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Tal vez, las cosas hermosas estaban destinadas a no durar. Como la juventud, las flores de los árboles, el rocío de la mañana, la persona que más amas. Sin importar cuanto la cuides, algo o alguien más pensara que tendrá derecho a pisotearlo.
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No había lugar más seguro que la abandonada finca del antiguo y poderoso clan Gojo. El terreno había sido frío la mayor parte del tiempo desde su existencia en los tiempos del espíritu vengativo Sugawara no Michizane y casi había sido destruido tras el exilio de su más portentoso jefe de clan desde su fundador.
De alguna manera, había logrado mantenerse en la línea, muchos del linaje habían desertado y unos pocos se habían quedado para adorar una vez más a su preciado Seis Ojos que por segunda vez se había burlado de las garras de la muerte.
Y con él y la victoria colectiva contra Ryomen Sukuna, el prestigio y la gloria volvería a brillar en las desoladas praderas de un clan que había visto demasiadas guerras y soportado demasiadas humillaciones. ¿De qué servía haber brindado dos hechiceros de Grado Especial para un puñado de personas que apenas podían considerarse clan?
Pero la esperanza también había venido con un matrimonio. Gojo Satoru retomó el acuerdo familiar con el clan Iori. Uno que cada parte parecía haber olvidado cuando el mundo Jujutsu se tambaleó entre la miseria absoluta y el colapso total.
Y del matrimonio, surgió un heredero, símbolo de que el clan Gojo seguía en el juego, en el combate, un fruto divino surgido del hechicero más fuerte y la única hechicera con las facultades para volverlo todavía más fuerte. Un enviado de que el futuro iba a continuar por un camino diferente y la sociedad Jujutsu quedaría en buenas manos para deshacerse de las costumbres tóxicas que habían inclinado a sí mismas a casi despedazarse.
Una esperanza que se desvaneció ante sus ojos. Porque la sociedad Jujutsu no había aprendido lo suficiente.
En el cielo y en la tierra, eras lo único digno de ser amado. Puro. Brillante. Lleno de esperanza. Frágil en mis brazos y con el mundo en tus manos limpias.
Los gritos estremecieron la finca Gojo. La tristeza y desesperación reflejados en los lamentos hicieron sangrar los oídos de cualquiera que tuviera la desgracia de estar en el área a fin de Zona Prohibida en Solitario . Como si pudiera explotar las entrañas a pura resonancia y energía acústica.
A pesar de la desolación y angustia que transmitía, los gritos de la matriarca Gojo se escucharon como las trompetas que anunciaban la apertura del inframundo, desatando las raíces de vacío y destrucción por todo el mundo. La energía maldita del jefe del clan en sintonía con la de su esposa auguraba como si el mundo estuviera a punto de partirse en dos.
El mundo Jujutsu no se había recuperado de las pérdidas que los Juegos de Supervivencia habían desatado, pero ya no habían razones para que los hechiceros se levantaran contra las maldiciones y entre sí, la época de paz que sobrevino luego hizo olvidar tan rápido lo aterradora y aplastante que era la energía de Gojo Satoru. Incluso en su mejor momento, nadie había sido el receptor de una ira semejante a la que ahora manifestaba.
El chasquido se desvaneció por un instante para luego regresar con mayor ímpetu. No había emociones dentro de la energía maldita de Gojo, solo un portentoso deseo de aplastar todo con una mano. Sin filtro. Sin pensamientos. Solo un deseo salvaje y destructivo que no igualaba la tristeza y desesperación de su esposa.
“¡¿Por qué te detienes?! ¡¿Por qué no haces nada?! ¡Maldita sea, Shoko!”.
La mujer médico siempre se sentía cansada. Técnica inversa o no, el costo en su salud y en su cuerpo siempre vino en el peor momento posible. Y todavía, los años de guerra y de insomnio nunca la hubieran preparado para sostener en sus manos el cuerpo ensangrentado y vacío de un niño pequeño. No. No cualquier niño.
Utahime no había dejado de gritar, a costa de cualquier juicio existente, ella había impulsado a Shoko desde el momento en que entró arrastrada de la muñeca por Satoru, con Arata Nitta en el otro extremo.
El muchacho tenía los ojos bien abiertos, temblando mientras movía sus manos activando su técnica con desesperación. Tal vez aterrado por cómo Gojo Satoru caminaba de un lado a otro como un león enjaulado, desplegando su energía maldita sobre ellos como si eso cambiaría algo, o tal vez perturbado por cómo su antigua maestra, la cúspide del control y la prudencia había perdido la cordura. O tal vez la conglomeración de toda la escena al darse cuenta que ahora incluía un cadáver infantil a la ecuación.
El muchacho no iba a atraverse a abrir los labios para dar las noticias a los padres, prefería agotar hasta la última gota de energía maldita antes de mirar a los ojos a ninguno del matrimonio, así que la misión quedaba en manos de Shoko, no solo porque alguien tenía que controlarse en la situación, ni tampoco porque ella era la profesional en el ámbito, sino por la delicadeza de la confesión. Incluso cuando lo pensaba, sentía que algo venenoso quedaba atrapado en su garganta. Estaba segura que ellos ya lo sabían, pero por la forma en que Utahime todavía estaba abrazando el pequeño cuerpo de Atsushi-kun y miraba con una furia colérica a Shoko, la idea no estaba calando en su cerebro para nada.
Y cuando ella dejó de aplicar energía inversa en el cuerpo pequeño, todo el peso de sus sentimientos había recaído en ella. Y se supone que Satoru era quien tenía el poder de poner de cabeza el mundo, pero cuando Utahime la miró, fue como si ella podría despedazarlo.
Shoko contempló a su amiga, su bonito y elegante kimono estaba empapado de sangre, sus manos aferradas al pequeño como si en realidad estuviera dormido, los cabellos albinos del niño salpicados de sangre, y sus bonitos ojos miel apagados.
Contempló la escena como quien observa la pantalla congelada de la computadora. Impotente e incrédula. No. Esto no estaba pasando. Su cabeza le estaba jugando una pesadilla. Años apenas durmiendo y atormentándose con como lo perdía todo para prepararse para la realidad estaban volviendo a aparecer como un mecanismo de defensa.
Kiyotaka iba a sacudirla para despertarla, el olor a un té con miel en lugar de su café negro y tan poco recomendado por su propio psiquiatra tan pronto al despertar, iba a sacudir su estómago hambriento, luego se tomaría un momento para centrarse de nuevo y continuar con el trabajo mientras las lágrimas se quedaban en el olvido.
Pero Kiyotaka no estaba en su oficina y no iba a sacudirla, él había salido junto a Maki y los perros divinos de Megumi para rastrear al asesino, mientras Yuuta registraba la finca junto a Momo. El mismo Megumi se había mantenido cerca como un segundo respaldo porque nadie confiaba que Gojo iba a quedarse quieto. Aunque cuando miraba la figura sombría del muchacho en la esquina, tampoco estaba segura de que él fuera a quedarse en su lugar por mucho tiempo.
Solo Tsumiki parecía la única que se había dado cuenta de la situación, sus ojos llorosos como una tormenta, se había mantenido a la distancia, pero cuando su mirada recayó en Shoko, se acercó a Utahime, dejándose caer a su lado, abrazándola. Shoko creyó que la escuchaba sollozar mientras tarareaba, el sonido no llegaba a Utahime.
“Uta…”.
"No". Su voz como el acero, estiró su mano y presionó sus uñas contra el brazo de Shoko, ella sintió los pinchazos envueltos con energía maldita afianzándose a su piel. “Inténtalo de nuevo”.
Los oídos de Shoko y su nariz estaban sangrando. También tenía náuseas y sus ojos estaban llorando un líquido rosado combinado con lágrimas y sangre. Su ayudante Arata estaba en iguales o peores condiciones que ella debido a que incluso ahora seguía aplicando energía maldita porque no confiaba en que los adultos lo reconocieran en su estado caótico si se detenía. La energía maldita de Utahime y Satoru habían estado chocando contra todo el mundo todo el tiempo, y los gritos de Utahime había reacomodado sus entrañas al menos cinco veces. Súmale a eso su constante uso de energía maldita para tratar de reanimar un cuerpo que ya no tenía salvación en cuanto ella había aparecido en la habitación, pero que todavía había intentado salvar por el bien mental de sus amigos más cercanos y por su propia terquedad. Porque todavía podía sentir la calidez de Atsushi-kun hace apenas unos días, cuando la abrazaba y le sonreía con un par de dientes faltantes, arrastrándola hacia el jardín que había sembrado con su madre. Su mano cálida y amable, su sonrisa suave y sin preocupación, le habían hecho sentir como si todo el infierno hasta ahora había sido una pesadilla y que está vida era la que tenía que estar viviendo en realidad.
Ahora que miraba el resultado, se preguntaba si él en realidad había sido el sueño y ahora había despertado en su cruel realidad.
“Utahime, no…”. Las palabras se atacaron y miraron la profundidad de la mirada de Utahime, todas sus emociones, su dolor, su desesperación, todo un remolino que amenazaba con destruirla. “Ya no…”.
Ni siquiera se atrevía a terminar la frase, pero cuando los sollozos más fuertes de Tsumiki llenaron el silencio. Algo se rompió en Utahime.
Ella soltó la mano de su hijo e hizo ademán de levantarse como si estuviera poseída, Shoko solo tuvo un par de segundos de darse cuenta que estaba a punto de arremeter contra ella antes de caer de espaldas, sintiendo un pinchazo en su brazo derecho para que luego un empujón se la llevara lejos. Parpadeo, viendo cómo Megumi la estaba alejando mientras que otro Shikigami alejaba a Arata.
Los gritos volvieron, las puertas de la habitación se hicieron pedazos, Megumi prácticamente los arrastró lejos de ahí. Todo lo que vio fue como Satoru sostenía a Utahime por los hombros, la apretaba contra su regazo y su pecho, y a ella moviéndose como si pudiera abrirse espacio entre sus brazos. La energía maldita golpeando a Satoru como garras y puñetazos que no tenían el Infinito para bloquearlos. Tsumiki gemía junto al cuerpo del niño que había empezado a limpiar con sus lágrimas.
“¡Mi hijo!”. Utahime desgarro su garganta con cada grito. “¡Mi bebé! ¡No! ¡No! ¡NO!".
“Toma un poco de agua, Ieri-san”.
Shoko pegó un respingo al escuchar a Megumi. Su voz ronca y desprovista de emoción le provocó un escalofrío. De forma mecánica vio el vaso y se lo llevó a los labios secos, sus ojos se sintieron irritados, pero no había ninguna lágrima.
Megumi tenía la mandíbula apretada, pero incluso con su característica timidez y renuencia a iniciar cualquier afecto, sintió calidez cuando él comenzó a hacerle círculos en la espalda. Shoko sintió que alguien temblaba, no podía discernir si era ella o Megumi.
A su lado, Arata se desplomó, escondiendo su rostro entre sus manos y empezó a sollozar, no hacía ningún intento por ocultar sus emociones. Shoko notó cómo el muchacho tenía vendas en las manos y lucía pálido; como si fuese una revelación, sintió su propio brazo pinchar justo en la zona donde Utahime la había sujetado para evitar que se fuera.
Bajo la mirada, su brazo estaba vendado, probablemente su técnica no estaba funcionando bien si Megumi se había visto forzado a detener el sangrado por su cuenta. Y no estaba equivocado, lo que antes había resultado una segunda naturaleza para ella ahora solo percibía un ruido blanco y estático, no hubiera podido curarse incluso siendo consciente de que no lo estaba haciendo.
“Quiero fumar”. Musitó para ninguna parte en particular.
“Aquí no hay cigarrillos”. Contesto Megumi a pesar de que sabía que la petición no era para él.
El rugido de energía maldita sincronizado todavía llegaba crudo y puro hasta donde estaban, y Shoko tenía la impresión de que habían sido alejados lo suficiente.
“No”, concedió ella. “Pero lo habrá pronto”.
A la miseria le encantaba la nicotina.
