue confusión, su segundo, miedo. Intentó moverse y el tirón de los cables la detuvo; forcejeó con la fuerza ciega de un animal acorralado.
—¡Está despertando! Jódeme, no tan rápido…
La luz le abrasó los ojos cuando párpados temblorosos se alzaron. Un techo blanco, quirúrgico, como el de un hospital. Voces amortiguadas. Pasos apresurados. Manos enguantadas sujetando sus muñecas con firmeza profesional.
—Tranquila, tranquila, no intentes hablar aún —dijo alguien con autoridad, voz masculina, tono práctico. Se oyó un clic, el sonido de un monitor reajustándose—. Si me escuchas, aprieta mi mano.
Sus dedos, entumecidos, obedecieron.
—Bien. Voy a retirar el tubo. No luches, solo relájate.
Relajarse. Qué instrucción más absurda cuando todo su cuerpo gritaba lo contrario. Pero no tenía elección. Un instante después, sintió la áspera succión del tubo deslizándose fuera de su garganta. Tosió, se ahogó con su propia saliva, el oxígeno le supo a metal.
—¿Dónde…? —jadeó, su voz más áspera que su piel reseca.
—Estás en un centro médico de Vought International —respondió otra voz, femenina esta vez. A su izquierda, una mujer con bata blanca y gafas de montura delgada la observaba con atención medida—. Soy la Dra. Caldwell. Necesito que permanezcas tranquila mientras verificamos tu estado.
Vought. La palabra le golpeó como una campanada en una iglesia en llamas.
No. No.
Un hospital. Un laboratorio. Vought.
Su mente, un revoltijo de fragmentos sin sentido, reconoció el nombre como un rayo en una noche cerrada. Vought no era solo una corporación farmacéutica. Vought era el gigante detrás de los Supers, la sombra omnipresente en la piel misma de América.
Vought era ficticio.
Y esto… esto no era su territorio.
Su corazón tamborileó contra su caja torácica. Su lengua estaba pastosa, su cuerpo entumecido, pero su mente comenzaba a girar, ensamblando preguntas con la desesperación de un prisionero contando los barrotes de su celda.
—¿Por qué estoy aquí? —preguntó, su tono áspero, alerta.
El hombre de antes, un médico de complexión robusta y expresión paciente, se inclinó hacia ella con manos en alto, como si calmara a un animal salvaje.
—Has estado en criogenia durante mucho tiempo. Una enfermedad degenerativa afectó tu sistema neuromuscular, y Vought te mantuvo en un estado de preservación hasta que encontramos una cura.
Criogenia.
Dios.
Ella conocía ese recurso narrativo. Era un cliché de ciencia ficción, el sueño de la inmortalidad envuelto en hielo seco. Pero en su boca sonaba como una sentencia.
—¿Mi nombre? —su voz sonó menos frágil esta vez.
Hubo una breve pausa. Intercambio de miradas entre médicos.
—Jane —respondió finalmente la doctora, con un tono ensayado, seguro. Y un segundo después, inventó un apellido—, Jane Calloway.
Jane, Jane Doe. Un nombre fantasma. Un alias para los que no existían. Ella no dudaba ni un momento en que la doctora le había mentido, tal vez para no enojarla, tal vez para no asustarla, no lo sabía. Pero el corazón no mentía.
Calloway. Camino frío. Qué puta broma. Ella existía. Ella recordaba.
Tal vez no su nombre, no su vida anterior con todos sus detalles, pero recordaba otra cosa, algo más grande, algo que les haría caer el rostro si lo supieran.
Recordaba que todo esto, Vought, los Supers, Homelander… The Boys, era solo... ficción. Cómics. Un programa de televisión. Una parodia de superhéroes, lo peor de ellos.
Y ella, de alguna manera, había terminado aquí.
—Jane —repitió la doctora Caldwell, como si reafirmarlo sellara su identidad—. Sé que debes sentirte desorientada. Tomará tiempo. Tu cuerpo ha pasado por un proceso de restauración largo y complejo.
La sala olía a antiséptico y metal. Plástico caliente, látex, la inconfundible esencia de hospital y algo más, algo químico y frío, como la estela de un medicamento demasiado fuerte.
Jane trató de humedecer su boca, pero su lengua raspó contra el paladar seco. Su cabeza pesaba, su cuerpo un campo de batalla entre el letargo y la hipersensibilidad.
Un hombre con bata azul ajustó una pantalla frente a ella, su mirada fija en los datos que brillaban sobre el vidrio. Un latido, una onda, presión arterial, oxigenación. El pulso constante de su existencia reducida a gráficos luminosos.
Jane forzó los labios entreabiertos.
—¿Cuánto… tiempo?
La doctora giró la cabeza hacia el otro médico. Un segundo de indecisión.
—Llevas en suspensión criogénica desde principio de los años ochenta. Estamos en el año 2011.
El aire se le atascó en los pulmones.
Treinta años.
Treinta.
Ella no había nacido en los ochenta. O tal vez sí. ¿Cómo podía saberlo? No recordaba su edad, su cara, su nombre verdadero. Pero esa cifra no encajaba.
—No… —tragó, sintiendo un escalofrío recorriéndole la espalda—. No tiene sentido.
—Es normal sentirse desconectada de la realidad. A tu cerebro le tomará tiempo sincronizarse. Hay terapias para...
—¿Por qué yo? —la interrumpió, sus manos crispándose contra la sábana delgada que cubría su cuerpo.
La doctora Caldwell inspiró con paciencia.
—Por tu enfermedad. Fuiste una de las primeras pacientes en someterse a este tipo de conservación.
Jane entrecerró los ojos.
No. No le estaban diciendo todo.
—¿Quién era yo? —preguntó, y el silencio que se formó en la sala fue tan espeso como el aire antes de una tormenta.
Los médicos intercambiaron miradas rápidas.
—Tendremos tiempo para reconstruir tu identidad —dijo la doctora, con ese tono clínico que disfrazaba la evasión—. Pero primero debemos asegurarnos de que tu recuperación sea estable.
Evasivas. Demasiadas.
Jane sintió que su corazón, su nuevo y desconocido corazón, bombeaba con fuerza bajo su piel fría. Miró sus manos. Sus venas apenas se marcaban bajo la palidez de su piel.
¿Era esta su piel?
Oh, Dios.
El pensamiento la golpeó con la fuerza de un tren.
¿Es este siquiera mi cuerpo?
No recordaba su rostro, pero este cuerpo se sentía… ajeno. Como si lo habitara sin haberlo elegido. Su pulso subió, las máquinas pitaron en respuesta.
—Jane —la voz de la doctora se endureció—. Necesitamos que te mantengas calmada.
Calmada.
Treinta años perdida en hielo. Sin un pasado. Sin pruebas de quién era. Sin siquiera la certeza de que esta piel fuera suya.
—Voy a hacerte algunas preguntas básicas —dijo la doctora, hojeando una tableta electrónica—. ¿Recuerdas algo antes de despertar aquí?
El reflejo de la pantalla tintineó en sus lentes, y por un instante, Jane se vio en el cristal oscuro.
Cabello rubio desordenado. Ojos claros, azules. Pómulos altos. La imagen de una mujer que tal vez debería conocer, pero que no le decía nada.
—Yo… —cerró los ojos, hurgando en el vacío de su mente—. No.
Excepto que sí.
Vought. Homelander. The Boys.
No eran recuerdos personales. Eran… conocimiento. Información flotando en su cabeza como pedazos de una historia leída hace mucho tiempo.
Soldier Boy.
El nombre la golpeó sin previo aviso.
Su mirada se alzó, enfocando al hombre que revisaba los monitores, los labios fruncidos con concentración. Él debía saber. Todos aquí sabían.
—Dijiste… dijiste que fue en los ochenta.
—Correcto.
—Entonces… Soldier Boy… —las palabras se le atoraron en la garganta—. ¿Murió antes o después…?
Un breve parpadeo de sorpresa en los ojos de la doctora. No se lo esperaba.
—Después —dijo, cautelosa.
Jane sintió una oleada de vértigo.
Oh, mierda, mierda, mierda. ¿Esto es casualidad? ¿Estuve en la época de Soldier Boy y su equipo de mierda? ¿Los Play... Payback?
Era la única conclusión lógica. Si Vought la había mantenido en criogenia, si había estado ahí desde los ochenta, si había sido importante para el programa de Supers, entonces… entonces ella había sido parte de todo eso.
¿Por qué carajo no podía recordar nada?
¿Por qué solo tenía este conocimiento ajeno, como si hubiera leído la historia y ahora estuviera atrapada dentro de ella?
Jane inhaló profundamente.
Estaba en un laboratorio de Vought. Estaba viva, pero no sabía por qué. Y si estos bastardos creían que iba a aceptar todo sin cuestionar, estaban jodidamente equivocados.
El pitido de los monitores se volvió insoportable. No porque fuera ensordecedor, sino porque no era lo único que oía.
Jane cerró los ojos con fuerza, aferrándose a los bordes de la camilla. Al principio creyó que su pulso retumbaba en sus oídos, un eco vibrante en su cabeza, pero no. Era algo más.
Corazones. No uno. No el suyo. Docenas. En todos lados.
El latido de la doctora Caldwell, metódico y contenido. El del médico a su lado, apenas acelerado con una pizca de tensión. El de alguien más al otro lado de la pared, tamborileando con un ritmo irregular, como si hubiera tomado demasiada cafeína. El sonido de la sangre bombeando, del aire llenando pulmones, del chasquido húmedo de gargantas tragando saliva.
Mierda.
Se llevó las manos a los oídos.
—¿Jane? —preguntó la doctora, la voz amortiguada bajo la cacofonía de corazones latiendo, sangre corriendo, músculos tensándose y relajándose en ciclos que parecían envolverla.
—Demasiado ruido —murmuró, con la mandíbula rígida.
—Jane, ¿a qué te refieres?
No le creyó. Sintió el sutil cambio en su ritmo cardiaco. El matiz de precaución en su tono.
Le estaban ocultando algo. Le estaban ocultando muchas cosas.
Abrió los ojos y todo cambió.
El mundo se volvió cristal y espectros. Su visión se deslizó más allá de la piel, de la carne, de los huesos. Vio el esqueleto de la doctora como un negativo en la oscuridad, la sombra de sus órganos, la vibración interna de su propio ser reflejándose en la sala estéril.
Se incorporó de golpe, el movimiento tan rápido que la camilla rechinó. El médico dio un paso atrás instintivamente.
Jane parpadeó y la imagen se deshizo en un parpadeo.
El aire en la habitación se sintió más pesado, como si todos contuvieran la respiración.
Los miró con una mezcla de desconcierto y algo más oscuro, más afilado. —No soy una paciente cualquiera, ¿verdad?
No fue una pregunta.
La doctora Caldwell exhaló despacio. —No.
La verdad era un filo helado deslizándose en su columna.
Jane flexionó los dedos. Algo en su cuerpo se sentía… diferente. No solo la falta de familiaridad con su propia piel, sino algo más profundo. Como si los músculos bajo su epidermis no fueran los que había tenido antes, sino algo perfeccionado, refinado, fortalecido más allá de lo que debía ser humano.
La palabra destelló en su mente como un rayo.
Sabía que era una Super. Por supuesto que lo era. La habían puesto en criogenia, la habían mantenido viva porque era valiosa. Porque podía hacer cosas que la gente común no podía. Era más fuerte. Más rápida. Podía ver a través de la piel. Podía escuchar a través de las paredes.
Y, joder, era demasiado.
Se llevó una mano a la sien. Su propio corazón era un trueno en su cabeza. La presión de su sangre, el pulso de los demás, el sonido de cada célula moviéndose bajo la carne.
—Tienes que aprender a regularlo —dijo la doctora con calma.
El comentario la hizo alzar la cabeza con furia. —¿Regularlo? ¿Cómo, exactamente? Porque no recuerdo haber recibido un puto manual de instrucciones.
Una sombra de algo parecido a compasión cruzó por el rostro de la doctora, pero se desvaneció antes de afianzarse. —Tomará tiempo. Hemos tenido casos previos de Supers en recuperación prolongada. Al principio es difícil controlar los sentidos.
Al principio.
Eso significaba que eventualmente podría manejarlo.
Pero ahora mismo la sensación era una bestia arañando su cráneo, un océano de estímulos ahogándola, un millón de señales superpuestas empujándola al borde del colapso.
No dejó que lo vieran.
Inhaló. Contó hasta cinco. Exhaló.
—¿Por qué no me han dicho qué puedo hacer?
Otro silencio incómodo.
—Tu recuperación es nuestra prioridad —dijo la doctora finalmente—. Una vez que estés estable, podemos...
—No me jodas.
Los médicos se tensaron. Jane los escaneó con la mirada. Podía oír su tensión, podía ver la rigidez en sus músculos. La incomodidad latente en sus latidos.
Le estaban ocultando información. Le estaban ocultando...
El aire en la habitación se había vuelto denso. Cargado.
Jane lo sentía vibrar contra su piel, como si la presión de sus propios sentidos amenazara con reventar las paredes. No podía detenerlo, no podía apagarlo. Todo parpadeaba y se encendía dentro de ella como una tormenta mal contenida.
Cada vez que parpadeaba, los rostros de los médicos se reducían a sombras y esqueletos. Cada latido, cada trago de saliva, cada espasmo de un músculo tenso era un rugido ensordecedor en su cabeza.
Y ellos lo sabían.
Los vio retroceder, sus corazones tropezando en un ritmo de miedo mal disimulado. Sus pupilas dilatadas. El sudor formándose en la frente del médico más joven, su labio inferior atrapado entre los dientes con el pánico de quien está demasiado cerca de un arma cargada sin seguro.
Arma. Era eso lo que veían, ¿verdad? No una mujer, no una persona.
Un arma que aún no sabían cómo manejar.
—Jane… —intentó la doctora Caldwell, levantando las manos en un gesto conciliador—. Entiendo que estés confundida, pero si tan solo…
—No entiendes una mierda —espetó, su propia voz pareciendo más afilada de lo normal.
El médico más joven dio un respingo.
Podría aplastarlo.
El pensamiento vino de la nada, como una voz distante en la parte más primitiva de su mente. Un empujón y su cráneo se partiría como un huevo. Un poco de presión y sus huesos cederían.
Un segundo después, algo parecido al horror le quemó la garganta.
Y entonces la puerta se abrió.
El cambio en la atmósfera fue inmediato. La tensión en los médicos se transformó en un alivio tangible, casi palpable. Como si la presencia del hombre que acababa de entrar fuera un salvavidas en medio de un mar embravecido.
Él se movió con la seguridad meticulosa de alguien que no necesitaba gritar para exigir respeto. Vestía un traje impecable, la elegancia de su porte intacta pese a la evidente precaución con la que había ingresado a la habitación.
Su mirada cayó sobre ella con el peso de una evaluación calculada.
Ella lo conocía.
—Señorita Calloway —dijo, su tono suave, pero firme.
Jane sintió la manipulación antes de que siquiera abriera la boca.
No la llamaba "Jane". No la llamaba por su supuesto nombre. "Señorita Calloway", con énfasis en el apellido insoportablemente falso. Un recordatorio sutil de su falta de identidad, de su desorientación. De lo que aún necesitaba de él.
Los médicos parecieron desinflarse con alivio.
Él le dedicó una sonrisa breve, meditada, la clase de sonrisa que alguien en su posición ofrecería a un animal salvaje al que necesita domesticar.
—Me disculpo por la falta de respuestas —continuó, con la cadencia paciente de un negociador experto—. Pero supongo que ya habrás notado que tu situación es… excepcional.
Jane no respondió de inmediato. Se limitó a observarlo, absorbiendo cada sutil detalle en su postura, cada inflexión en su tono.
Era peligroso. No en la forma en que ella lo era. No como una fuerza bruta de músculos y poderes fuera de control. Él era peligroso en la forma en que un titiritero lo era. En la forma en que alguien que conocía cada hilo y cada nudo de una red podía hacer que otros cayeran sin darse cuenta.
Si quería respuestas, este hombre era su única opción, y él lo sabía.
—¿Quién eres? —preguntó, con los ojos entrecerrados, fingiendo no saber su nombre.
A pesar de sí misma, sentía asombro por el hombre frente a ella. Tal vez eso era lo que más odiaba de la situación.
El hombre inclinó levemente la cabeza. —Stan Edgar —dijo simplemente—. CEO de Vought International.
La palabra Vought volvió a golpear algo en su cerebro. Casi se resistía a creer que algo de esto era siquiera real.
—¿Tienes respuestas para mí, Stan Edgar? —susurró, su voz una cosa trémula, sus ojos una cosa terrible, una estrella moribunda lista para consumirlo todo.
Él sonrió, aunque sus ojos permanecieron fríos. —Todas las que quieras.
Ella no le creyó, pero fingió que sí. Le convenía estar en el lado bueno de un hombre como Stan Edgar, al menos hasta que pudiera obtener lo que quería de él. Hasta que ambos exprimieran del otro lo que necesitaban.
Y dejó que el juego comenzara.
