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Regla 14
Los maricas no necesitamos la bendición de nadie. Los maricas follamos con quien queremos y cuando queremos; ése es nuestro derecho celestial. Casarse, irse a vivir a los suburbios y convertirse en una patética imitación de un heterosexual es la muerte. Y un gay perfecto no merece morir así.
Excepción
A estas alturas, ¿todavía tengo que decirlo?
El día que Harry Potter cumplió veinticuatro años, llevaba unido a Draco Malfoy alrededor de cuatro meses y medio, los cuales habían sido los más felices de toda su joven vida. Esa felicidad se incrementaba cada vez que alguien importante para Harry le daba a Draco el lugar que le correspondía como su pareja sentimental, tal como sucedió el día que llegó la invitación de la boda de Ron y Hermione al apartamento de los dos e iba dirigida muy solemnemente al "Señor Harry Potter y Señor Draco Malfoy": señal inequívoca de que sus amigos habían aceptado que aquello iba en serio y que Draco era y sería su compañero durante un buen tiempo (para siempre, si de Harry dependía).
Pero, ¿no rezaba el dicho que siempre hay nubes hasta en el más bello y dichoso paraíso? O al menos eso fue lo que Harry pensó cuando, unas semanas antes de su cumpleaños, comenzó a notar a Draco más taciturno que de costumbre, cosa preocupante porque no se trató de un día ni de dos, sino de casi todo el tiempo que ambos magos compartían —y el cual también se reducía cada día que pasaba. Al principio, Harry había creído que Draco podría estar sufriendo de mucho estrés debido a la creación de su nueva empresa, la Malfoy Estate Agents, conclusión no demasiado aceptable porque dicho negocio en realidad estaba resultando ser un rotundo éxito, ya que era el único en su género que vendía y compraba propiedades a magos y muggles por igual. Pero aun así Harry se había negado a creer que el reciente aislamiento emocional de Draco tuviera que ver con él.
Sin embargo, el día que le había sugerido a Draco asistir a una feria de antigüedades para buscar algo bonito para el apartamento, y éste se había negado alegando que en ese sitio ya no cabía ni un mueble más, Harry comenzó a preocuparse de verdad. Porque, hasta ese día, Draco había sido un fanático de las compras, especialmente si era Harry quien pagaba la cuenta. Además, un Draco no deseando cambiar algo en casa era tan extraño como un Ron rechazando boletos gratis para ver jugar a los Cannons. Simplemente, inconcebible.
Aunque una cosa era cierta: la responsabilidad de manejar el dinero y las inversiones de su familia, llevar sus propios negocios y orquestar la apertura de unas lujosas y costosas oficinas para albergar a la nueva empresa, causaban que Draco tuviera cada vez menos tiempo libre para pasarlo con Harry. Sin contar con las temporadas que el moreno pasaba fuera de la ciudad o del país para hacer su propio trabajo. Pero eso era algo que les pasaba a todas las parejas, ¿verdad? No era como si tuvieran que estar juntos día y noche, noche y día, aburriéndose y hartándose el uno del otro. No, lo sano era que los dos tuvieran sus actividades por separado, sus trabajos independientes, que cada uno hiciera lo que le placiera y que, al final del día, se encontrasen en casa dispuestos a contarse sus mutuas vivencias y a hacer el amor.
Porque, de eso se trataba la vida en pareja… ¿no?
Últimamente Harry intentaba convencerse de eso con todas las fuerzas de su corazón. Sobre todo porque la alternativa le resultaba demasiado dolorosa siquiera para pensar en ella. Pero cuando ambos regresaban a casa y Draco estaba tan pensativo que apenas si le dirigía la palabra a Harry, éste no podía evitar preguntarse si acaso ese sueño estaba ya llegando a su fin y aquel cumpleaños sería el último que pasaría con él.
Por lo tanto, el 31 de julio de aquel año, cuando Harry Potter se despertó a su vigésimo cuarto cumpleaños y descubrió que Draco ya se había levantado de la cama dejando su lugar vacío y helado, Harry se cuestionó muy seriamente si no sería ese el día en el que perdería a Draco para siempre.
Cuando Harry salió de su habitación y se encontró con que Draco todavía estaba en casa, no pudo evitar sentirse profundamente aliviado: al menos, Draco no lo había abandonado el día de su cumpleaños. El moreno se quedó de pie en el pasillo que comunicaba los cuartos con el comedor, admirando en silencio a su rubio compañero. Draco se encontraba sentado ante la mesa, la cual estaba llena de las más deliciosas viandas y un enorme pastel decorado con merengue color rojo Gryffindor y letras doradas que ponían:
Feliz cumpleaños Potter
—¿"Potter"? —preguntó Harry con voz divertida, acercándose a la mesa para besar a Draco en la mejilla. El rubio bajó el periódico que estaba leyendo y también su taza de café. Atrapó a Harry de un brazo antes de que pudiera escapar y lo sentó sobre su regazo, mirándolo intensamente a los ojos.
—¿Te molesta? —le preguntó en tono serio.
Harry negó con la cabeza y sonrió.
—Claro que no. Sólo que es… no sé, raro. Normalmente en los pasteles se pone el nombre de pila, ¿no?
Draco también sonrió.
—Sí, pero creo que Potter es mucho más encantador que Harry. —Suspiró con fingida nostalgia—. Llamarte así me trae un montón de recuerdos.
Harry se rió, acordándose de la manera tan peculiar en la que Draco solía pronunciar su apellido en el colegio.
—Y que lo digas —accedió. Sin pensar en lo que decía, agregó en tono de broma—: Aunque siempre existe la posibilidad de cambiármelo a Malfoy, como te había comentado hace tiempo. Me gustaría verte intentar decir tu propio apellido de manera despectiva, a ver si el conflicto no terminaría por volverte loco.
La sonrisa de Harry se desvaneció cuando Draco desvió la mirada y no dijo nada. De inmediato Harry lamentó haber dicho aquello. ¿En qué demonios estaba pensando al soltar semejante indirecta sobre… sobre eso? Debía haber sabido mejor que nadie, conociendo a Draco como lo conocía, que un compromiso más allá del noviazgo era impensable y cualquier insinuación de ese tipo, imperdonable.
—Quiero decir… —intentó rectificar— que como soy pariente de los Malfoy de parte de los Black… Yo… diablos. Olvídalo, Draco, sólo bromeaba —dijo con voz derrotada al ver que Draco no lo miraba a la cara.
Trató de ponerse de pie, pero Draco lo sostuvo y giró la cabeza para verlo a los ojos. Le sonrió tensamente y murmuró:
—Feliz cumpleaños, Harry.
Harry sonrió y lo besó. Se sentía extremadamente agradecido por el detalle, la felicitación y por no haber aterrorizado a su rubio con semejante sugerencia. Más le valía cuidar la lengua de ahí en adelante.
El desayuno que Draco había encargado a uno de los mejores restaurantes de Londres —alegando que él no sabía cocinar como Harry y que su más grande talento consistía en comprar—, había sido tan abundante que más de la mitad quedó intacto sobre la mesa tras terminar ambos de comer. Entonces, Draco mandó a Harry a ducharse y arreglarse para llevarlo a recoger su regalo.
Harry, sintiéndose extasiado de tener un regalo sorpresa en vez del tan temido y esperado plantón, casi se mató corriendo en el pasillo rumbo al baño.
Finalmente, cuando ambos estuvieron listos, se pararon frente a frente en medio de su sala de estar. Harry sonreía nervioso. No tenía idea de qué sería lo que Draco podría tenerle preparado, pero se imaginaba que sería fenomenal.
—Bueno… —comenzó Draco, aclarándose la garganta— antes de irnos, quiero decirte unas palabras.
La voz de Draco era solemne y su gesto muy serio. Harry volvió a entrar en pánico. No, se negaba a creerlo. Draco no podía ser tan cruel como para terminar su relación el día de su cumpleaños, ¿o sí?
—No sé si has notado que últimamente he estado un poco pensativo —prosiguió Draco y Harry asintió, cada vez más asustado—. Bueno, es que cuando miré que se acercaba tu cumpleaños y recordé el maravilloso día que tú me obsequiaste en el mío y todos los regalos que me hiciste, yo… —Draco dudó un momento y Harry juraba que se había ruborizado un poco. Tomó una enorme bocanada de aire y acto seguido soltó un largo suspiro.
Harry se aterrorizó. Nunca había visto a Draco dudar tanto antes de decir algo.
—Merlín, no puedo creer que vaya a confesarte esto —continuó Draco, evidentemente luchando contra él mismo, contra sus ganas de no tener que decirlo—. Lo que pasa es que… ¡yo quería eclipsarte, Harry! —soltó al fin, comenzando a hablar con rapidez—: ¡No podía permitir que me ganaras! Quería hacerte más feliz de lo que tú me hiciste a mí, pero… ¡Diablos, no sabía cómo! Me frustraba no encontrar la manera de compensarte, de superar lo que tú hiciste por mí.
Harry casi pudo llorar de la alegría al descubrir por fin cuál era el motivo de que Draco hubiese estado todo ese tiempo así.
—¿Era por eso? —preguntó con un suspiro. Había sido tanto su miedo que le faltaba el aliento—. ¿Fue por eso que estabas tan extraño? ¿Tan ausente?
—¡Demonios, claro! —gritó Draco, comenzando a pasearse por toda la sala frente a un estático Harry—. ¿Cómo no iba a preocuparme? ¡Tenía que ganarte, Harry! No podía permitir que los regalos que tú me hiciste a mí le hicieran sombra a lo que yo te iba a dar.
—Draco, pero a mí no…
—¡Y cuando se me ocurrió algo que podía ser lo ideal, cuando pensé que ya lo tenía solucionado, entonces se me vino a la cabeza que tú no eres así de materialista y que seguramente no ibas a aceptarlo porque tu tonto orgullo no te lo permitiría!
—Pero, Draco, ¿de qué…?
—Porque así son ustedes los Gryffindor, ¿no? —continuó Draco y de nuevo se detuvo frente a Harry, comenzando a recitar en una muy buena imitación de Hermione—: "Sí, Harry, tenemos que ser honestos y leales, no aceptar sobornos y trabajar mucho, porque el dinero y lo que éste puede comprar no importa, lo que vale en la vida son otras cosas, blablá"… ¡Y una mierda, carajo!
Repentinamente enojado, Draco caminó hasta Harry y éste, por un segundo, estuvo seguro de que iba a golpearlo. Pero en vez de eso, Draco llegó hasta él y lo abrazó con extrema fuerza.
—Pero, ¿sabes qué? —le susurró Draco frente a su cara, sus brazos envolviendo el torso de Harry apretadamente—. No me importa lo que tu orgullo y tus valores gryffindorescos te dicten. Tú vas a aceptar mi regalo —dijo con lentitud y en un tono que no aceptaba ni una sola réplica—. Punto final.
—Yo-yo… —tartamudeó Harry, sorprendido y aliviado a partes iguales— De acuerdo, Draco. Te prometo que aceptaré tu regalo.
Draco sonrió, pareciendo quedarse satisfecho con esa respuesta.
—Muy bien. Eso es lo que quería escuchar.
Y se desapareció junto con él.
Al finalizar la aparición conjunta y volver a pisar el suelo, Harry abrió los ojos y tuvo que cerrarlos casi de inmediato. No tenía idea de en dónde se encontraban, pero el reflejo del sol era casi cegador y él tuvo que parpadear varias veces antes de adaptarse a esa deslumbrante claridad.
El sol del verano los bañaba en ese sitio con mucha más fuerza que en Londres, por lo que Harry concluyó que tenían que estar en otra ciudad. Entrecerró los ojos para mirar a su alrededor y, al hacerlo, sintió que Draco lo soltaba y se alejaba un paso de él.
—Feliz cumpleaños, Harry —dijo éste con voz un tanto estrangulada—. Este es mi regalo para ti.
Harry tenía frente a él al río Támesis y a un moderno yate de color azul marino anclado atrás de cierta casa en Richmond que él conocía muy bien. Fijándose con atención, Harry pudo alcanzar a leer el nombre del yate, el cual medía más de 20 metros de eslora y ocupaba toda la extensión del pequeño muelle de la propiedad.
DRAGON I
London
Se rió con ganas, mirando hacia Draco.
—¿Un bote? —preguntó con incredulidad. Sabía que eran muy costosos—. ¿Me vas a regalar un bote?
Draco hizo gestos como si estuviera en medio de un gran dolor.
—¿Bote? ¿BOTE? —repitió indignado—. ¿No sabes diferenciar entre un simple bote y un yate de lujo con motor de última generación? —Harry abrió la boca para asegurar que no, que en efecto no tenía idea, pero Draco continuó hablando y no se lo permitió—: Pero no, Harry, este bote, como tú lo llamas, no es tu regalo. Si no sabes distinguir entre un Royal Denship y una lancha de remos, me congratulo de haber comprado el yate para mí. —Harry lo miró a los ojos, viendo cómo el enojo desaparecía de los rasgos del rubio mientras levantaba una mano y señalaba con el pulgar hacia atrás—. Lo que está allá, en aquella parte del terreno. Ése es mi regalo para ti.
Harry siguió la dirección que le señalaba Draco. Ahí, majestuosa, blanca y hermosa, tal como la recordaba, estaba la casa que el rubio había intentado vender desde hacía… ¿cuatro o cinco meses?
—¿Todavía no has vendido la casa? —preguntó, mirando a todos lados tratando de adivinar cuál era el regalo al que se refería Draco. Pero atrás de ellos sólo estaba la casa y nada más. Se rascó la cabeza, incapaz de comprender qué era lo que estaba ocurriendo y temiendo hacer enfadar a Draco si le preguntaba.
Pasaron algunos segundos y Draco no respondía a su duda. Harry desvió su mirada de la gran casa para dirigirla hacia Draco, y le sorprendió encontrarlo con gesto compungido y ceño fruncido. Parecía extremadamente nervioso y algo enojado.
—¿Vas a aceptar el regalo o no? —masculló Draco entre dientes, mirando a Harry con una intensidad que lo asustó.
—Pe-pero… —Harry volvió a mirar hacia atrás, desesperado por entender.
Lo único que sus ojos alcanzaban a captar era jardín, jardín y más jardín, y la casa a la que Draco lo había traído una vez para acabar con unos imps que resultaron ser un kelpie. La casa junto al río Támesis, donde Harry había salvado a Draco de morir devorado por aquel demonio acuático y donde el moreno había recordado que poseía talento para arriesgar el pellejo en bienestar de los demás. La casa cuyo jardín fue testigo de su primer beso, de la primera demostración de su gran deseo. La casa donde Harry se había aparecido en pos de Draco, espantando a sus potenciales clientes; donde habían discutido diciéndose todas sus verdades y a donde, después de eso, Harry había llevado a Draco para hacerle el amor.
La casa. Uno de los poquísimos sitios donde Harry había visto a Draco derrumbarse y llorar.
Era un sitio lleno de recuerdos excepcionales en su historia como pareja a pesar de haber estado ahí solamente en dos ocasiones. Fue entonces, al atar esos cabos, cuando Harry comprendió cuál era el regalo que Draco le estaba haciendo.
—¿La casa? —Harry se giró hacia Draco y caminó hasta llegar a él—. ¿Me estás regalando la casa?
Draco, todavía contrariado, apretó los labios y fulminó a Harry con la mirada.
—¿No vas a aceptarla, verdad? —gruñó tan bajito que Harry apenas sí lo escuchó.
Harry jadeó y se sintió sobrepasado. No podía, no debía aceptar un regalo tan costoso, pero… Merlín, si una cosa conocía de Draco era que, si él se lo estaba ofreciendo era porque podía y quería dárselo. Harry se llevó una mano a la cabeza, desesperado por tomar la mejor elección.
Era obvio que Draco podía. También era obvio que quería. El único punto ahí era si Harry debía.
—¿Por qué no la has vendido? —le preguntó para ganar tiempo mientras tomaba una decisión. Draco no respondió nada y Harry insistió—. Cuando yo vine a buscarte aquí te espanté a los posibles compradores, ¿fue por eso que no pudiste venderla? ¿Yo tuve la culpa?
Draco pareció relajarse un poco y suavizó la mirada. Negó con la cabeza.
—No. Los Cunningham me llamaron al otro día. Querían una cita para verla, y yo sabía que su compra era casi un hecho, pero… —hizo una pausa y Harry esperó, paciente, a que continuara— Les dije que la casa ya no estaba en venta. Y me negué a vendérsela a nadie más.
Harry lo miró boquiabierto. En aquellos días, cuando había ocurrido eso que narraba Draco, él todavía no era el administrador de la fortuna Malfoy y no disponía de tanto dinero como para darse el lujo de no vender. En realidad, Harry recordaba que ésas habían sido épocas donde se podía decir que Draco vivía al día, apenas sacando para sus gastos cada vez que vendía una casa, situación que había cambiado ahora que tenía millones de galeones (y libras) para invertir. Saber eso no hacía más que sorprender a Harry más y más. Si así había sido, si en aquel entonces Draco había necesitado ese dinero, ¿por qué no la había vendido?
Harry creyó conocer la respuesta.
—Demasiados buenos recuerdos como para deshacerse de ella, ¿no? —preguntó en voz baja, levantando los brazos para rodear la cintura de Draco con ellos. Lo atrajo hacia él y lo abrazó firmemente.
Draco asintió, antes de agachar la cabeza y maldecir entre dientes. Harry sonrió ampliamente. Sabía que Draco odiaba ponerse sentimental.
—Pero, ¿por qué me la regalas a mí? —le preguntó, separando un poco sus cuerpos para poder verlo a la cara—. ¿Por qué simplemente no te quedas tú con ella?
Draco respondió, sin mirar a Harry a los ojos.
—Son muchas razones. Para empezar, tú salvaste mi vida en este mismo sitio. Y bueno, lo sentía como un deber. ¿Semejante cosa no es una deuda de mago que tengo que pagarte? ¿Para qué esperar a que estés en peligro? Mejor de una vez así —comentó con una sonrisa tensa—. Además, ahora yo soy el administrador de varias propiedades a todo lo largo del Reino Unido, incluso de la de Wiltshire donde vive mi madre, y seguramente las heredaré algún día. En cambio, tú… —Hizo una pequeña pausa, apretando los labios como si le costara mucho decir aquello— Tú no tienes casa. Vendiste la de Grimmauld Place para poder irte a vivir a Londres conmigo y te quedaste sin nada.
Harry se encontró con que no supo que responder. Sentimientos de agradecimiento y ternura lo invadieron, y eran agobiantes. Creía que moriría embargado por ellos.
—Sentía que... —continuó Draco, en un tono de voz cada vez más desesperado, y Harry comprendió el gran esfuerzo que hacía para sincerarse de esa manera ante él— ¡Merlín, Harry, no lo sé! Sentía que te lo debía, ¿comprendes? Después de todo lo que hiciste por mí, después de todo lo que perdiste por mí. Tu carrera, tu casa. Tu…
—Draco, por favor —lo interrumpió Harry—. ¡Nada de eso es verdad! ¡Yo no he perdido nada por culpa tuya, todas han sido mis decisiones y tú no tienes por qué hacerte responsable de ellas! ¿No hemos hablado ya de esto?
—¡Pero yo quería darte la maldita casa, Harry, compréndelo! —gritó Draco, moviéndose hacia atrás y soltándose del abrazo de Harry—. ¡Lo quería, lo necesitaba! Quería compensarte, quería superarte, quería que fueras dueño de un lugar digno de ti, que tuvieras una casa hermosa con varias habitaciones, con lugar suficiente para recibir a tus amigos cuando vinieran a visitarte de París, quería… quiero…
Draco, abrumado por el peso de sus propias revelaciones, se giró hacia el río, dándole la espalda a Harry.
—Quiero que vivas aquí… y yo contigo —susurró finalmente.
Harry tuvo que hacer un gran esfuerzo para tragar el nudo gigante que tenía en la garganta. Caminó hacia Draco y lo abrazó por atrás, decidido a facilitarle a Draco semejante trance sin que tuviera que ponerse más sentimental de lo que la situación ya estaba tornándose.
—Entonces… —comenzó a susurrar Harry contra el suave cabello de Draco— ¿El decorador de interiores está incluido en el regalo? Porque yo no soy capaz de escoger mi propia ropa, mucho menos voy a poder amueblar y decorar una residencia. Al menos de que estés dispuesto a vivir conmigo en una sucursal de la torre de Gryffindor.
Su comentario estúpido tuvo el efecto deseado: rompió la incómoda atmósfera y, tal como Harry se lo había imaginado, Draco se relajó de inmediato. Se giró dentro de sus brazos, encarándolo y sonriéndole de lado.
—No creas que no pensé en eso —le respondió, la tranquilidad de nuevo en sus brillantes ojos grises—. Seré yo, por supuesto, quien se encargue de la decoración. Aunque, si te soy sincero, estaba esperando que lo hiciéramos entre los dos. Lo único que hice por adelantado fue comprar un bote, como tú llamas a mi yate último modelo, y de amueblar sólo una de las habitaciones porque… bueno, digamos que es especial.
Harry sonrió ampliamente.
—Me sorprende que confíes en mi gusto para elegir mobiliario. ¿Estás seguro de que quieres que lo hagamos juntos?
Draco lo besó y liberándose del abrazo, lo tomó de la mano y lo dirigió hacia la casa.
—Sinceramente, no del todo. Por eso me prometerás que seré yo quien diga la última palabra.
Harry se rió. Se sentía tan feliz que creyó que el pecho le explotaría. Levantó la cara hacia el sol y pensó que si la muerte por exceso de dicha existía, esa no tardaría en llegar por él.
Y ahí mismo, en aquel verde y bello jardín de Richmond junto al río Támesis, le prometió a Draco que siempre, siempre, él sería el de la última palabra. En todo.
—¿Lo prometes? —preguntó Draco maliciosamente, y Harry sólo deseó que no estuviese acordándose del látigo de Indiana Jones y de ciertos jueguitos en los que últimamente pensaba con algo que ya rayaba en la obsesión.
Demasiado tarde para arrepentirse, Harry asintió.
—Lo prometo.
Draco sonrió de manera resplandeciente antes de decir:
—Perfecto. Ahora vayamos adentro que quiero mostrarte la segunda parte de tu regalo.
Harry se dejó guiar por Draco a través del exuberante jardín hasta el interior. Tal como éste le había dicho, la casa continuaba sin amueblarse ni decorarse. Harry, que sólo había conocido una pequeña parte de la planta baja la última vez que habían estado ahí, ahora miraba cada habitación con otros ojos. Saber que Draco y él eran los dueños, y que vivirían ahí, le daba un sabor diferente al hecho de explorar cada rincón.
La casa era amplia y cálida, sus grandes ventanales permitían la entrada de una gran cantidad de luz, y cada detalle hablaba de una lujosa restauración. Harry no podía dejar de sonreír sólo de imaginarse viviendo ahí con Draco: ambos tomando café en la cocina, ambos mirando TV en una de las salas de estar, ambos haciendo el amor en cualquier lado. Ambos. Cada sitio que miraban le provocaba a Harry una película mental en la que los protagonistas eran ellos dos y la trama, un romance tan cursi, empalagoso y de final feliz que seguramente Draco se habría reído eternamente de él si hubiera tenido modo de llegar a saberlo.
Finalmente, Draco llevó a Harry a la tercera planta a través de las enormes escaleras principales y hasta una de las habitaciones. Abrió la puerta y le sonrió a Harry antes de decir:
—¿Recuerdas que el día de mi cumpleaños saqué algo de mi casita del árbol? —Harry asintió, cada vez más intrigado—. Bueno, pues… era esto.
Draco se movió a un lado para permitirle el paso a Harry. Éste titubeó un momento, asombrado del ruido que provenía del interior. Parecía el sonido producido por…
—¿Una locomotora? —jadeó al entrar y quedarse totalmente impactado ante lo que encontró.
—De juguete, sí, pero locomotora al fin y al cabo —dijo Draco detrás de él—. Es una réplica exacta de…
—El expreso de Hogwarts —completó Harry, tan fascinado que apenas podía hablar.
Dio un par de pasos para observar en su plenitud aquella pequeña obra de arte móvil. Tal como lo acababa de hacer notar, se trataba de un tren idéntico al de Hogwarts —con todos y cada uno de los vagones que tenía el original— recorriendo una larguísima vía que, Harry podía calcular a simple vista, medía varias decenas de metros y atravesaba todo aquel enorme salón. Asombrado y con una gran sonrisa, Harry distinguió una réplica del andén 9¾ (lleno de muñequitos simulando ser los padres, hermanitos y mascotas del alumnado) y, mucho más lejos, el final del recorrido: Hogsmeade.
Harry era consciente de que estaba boquiabierto, pero nada podía importarle menos. Caminó varios pasos para acercarse a la miniatura del pueblo mágico, alzando los pies con cuidado para no pisar ningún tramo de vía o bosque o grupito de vacas pastando, y descubrió, tal como lo esperaba y detrás del pueblo, una miniatura del castillo de Hogwarts.
Aquel juguete —y esa era una palabra que le quedaba tan insignificante a aquella artesanía mágica— no se parecía a ningún otro tren a escala que Harry hubiese visto antes. No se podía comparar ni en tamaño ni en perfección a los muchísimos juguetes que había tenido su primo Dudley a lo largo de su niñez.
—Y aquí estamos tú y yo —murmuró Draco, quien había recorrido el mismo camino que Harry y ahora estaba parado a su lado admirando el castillo que se erguía en medio de un bosque que Harry juraba estaba hecho con árboles miniatura de verdad y cuyo lago contenía agua real.
Harry se fijó hacia lo que Draco le señalaba. Eran las figuras de dos niños montados en sus escobas y que parecían buscar una snitch invisible en el pequeñísimo estadio de quidditch que estaba hasta el más oculto rincón del salón. Harry sonrió mientras se acercaba y descubría que, en efecto, eran Draco y él. El único detalle que difería de la realidad era que ambos portaban el verde y plata del uniforme de Slyhterin. Harry miró a Draco arqueando una ceja inquisitivamente y Draco se encogió de hombros.
—Mi madre mandó a hacer todo esto para mí cuando cumplí ocho años, y ella sabía que yo tenía una leve obsesión por el Niño-Que-Vivió, del cual toda nuestra generación hablaba sin parar. Cuando supe que éramos de la misma edad y que probablemente iríamos juntos a Hogwarts, no pude evitar imaginar que estaríamos en la misma casa y que… terminaríamos siendo amigos.
Harry sintió una punzada de dolor y culpa al recordar a Draco de once años ofreciéndole su mano y al Sombrero Seleccionador casi colocándolo en Slytherin. En realidad, Harry se había preguntado muchas veces eso mismo. ¿Qué habría sido de su vida si en esas dos ocasiones sus elecciones hubieran sido diferentes?
—¿Qué crees que hubiera pasado entre nosotros si las cosas hubieran sido así? —preguntó en voz baja, incapaz de ver a Draco a los ojos.
—¿Habríamos follado como conejos desde los trece años de edad en cada rincón de nuestra sala común?
Harry se rió y miró a Draco.
—¿Y si en vez de eso sólo nos hubiésemos visto como amigos? ¿Amigos como Ron y yo, y que nada jamás hubiera llegado a más?
Draco hizo gestos de asco.
—En ese caso, prefiero las cosas tal como sucedieron. Con todos nuestros errores, peleas y tropiezos que nos han traído hasta este momento. —Draco sonrió con picardía antes de añadir—: Además, no podrás negar que más de una vez te pajeaste pensando en mí y en las peleas que tuvimos en Hogwarts, especialmente aquellas que sostuvimos a puño limpio.
—¡Claro que no! —exclamó Harry, pero la verdad era que sí.
—No lo niegues. Miles de veces te escuché gemir mi nombre en la ducha.
Harry sabía que Draco mentía, pero de todas maneras se sonrojó. Draco soltó una risita.
—Lo sabía. Pero no te avergüences. Yo también lo hice infinidad de veces. Si los baños que he usado a lo largo de mi vida, hablaran… —Draco miró a Harry con un brillo travieso en los ojos— no tienes idea de lo que te contarían.
Harry se rió.
—Creo que fue una buena decisión no colocar espejos mágicos en los baños del apartamento.
Draco asintió con expresión solemne.
—Totalmente.
Se quedaron un largo rato en ese salón de juegos. Las réplicas del expreso y del castillo de Hogwarts no eran lo único que había en el cuarto (aunque sí se trataba del regalo principal y el cual Draco había tenido que encoger repetidas veces para poder sacarlo de su casita del árbol). A su alrededor, las paredes estaban llenas de entrepaños atiborrados de diferentes juguetes mágicos que Harry jamás había visto en su vida; algunos de ellos eran nuevos, otros, habían pertenecido a Draco cuando niño. Eran tantos que no pudo evitar preguntarle a éste si estaba pensando en adoptar un hijo o qué. El rubio, frunciendo el ceño con molestia ante el cuestionamiento, lo negó.
—Claro que no, Harry. Es todo para ti. Sé que tu niñez no fue precisamente miel sobre hojuelas, así que… no sé, quise compensar de alguna forma.
Harry apenas sí consiguió pasar el nudo enorme que se le había formado en la garganta. Sabía que si intentaba agradecer o decir cualquier frase demasiado en serio, no podría evitar ponerse cursi y molesto. Así que optó por decir la primera tontería que le ocurrió.
—Estoy seguro de que los futuros hijos de Ron y Hermione adorarán venir aquí. No podremos quitárnoslos de encima. —Se rió al imaginar a Draco rodeado de niños pelirrojos, sabihondos e impertinentes—. Serás el tío perfecto: rico, con una casa enorme llena de juguetes y un bote para pasear a los sobrinos por el río —se burló.
Draco hizo un gesto de angustiada resignación al escucharlo decir "bote" de nuevo, pero aparentemente decidió que no tenía caso continuar aclarándolo.
—Sí, mucho me temo que tendremos casa llena cuando a tu Weasley se le ocurra perpetuar su tradición familiar de procrear niños por docenas —dijo en un tono sarcástico falso. Intentó disimular una sonrisa de satisfacción, pero Harry alcanzó a captarla antes de que ésta desapareciera por completo.
Y eso sólo ocasionó que Harry se lo agradeciera todavía muchísimo más.
Cuando al fin Harry se cansó de husmear por todo el salón de juegos y de preguntarle a Draco qué hacía tal o cual cosa, éste decidió que era hora de la última parte del regalo que le tenía preparado al moreno. Lo tomó de la mano y lo llevó hasta la segunda planta, a la que sería la recámara principal y la cual había evitado mostrarle la primera vez que habían pasado por ahí.
Harry parecía bastante sorprendido por el tamaño de la habitación. Y es que realmente no era para menos, ya que ese cuarto fácilmente tenía la extensión de todo su apartamento en Londres. Obviamente no se comparaba al tamaño de las habitaciones de la Mansión Malfoy y a las que Draco estaba habituado, pero para ambos, que ya tenían años viviendo en aquel diminuto espacio de su apartamento en el Soho, aquel era un cambio más que notable.
Harry sonrió ampliamente cuando descubrió una enorme y suntuosa cama king size y varios silloncitos muy lujosos y bonitos desperdigados por ahí y por allá.
—Creí que habías dicho que amueblaríamos la casa juntos —susurró, dándole a Draco un leve codazo en las costillas.
Draco le dedicó una mirada cargada de indignación.
—¡Comprar una cama no es de ninguna manera amueblar una casa! Es… —Se rió bajito—. Simplemente es adelantarse un poquito a los hechos.
—¿Cuáles hechos? —preguntó Harry, pero su mirada brillante y su gran sonrisa demostraban que ya sabía a lo que Draco se refería.
Draco rodó los ojos.
—Como si no supieras.
Caminó hasta Harry y enmarcó su rostro entre sus manos, pegando su cuerpo totalmente al de él. Harry lo miró expectante durante unos segundos hasta que finalmente Draco se decidió y se inclinó a besar al moreno. Se quedaron así durante un par de minutos, compartiendo un beso lánguido y suave que poco a poco fue incrementándose en fuerza y pasión. Draco sumergió su lengua en Harry con fuerza, buscando y explorando cada rincón de su boca. Harry respondió gimiendo quedo y apretándose contra él, y justo cuando el moreno comenzaba a restregar una dura erección contra las caderas de Draco, éste finalizó el beso y se separó.
Harry lo observó con gesto impaciente, labios brillantes e hinchados, ojos dilatados y el cabello terriblemente despeinado. Draco tragó saliva ante la mera visión.
—Haz tu truquito de nuevo —dijo, pero Harry lo miró sin comprender—. El del doppelgänger, tonto. Voy a obsequiarte la mejor película porno de tu vida.
Harry no se la pensó dos veces ante la petición de Draco. De inmediato sacó la varita del bolsillo de su pantalón, cerró los ojos para concentrarse mientras jadeaba levemente, y conjuró un complicado hechizo en latín. Draco se relamió; el simple hecho de ver a Harry Potter, de entre toda la gente, practicando magia negra prohibida, era bastante estimulanteper se.
Habían pasado ya casi cuatro meses desde aquel horrible día en el que Draco creyó haber asesinado a Harry con sus propias manos; del día en que Harry usó un doble fantasmagórico para librar a Draco de la maldición que Lucius le había arrojado. Pese al tiempo transcurrido, Harry todavía no había podido entrenar a Draco para enseñarle a hacerlo. Draco había estado impaciente por saber cómo conjurar un doppelgänger por su propia cuenta, pero lamentablemente tanto Harry como él tenían muy poco tiempo libre para ponerse a ello.
Así que, hasta ese momento, Harry continuaba siendo, muy probablemente, el único mago en toda Gran Bretaña que podía crear un doble de él a voluntad.
Espesas volutas de humo negro brotaron de la varita del moreno, las cuales fueron compactándose hasta formar una figura humana de la misma estatura y complexión que Harry. Draco se acarició su ya hinchada erección por encima del pantalón mientras aquella silueta vaporosa y un tanto tenebrosa terminaba de unirse y de adquirir corporeidad. Finalmente y después de un minuto o dos, tuvo frente a él a dos Harrys completamente idénticos, vestidos con la misma ropa y portando el mismo gesto de lasciva mal disimulada en la cara; tanto, que a Draco le hubiese resultado difícil decir cuál de los dos era el verdadero si no hubiera presenciado él mismo la creación del doppelgänger y no supiera que sólo uno de ellos tenía varita. Volvió a relamerse mientras pensaba que jamás se cansaría de aquella buena suerte de tener un novio que podía, de vez en cuando, convertirse en dos.
—Dame a tu doble —masculló. Los dos Harrys arquearon las cejas, pero fue solamente uno quien dio un paso adelante hacia Draco. Éste lo tomó de la mano y se lo llevó hasta la cama mientras el verdadero Harry los miraba expectante. Draco lo miró a los ojos y le dijo—: Siéntate en ese sillón y simplemente observa.
El Harry verdadero casi se tropieza con sus propios pies en su prisa por obedecer a Draco. Se dejó caer sin ninguna gracia encima del sillón más cercano a la cama y desde ahí fue testigo de lo que pasó a continuación.
La erección que Harry ya tenía bajo los pantalones le incomodaba; tuvo que despatarrarse en el sillón y reacomodarse un poco su miembro para poder aguantar estar sentado sin más. Quedarse solamente ahí, observando lo que Draco hacía con su doble no iba a resultar nada fácil; lo sabía. No tenía idea de si Draco estaba enterado o no, pero la cuestión era que Harry no podía sentir lo que experimentaba su doble. Podía controlar sus acciones y hasta sus palabras, pero los doppelgänger poseían un cuerpo totalmente ajeno al de su creador que vivía sus propias experiencias sensoriales y de las cuales éste no podía enterarse. Así que si Draco hacía el amor sólo con su doble, el pobre y abandonado Harry simplemente no sentiría nada de nada.
Sin embargo… ver a Draco haciendo el amor con él mismo, por así decirlo, no era en absoluto despreciable.
O al menos eso fue de lo que Harry intentó convencerse mientras Draco lo ignoraba completamente. Éste, a un lado de la cama, miró a su doble a los ojos y le susurró una orden.
—Desnúdate —le dijo.
El doppelgänger titubeó por un momento y luego se quedó inmóvil. Harry se dio cuenta de que necesitaba controlarlo; cerró los ojos y trató de concentrarse, pero era difícil con tanta distracción.
"Haz lo que Draco te dice", pensó Harry con ardor, mandándole a su doble de ese modo una petición silenciosa pero poderosa. "Complácelo y actúa como si fuera el amor de tu vida", completó. Apenas hubo terminado de dictar la orden, Harry abrió los ojos y se sintió bastante estúpido. ¿Qué demonios había sido eso? ¿Acaso un doppelgänger podría entender un concepto tal como "el amor de tu vida"?
Harry, quien nunca se había puesto a analizar las implicaciones filosóficas y morales de tener un doble fabricado con magia negra y lo que éste podía sentir o pensar, en ese momento menos pudo concentrarse en hacerlo. Se olvidó de eso en cuanto se dio cuenta de que Draco estaba comiéndose con los ojos a su doble mientras éste comenzaba a desvestirse. Frunció un poco el ceño cuando un inesperado piquete de celos le aguijoneó el ánimo. De inmediato trató de anular ese desagradable sentimiento porque, por favor, ¿sentirse celoso de su doppelgänger?Era una soberana tontería. Además, Draco estaba haciendo eso para complacerlo, para brindarle un regalo, para… él.
Ver a su doble quitarse la ropa a toda prisa lo distrajo de sus pensamientos, y todavía más cuando fue Draco quien comenzó a desvestirse. Harry no pudo evitar sonreír. Aquella vista peculiar de su otro yo y de Draco, le estaba brindando una perspectiva extraordinaria: podía evaluar su propio comportamiento y compararlo con el de su novio. Le abochornó bastante el hecho de que su otro yo casi estuviera a punto de caerse en su afán de desnudarse a toda velocidad, mientras Draco lo hacía con elegancia y parsimonia. Esperaba que Draco no se diera cuenta de eso también… aunque era poco probable si algo podía deducir de la sonrisa divertida que su novio tenía en la cara ante la evidente desesperación del otro Harry.
Pronto, Draco y su doble estuvieron totalmente desnudos, ambos de pie junto a la cama y tan indiferentes a la presencia de Harry que éste tuvo que preguntarse si acaso no le habrían arrojado encima su vieja capa de invisibilidad. Mordiéndose las ganas que tenía de ser él quien estuviese en el lugar del otro, Harry observó a Draco tomar a su doble de los brazos y acercarlo a su cuerpo. Restregándose con fiereza contra él, Draco le plantó al doppelgänger un beso anhelante.
Harry gimió y, por varios segundos, se perdió en la imagen, olvidándose de que ese otroque estaba con Draco era otro, precisamente, y no él. Era como estar viendo la más excitante película porno siendo el protagonista, tal como Draco se lo había vaticinado.
Repentinamente, Draco se separó del doppelgänger y dio un paso hacia atrás, dejando a éste jadeante y ansioso. Harry apretó los labios y reprimió un gemido cuando vio las erecciones húmedas y pulsantes de aquellos dos tocándose entre ellas e intercambiando gotitas de líquido preseminal. Se llevó la palma derecha hacia su propia erección y se la frotó fuertemente por encima de los pantalones. Eso iba a ser duro de soportar.
Draco colocó una mano abierta sobre el pecho del doppelgänger y lo arrojó hacia la cama. Éste, ya sin las gafas puestas (las cuales había perdido en algún punto de su proceso de desvestirse), se dejó caer hacia atrás, quedando acostado boca arriba pero con los pies todavía apoyados sobre el suelo. La expresión ávida que su doble tenía en la cara, le hizo preguntarse a Harry si acaso él siempre se vería de ese modo cuando estaba a punto de hacer el amor con Draco.
No lo dudaba.
Inesperadamente, Draco lo miró a él durante un brevísimo momento. Harry se sorprendió de eso: después de tanto rato de haber sido ignorado por Draco y por su doble, era extraño que de pronto su novio lo mirara así de fijo e intenso. Harry se sonrojó. Era tonto, lo sabía, pero por un instante sintió como si Draco lo hubiese pillado observando algo indebido; algo a lo que no tenía derecho.
Draco le sonrió ampliamente, le guiñó un ojo y, finalmente, arqueó las cejas.
—Prepárame para el otro Harry, Harry —le susurró y, acto seguido, se montó a horcajadas sobre el doppelgänger, frotándose contra éste y provocando que el desgraciado suertudo arqueara su cuerpo hacia él, buscando obtener más de la seguramente deliciosa fricción de la erección de Draco contra la suya.
Draco se inclinó totalmente hacia adelante para buscar la boca del doppelgänger y comenzar a besarlo con verdadera pasión. Harry, por su parte, apenas sí podía pensar. Los dedos le temblaban mientras volvía a sacar su varita del bolsillo de su pantalón; tenía ante él la tremenda vista del trasero de Draco completamente expuesto, abierto, y el cual, justo en ese momento, comenzaba a ser acariciado obscenamente por las manos de su doble.
—Merlín bendito —masculló Harry mientras apuntaba su varita hacia Draco e invocaba un socorrido encantamiento lubricador. Apenas lo hubo finalizado cuando el doppelgänger ya estaba buscando la entrada de Draco con sus dedos, sumergiendo más de dos al mismo tiempo.
Draco se retorció encima de él y gimió con desespero.
Harry, impactado por el panorama del que estaba siendo testigo, dejó caer la varita hasta el suelo y se apretó su propia erección con las dos manos, respirando agitadamente y luchado por controlarse. Algo era seguro: si las cosas seguían desarrollándose así de candentes, él no iba a durar ni un vergonzoso minuto.
Draco se elevó un poco como indicando que ya estaba listo. El doppelgänger pareció comprender: sacó sus dedos y lo aferró del culo, comenzando a guiarlo para penetrarlo. Harry se mordió el labio inferior hasta casi hacérselo sangrar cuando la punta de aquella erección (que era la de su doble, su físicamente igual, su gemelo) comenzó a hundirse en la carne de su novio.
No pudo aguantarlo más: usó las dos manos para abrirse el pantalón a toda prisa.
Draco y el doppelgänger, todavía muchísimo más enajenados en su actividad que antes, continuaron ignorándolo mientras el primero terminaba de empalarse en la erección del segundo. Apenas lograron su objetivo, ambos se entregaron al movimiento de sube y baja que Draco comenzó a realizar frenéticamente encima del doble, provocando que el miembro de éste, brillante y resbaladizo por efecto del lubricante, entrara y saliera de su entrada de un modo que era casi impúdico, brindándole a Harry una escena hipnótica y difícil de dejar de ver.
Harry se retorció en su asiento mientras su propia mano acariciaba con violencia su hinchada erección. Calor, entumecimiento y algo parecido a la rabia comenzaron a invadirlo de pies a cabeza, y sabía que no duraría muchísimo más. Por alguna razón, pensar en eso le enfureció. No iba a derramarse ahí en el maldito sillón mientras su doble era quien estaba adueñándose del delicioso cuerpo de Draco. No iba a quedarse de brazos cruzados sólo observando. A la mierda la película porno que Draco había querido regalarle: él no podía simplemente ver, tenía que hacer.
Haciendo un esfuerzo supremo porque ya estaba al borde del orgasmo, Harry consiguió dejar de acariciarse y, de ese modo, retrasar lo inminente. Suspirando con frustración, se incorporó. Y así, con los pantalones y la ropa interior cayendo sobre sus caderas y con su erección a punto de explotar, Harry caminó a grandes zancadas hasta la cama, eliminando rápidamente los pocos metros que lo separaban de Draco y del otro, quienes, enardecidos y entregados, estaban haciendo el amor frente a él.
Las intenciones de Draco de "obsequiarle un show", por más loables que hubiesen sido, no le bastaron a Harry para impedirle llegar hasta donde aquel estaba montándose fervientemente a su doppelgänger. Harry abrazó a Draco desde atrás, deteniendo su movimiento. Frotó su erección húmeda contra su espalda y le masculló roncamente junto al oído:
—Al diablo con esto, Draco. Necesito tocarte. Gírate y déjame comerte, quiero que te corras dentro de mi boca.
Draco, apenas lo sintió y lo oyó, gimió largamente y se permitió ser interrumpido. Harry sintió el modo en que la piel de su novio se erizaba por completo, y una súbita oleada de satisfacción y victoria recorrió su ser. Era obvio que, por más que su doble tuviera el mismo cuerpo que él, era por Harry por quien Draco continuaba sintiéndose más atraído.
Harry, totalmente embebido por el momento y por las sensaciones, casi ni se percató de la mirada enojada y desafiante que su doppelgänger le dirigió por encima del hombro del rubio. Ignoró a su doble y soltó a Draco, quien se incorporó y se giró todavía encima del doppelgänger y sin permitir que éste se saliera de él. Harry gimió ante el espectáculo de ese Draco ruborizado, sudoroso, despeinado y con las pupilas dilatadas que estaba siendo penetrado por otro hombre que era, por Dios bendito, igual a él.
Draco no tuvo problemas para acomodarse en la nueva posición que ahora lo obligaba a darle la espalda al doppelgänger mientras continuaba montándolo a horcajadas: apoyó los pies sobre la cama y las manos sobre las caderas de éste. Mirando a Harry directamente a los ojos (ojos grises casi negros, oscurecidos de placer y deseo y Harry sentía que moría sólo de verlos), comenzó a subir y a bajar de nuevo, ofreciéndole a Harry una vista que era para morirse. Éste no pudo resistirlo más y, gimiendo, se dejó caer de rodillas entre las piernas de su doble.
Ahí, se arrojó de cabeza hacia adelante. Devoró la erección goteante de Draco y comenzó a chupar como si no hubiese un mañana. Escuchó a su novio lloriquear y lo sintió moverse todavía más rápido y más duro sobre su doble. Harry también gimió, chupó más y se llevó las manos hacia su propia erección.
Comenzó a acariciarse con furia mientras Draco, gimiendo y jadeando sin parar, se encargaba de follarse su boca gracias a los mismos movimientos de sube y baja que hacía para ser follado por su doble. El simple pensamiento de aquella mecánica con la que estaba funcionando el trío, terminó de hacer el trabajo: Harry oprimió su erección mientras ésta explotaba en blanco y ardiente. Apretó su boca sobre Draco y éste se inmovilizó.
—¡Oh, Harry! ¡Por amor de…! —escuchó Harry que Draco gritaba roncamente mientras se vaciaba profundo y caliente hasta el fondo de su garganta. Harry, quien necesitaba abrir la boca para gemir, tuvo que contenerse y cerrarla más para no dejar perder ni una sola gota de la preciosa corrida de su novio.
Y de ese modo fue que Harry y Draco eyacularon violenta, fogosa y casi simultáneamente; vaciándose, el uno sobre sus manos, y el otro, dentro de la boca del primero, gozando tanto y tan intenso que por ese leve y glorioso momento se olvidaron de que había un tercero con ellos que también estaba acompañándolos en su culminación.
Harry, extasiado, satisfecho y trémulo, abrió los ojos mientras su boca liberaba lentamente el miembro ya agotado de Draco, quien, encima de él, apenas sí podía respirar. De pronto, Harry reparó en el cuerpo sudoroso y convulso que yacía debajo de Draco y tuvo que recordarse de golpe que ahí continuaba estando su doble. Percibiendo un punzante y repentino sentimiento de odio, Harry fue testigo de cómo su doppelgänger estaba gimiendo, arqueándose, la piel erizándosele y, finalmente, corriéndose dentro del cuerpo agotado de Draco.
Aquel espectáculo lo despabiló de inmediato y del modo más desagradable posible. Sin poder comprender por qué sentía ahora ese súbito rechazo hacia su doppelgänger cuando antes ya había podido usarlo sin mayor problema para complacer a Draco, Harry se puso de pie y, tambaleante por culpa de su reciente orgasmo, caminó hacia donde su varita estaba tirada en el suelo.
Ante la mirada azorada (y todavía vidriosa) de Draco, Harry recuperó su varita y la apuntó hacia su doble.
—Finite incantatem —murmuró entre dientes, casi con saña y sin poder evitar la corriente de satisfacción viciosa que recorrió sus venas cuando el doppelgänger le dirigió una última y resentida mirada, antes de volverse humo negro y desaparecer.
Draco, ya sin el cuerpo que había estado debajo de él, cayó sentado en la cama de un modo tan poco elegante y agraciado que lo hizo bufar de indignación.
—¡Potter! —exclamó todavía con la voz sofocada de quien acaba de experimentar un fabuloso orgasmo—. ¿Qué se supone que ha sido eso?
Harry, sin ánimos de explicar nada (porque, en primer lugar, ni siquiera él mismo comprendía nada), se arrojó sobre Draco, cubriendo su cuerpo desnudo y sudoroso con el suyo todavía con ropa, acallándolo con besos apasionados que eran fruto no sólo del amor y del agradecimiento, sino también de la incertidumbre y del miedo.
"Exactamente eso", pensaba horrorizado mientras besaba a su novio. "¿Qué demonios es lo que he hecho? ¿En qué me he metido al estar jugando con magia negra, por Dios?"
Draco, sorprendentemente, se dejó hacer por Harry y no volvió a sacar el tema a colación. Sobre todo porque Harry se mantuvo besándolo, acariciándolo y adorándolo durante minutos enteros, haciéndolo que se olvidara de que había preguntado algo, murmurando palabras de gratitud entre besos y mordisquitos y asegurándole (mintiéndole) que aquello había sido el regalo más erótico que nadie le había hecho jamás.
Finalmente, el cansancio de aquellas actividades y tantas emociones vividas, los venció a los dos. Ambos acordaron tomar una breve siesta en su cama nueva antes de proseguir con lo que tenían programado para el día. Draco se durmió rápidamente, todavía envuelto muy apretado entre los brazos de Harry, quien de pronto parecía no tener ánimos para aflojar su agarre. Éste, por su parte y justo antes de perderse en las brumas del sueño, deseó de todo corazón que Draco jamás volviese a pedirle que creara a su doble.
El recuerdo de la mirada altanera y amenazante que su doppelgänger le había dirigido antes de desaparecer, fue suficiente para que a Harry se le espantara el sueño de repente.
Se quedó despierto todo el rato que Draco demoró en recuperar las energías, abrazándolo fuertemente y sin dejar de darle vueltas al odioso pensamiento de que era la corrida del otro (y no la suya) la que en ese momento estaba dentro del cuerpo de su amante.
La idea le molestaba a grados inimaginables aunque en el fondo sabía que era estúpido e infantil, porque sabía (se suponía) que su doppelgänger era él mismo. Pero en cuanto Draco se despertó, lo primero que Harry hizo fue ejecutarle un encantamiento de limpieza bastante invasivo y medio brutal que dejó al otro más desconcertado que complacido. Posteriormente, Harry mismo se aplicó otro y finalizó con uno de limpieza y planchado sobre la ropa de ambos, evitando prestamente ver a Draco a los ojos mientras hacía todo eso y rogando para que no le hiciese más preguntas.
Si Draco sospechó que algo iba mal, se abstuvo de comentarlo. Sólo observó a Harry trabajar afanoso sin decir palabra, y éste se lo agradeció infinitamente en su fuero interno.
Ya tendría tiempo después de preguntarse el porqué de todo aquello.
Los festejos del cumpleaños de Harry no terminaron con aquella sesión de sexo. Esa tarde, los Weasley iban a celebrar en el jardín de La Madriguera una pequeña fiesta que ya se había hecho costumbre cada 31 de julio desde que Harry vivía en Londres y a la que, por cierto, Draco jamás lo había acompañado.
Esa ocasión iba a ser la primera vez que Draco iría con él. Harry sabía bien que eso no resultaría sencillo para su novio, quien nunca se había llevado bien con ninguno de los Weasley ni siquiera después de que Harry y él decidieran formalizar su relación.
—La casa ya está conectada a la red flu —le dijo Draco en voz baja mientras le acomodaba cariñosa y solícitamente el cuello de la camisa. Ambos, de pie frente a la enorme chimenea del salón principal, se miraban el uno al otro con gran cariño y pocas ganas de despedirse. Después de lo vivido en su nueva habitación, a Harry le era imposible disimular la expresión de idiota agradecido que seguramente tenía en la cara—. ¿Quieres usarla o prefieres aparecerte? —le preguntó Draco de manera casual, como intentando restarle importancia.
Harry se sintió contento de que Draco le brindara aquella opción, pero estaba decidido a repetir la aparición una y otra vez hasta que finalmente ésta dejara de resultarle atemorizante.
—Creo que mejor voy a aparecerme —susurró, cerrando los ojos durante un momento cuando Draco terminó de arreglarle la ropa y se inclinó hacia él para darle un rápido beso en los labios—. No quiero llenarme todo de hollín. Al menos, no hoy.
Draco sonrió orgulloso; después de todo, el bonito, moderno y costoso guardarropa que Harry llevaba puesto era también un regalo de cumpleaños de parte del rubio.
—No te olvides de que Cliff quiere ir con nosotros, ¿de acuerdo? —le recordó Draco, mientras daba un paso hacia atrás—. Quedó de estar en el apartamento en… —miró su reloj de pulsera y levantó las cejas— cinco minutos. Y eso quiere decir que también yo tengo que darme prisa o la señorita Mirela va a matarme. Ya sabes el genio que se carga la muy bruja. —Harry soltó una risita al recordar el carácter tan vivo que tenía aquella mujer que Draco había contratado para decorar y amueblar sus nuevas oficinas—. Pero no tardaré —le prometió a Harry—. Seguramente sólo se dedicará a enseñarme miles de trozos de tela que me parecerán todos iguales, yo escogeré cualquier cosa para que me deje en paz y se largue, y entonces me reuniré contigo en la casa de tus Weasley, ¿te parece bien?
Harry asintió. Se encontraba demasiado agradecido con Draco por haber aceptado acompañarlo a La Madriguera como para molestarse porque tenía que cumplir con aquel compromiso profesional que lo haría llegar un poco tarde.
—No te preocupes, yo entiendo. Ve con Mirela y da lo mejor de ti. Pon todo tu corazón en escoger la tela más bonita y elegante para los sillones de tu sala de espera —se burló y Draco puso los ojos en blanco—. ¡Oye, no subestimes el poder de los colores y las texturas! ¿Nunca has leído un libro de feng shui? Mira que eso puede marcar la diferencia entre cerrar o no un estupendo trato con unos empresarios coreanos o…
Draco lo silenció con un beso en la boca que demoró más de lo que a ambos les convenía. Finalmente, Draco se separó y le dedicó una gran sonrisa.
—Lárgate por Cliff y dale el paseo de su vida. Diviértete mientras llego, pero no soples las velas del pastel hasta que yo esté ahí, ¿de acuerdo? Quiero estar presente cuando pidas tu deseo. Te veré en un par de horas.
Harry le sonrió también, Draco le cerró un ojo y, como si se hubiesen puesto de acuerdo, los dos se desaparecieron casi al mismo tiempo: Harry hacia su apartamento y Draco, a su oficina.
Cliff ya estaba esperándolo: Harry lo encontró tras la puerta del apartamento dando brinquitos de ansiedad.
—¡Harry! ¡Feliz cumpleaños, querido! —gritó Cliff al tiempo que se abalanzaba sobre él.
Harry se rió con ganas y correspondió el abrazo. Apretando firmemente el torso de Cliff, tiró de él hacia adentro del apartamento, cerró la puerta y, tal como Draco se lo había aconsejado, se desapareció junto con su amigo hacia La Madriguera; así, le dio uno de esos paseos que Cliff tanto adoraba y cuya sensación lo hacía gritar de la emoción.
Cuando llegaron con los Weasley, antes de aproximarse a la casa, Harry pasó varios minutos intentando tranquilizar a un emocionado Cliff para poder llevarlo al jardín donde todos los esperaban. Afortunadamente, Charlie Weasley se acercó a ellos antes que nadie y su mera presencia fue aliciente más que suficiente para que Cliff dejara de comportarse como un niño pequeño con subidón de azúcar. Harry los presentó y se quedó tan azorado como el mismo Cliff cuando un muy amable Charlie le pidió a éste que lo acompañase a conocer el interior de La Madriguera.
—Nunca has estado en una casa de magos, ¿o sí? —le preguntó Charlie para animarlo.
—No, nunca. El apartamento de Draco y Harry es más común y corriente que el mío propio, te lo juro. Todo aburrido y normal —masculló Cliff, mirando al guapo y fornido Charlie de arriba abajo como si no pudiera creer en su buena suerte.
—Te encantará, Cliff, ve —le dijo Harry, empujándolo—. La primera vez que yo entré a La Madriguera casi muero de la impresión. Es totalmente mágica, desde la puerta hasta el ático. ¿Todavía sigue ahí el ghoul que golpeaba las cañerías y no nos dejaba dormir?
—Todavía —respondió Charlie sonriendo mucho ante la cara de espanto y asombro que puso Cliff—. Ya sabes, le hemos tomado cariño. Casi forma parte de la familia.
—¿Puedo verlo? ¿No es peligroso? —comenzó a preguntar Cliff mientras tomaba a Charlie del brazo y los dos se alejaban hacia la casa. Charlie iba resplandeciente, como si se tratase de un gran honor para él tener un muggle a quien instruir. Harry los vio irse y se le ocurrió que Cliff iba a morirse de admiración (o de miedo, quién sabe) en cuanto Charlie le contara a qué se dedicaba para ganarse la vida.
Aprovechando su repentina libertad, Harry huyó hacia donde se llevaba a cabo la fiesta: el huerto detrás de la casa. Ahí, Arthur acostumbraba colocar una carpa de segunda mano que había comprado hacía unos años cuando se dio cuenta de que eso le iba a salir más barato que estar alquilando cada vez que celebraban algo (y es que una familia de esetamaño tenía fechas de sobra para festejar). Bajo la carpa, Harry se encontró a la familia Weasley en pleno —a excepción de Ron (que no había podido escaparse de su trabajo) y del mismo Charlie, por supuesto. También estaban Colin, Neville, Dean y otros pocos de sus antiguos amigos de Hogwarts. Harry saludó a todos con besos y abrazos y durante un buen rato hasta se olvidó de que era el responsable de la custodia de un muggle en tierra de magos.
Harry apenas podía creerlo cuando descubrió, una hora más tarde, que Charlie y Cliff estaban sentados juntos, que no se habían separado y que ambos lucían mucho más que entusiasmados el uno con el otro. Harry resopló, pensando que ni siquiera él había tenido la suerte de ligar con el único hermano gay de Ron, pero luego se consoló recordando que tal vez eso había sido porque las pocas veces que había visto a Charlie, él todavía era novio de Colin.
Pero ahora, sin embargo, tenía a alguien muchísimo mejor y sólo para él. Harry suspiró y sonrió al recordar a Draco; y justo en él estaba pensando cuando, de pronto, Molly llegó a su lado y le murmuró junto a la oreja:
—Harry, cariño… allá junto a la casa está un joven con acento gracioso que dice que es amigo tuyo. Lucas, creo que me dijo que se llamaba. ¿Quieres que le permita pasar?
Harry miró a Molly y luego echó un vistazo por encima de su hombro. Jadeó y se puso de pie enseguida cuando vio al joven alto y rubio que estaba esperando de pie junto a la entrada de la casa. Sonrió de oreja a oreja; sencillamente no podía creer que Luca Lang de verdad hubiese ido a Inglaterra sólo para asistir a su sencilla fiesta de cumpleaños. Corrió a abrazar a su querido colega alemán al que tenía meses sin ver, dejando a todos los presentes boquiabiertos y preguntándose quién sería aquel atractivo mago a quien Harry parecía tener en tan alta estima.
Después de una hora y media espantosa donde Draco tuvo que —tal como lo había vaticinado— mirar miles de trozos de géneros que a simple vista parecían todos iguales para terminar eligiendo sólo un par, por fin se vio libre para ir al cuchitril de los pelirrojos y hacer acto de presencia en la fiesta que éstos celebraban para su novio. Mientras Mirela terminaba de reunir sus álbumes, archivadores y muestras para poder retirarse, Draco arrugó el gesto con asco al pensar en las poquísimas ganas que tenía de asistir a ese lugar.
Pero no podía fallarle a Harry. No podía. Se lo había prometido. Así que se armó de valor porque se dio cuenta de que ir a esa mugrosa celebración prácticamente era también un regalo para Harry que tenía que hacerle.
Además, Harry le había contado de la muy alta probabilidad de que el estúpido de Creevey estuviese presente en el evento ya que esos días estaba apostado en España y, debido a la cercanía, no le costaría demasiado tomar un avión o un traslador para llegar a Inglaterra. Y no, sencillamente Draco no podía no asistir a un sitio donde aquel imbécil estuviese presente y tuviera la más mínima posibilidad de estar cerca de Harry para ponerle sus asquerosos tentáculos encima.
Primero muerto que permitir eso. Porque Draco estaba convencido, por más que Harry le asegurara que Creevey ya había superado todo, que éste seguía esperando que él traicionara a Harry para pararse ante éste y decirle "Te lo dije" y, de paso, aprovechar para meterse de nuevo en sus pantalones.
Sólo pensar en eso le hizo hervir la sangre. Más le valía al Peter Parker no estar ni parado ni sentado en un radio de menos de diez metros alrededor de Harry, porque si no…
Contó hasta cien para armarse de paciencia mientras Mirela terminaba de irse y, finalmente, él también pudo hacerlo. Sintiéndose bastante inquieto, se desapareció rumbo a La Madriguera. Llegó al sitio más cercano a la casa donde las protecciones de la misma le permitían aparecerse y, bufando con hastío, comenzó a andar el largo camino (que no era tanto en realidad, pero de algo tenía que quejarse aunque fuera sólo mentalmente) que restaba para llegar a aquella covacha deforme que los pelirrojos amigos de Harry se atrevían a llamar casa.
Entre más polvo se levantaba a su paso y se impregnaba en su traje de diseñador cortado a la medida, más y más se enfurecía Draco. Intentó canalizar todo su enojo contra aquellos cavernícolas que no eran capaces siquiera de hacer un camino de concreto (o de piedra al menos) que condujera a su buhardilla, y no contra Harry por haberlo obligado —involuntariamente— a ir ahí. Repentinamente recordó a Creevey e incrementó la velocidad y la longitud de sus zancadas.
El brillante sol de verano estaba ya ocultándose tras las colinas que rodeaban Ottery St. Catchpole cuando Draco llegó a la parte trasera de la casa de los Weasley donde aparentemente tenía lugar la tertulia. Las voces y las risas de las personas reunidas ahí llegaron hasta él al mismo tiempo que varias gallinas y unos pocos gnomos corrieron despavoridos a su paso. Draco rodó los ojos, incapaz de creer las cosas que tenía que hacer por amor y lamentando profundamente el estado en el que quedarían sus costosos zapatos.
Menos mal que a Narcisa le había dicho que llevaría a Harry a cenar a un sitio romántico y que deseaba estar a solas con él, porque sabía que su pobre madre se hubiera horrorizado de enterarse de la verdad. Esa había sido una mentira blanca que Draco había tenido de contarle para quitársela de encima cuando ella había insistido en acompañarlos durante aquella tarde. Iba pensando en lo hermoso que hubiese sido si Harry y él realmente se hubieran largado solos a cenar a cualquier sitio, cuando alguien salió tan imprevistamente de detrás de uno de los árboles de la huerta que casi choca de frente contra él.
Draco ahogó una exclamación de furia al descubrir que era Creevey, de entre toda la gente. Ambos detuvieron su marcha y se quedaron viendo a los ojos durante un momento.
—Malfoy —dijo el otro a modo de saludo.
Draco respondió con un gesto de asentimiento. El maldito Parker iba vestido casi con tan buen gusto como él y eso no le agradó en lo más mínimo. Su mal humor aumentó hasta volverse inaguantable hasta para él mismo.
—¿Finalmente has reconocido que Harry no soporta tu presencia? —dijo Draco, físicamente incapaz de contenerse de molestar a Creevey—. ¿Es por eso que le estás regalando el precioso obsequio de tu ausencia?
Creevey frunció el ceño y enrojeció como tomate. Draco, por su parte, por fin pudo sonreír: insultar a Creevey siempre le proporcionaba un indecible placer del que jamás se sentiría culpable. Lo que le costaba creer era que Creevey no dejara de picar el anzuelo con esa facilidad y que continuara dándole a Draco la satisfacción de verlo perder los estribos con tan poca cosa. Suspiró con nostalgia y llegó a la conclusión de que, ahora que el imbecilito se había largado a América, era bastante probable que Draco lo extrañara más que el mismo Harry. Sonrió ampliamente ante esa ironía mientas Creevey bufaba como toro rabioso.
—Iba solamente a la casa por mi cámara —respondió éste entre dientes, todavía todo rojo y alterado. Draco estaba a punto de preguntarle si de verdad creía que a él le interesaba lo que fuera a hacer, cuando el otro sonrió inesperadamente. Una sonrisa amplia y burlesca que Draco sólo le había visto en aquellas horribles ocasiones en las que el idiota todavía era novio de Harry y le ganaba a Draco alguna de las silenciosas y tácitas batallas que ambos libraban por la atención del moreno. Creevey lo barrió con la mirada antes de decir en tono mordaz—: ¿Por qué no vas a buscar a Harry? Está allá al fondo con los chicos Weasley y… con otros. —Soltó una risita que encendió todas las alarmas de Draco—. Aunque no creo que Harry te esté echando de menos en lo más mínimo, Malfoy. Podrás ver por ti mismo que está muy bien acompañado.
Terminando de decir eso, le dedicó a Draco una última mirada altanera y se dio la media vuelta, echando a andar hacia la casa. Draco se quedó un momento mirándolo, un tanto desconcertado y preguntándose qué demonios era lo que acababa de pasar. Agitó la cabeza como para despabilarse y emprendió camino hacia el interior de la carpa.
Ingresó y rápidamente echó un vistazo alrededor: demasiadas cabezas rojas para su gusto y comodidad. No vio a Harry enseguida, pero sí encontró a Cliff sentado muy cerca de la entrada. Éste estaba charlando muy sonriente y animado con el único Weasley guapo que Draco conocía: el tal Charlie, el entrena-dragones o algo parecido. Entonces Cliff descubrió a Draco, sonrió más y se puso de pie, arrastrando al chico Weasley con él. Draco arqueó las cejas con sorpresa: Cliff iba descaradamente colgado del brazo del Weasley y ambos se veían muy contentos. ¿Quién lo hubiera imaginado?
—¡Draco, por fin llegas! Te estábamos esperando —exclamó Cliff sin soltar a Weasley—. ¿Conoces ya a Charlie? —Draco apenas asentía cuando Cliff ya estaba gritando otra pregunta, tan emocionado que estaba sonrojado—: ¡¿Sabes que cuida dragones en Rumania?! ¿Te imaginas eso? ¿Alguna vez has conocido a alguien con un trabajo más increíble, peligroso y rudo?
—Harry peleó una vez contra un dragón enorme y furioso sin más arma que su varita. Y tenía sólo catorce años —respondió Draco mecánicamente, obedeciendo a un estúpido impulso de no dejarse deslumbrar por los galanes de Cliff. Harry era mil veces mejor que cualquiera y ahí estaba él para certificarlo. Faltaba más.
Cliff abrió los ojos bastante impresionado.
—¿En serio?
—En serio, yo también fui testigo de eso —corroboró el Weasley en tono condescendiente y sonriendo mucho, como si le hiciera gracia que Draco mencionara precisamente ese episodio—. Hola, Malfoy —dijo y le ofreció la mano cortésmente.
—Weasley —saludó a su vez Draco—. Veo que ya has conocido a mi amigo Cliff —agregó al tiempo que estrujaba la diestra del pelirrojo con más fuerza de la necesaria.
Draco esperaba que el chico Weasley fuera lo bastante listo para notar la amenaza implícita en las palabras en las que había puesto énfasis. Cliff es MI amigo, Weasley, así que cuidadito con tratarlo mal. Los dragones que cuidas en Rumania no son nada comparados a la ira vengativa que se desatará en mí si osas romperle el corazón.
No supo si Charlie Weasley interpretó el mensaje o no, pero la sonrisa enorme que tenía ante el entusiasmo desaforado de Cliff tranquilizó un poco a Draco. Éste concluyó que si alguien aguantaba a su amigo sin avergonzarse por su comportamiento de niño hiperactivo, tenía que ser porque de verdad manifestaba un interés sincero. Entonces, y como para dejarlos solos a propósito, Weasley se ofreció a ir por bebidas para los tres. Apenas se alejó, Cliff se abrazó de Draco para susurrarle al oído:
—¿Sabes que el maldito pelirrojo me ha dicho que usa un látigo? Y no, querido, no me estoy refiriendo a que lo usa en su trabajo de dragonolista. —Draco soltó un bufido de risa, pero antes de que pudiera decir nada, Cliff añadió—: ¿Te crees que tú eres el único al que le gusta usar látigos tras la puerta de la habitación? Oh, no, cariño, te sorprenderías si te cuento las cosas que hacemos los demás. Desde que…
Draco se tapó las orejas con las manos.
—¡Demasiada información, Cliff! ¡Cállate, no quiero saber! —exclamó. Se giró para darle la espalda a Cliff y aprovechó para buscar a Harry entre la pequeña multitud.
Muchos de los presentes se habían percatado de su llegada y en vez de ponerse de pie para saludarlo, simplemente se le quedaron viendo con diferentes niveles de desagrado en la cara. Draco los ignoró mientras sus ojos recorrían el pequeño sitio que estaba quedándose a oscuras ahora que el sol ya se había ocultado por completo, cuando finalmente descubrió la mesa donde Harry estaba sentado. Draco se olvidó de todo y observó atónito a su novio quien, aparentemente, estaba pasándosela muy bien sin él y, tal como el maldito de Creevey le había dicho, se encontraba muy bien acompañado.
—Draco, ¿quieres…? —escuchó la voz de Cliff, pero Draco lo interrumpió.
—¿Quién es ése que está con Harry? —preguntó.
—Es un colega —respondió Charlie Weasley que regresaba en ese justo momento con tres botellas de cerveza en las manos—. Creo que es de Alemania y me parece que ha trabajado con Harry en diferentes ocasiones.
—¿Alemania? —repitió Draco casi para él mismo.
Aquella visión era lo más espantoso que Draco había visto desde que se había enfrentado cara a cara con un kelpie. Aquel alemán, si es que Draco no estaba equivocado, tenía que ser el maldito acosador que Harry había conocido en Grecia en su primer viaje de trabajo y que le había enseñado varios trucos de magia negra, incluyendo aquel que les había salvado el pellejo a los dos: el doppelgänger. Y si Draco estaba enterado de que era un acosador no era porque Harry se lo hubiera contado, oh no, sino porque Draco era lo suficientemente astuto para sumar dos más dos y relacionar los sonrojos y la manera en que Harry no lo miraba a los ojos cuando cualquier tema relacionado con ese mago salía a relucir.
Si ya de por sí era malo imaginarse horribles escenas en las que los colegas de Harry siempre estaban tratando de seducirlo, no se comparaba a lo que Draco estaba sintiendo en ese momento en el que, aparentemente, sus más temidas pesadillas estaban haciéndose realidad. Porque el tipo estaba sentado junto a Harry totalmente pegado, casi encima de él, su atención totalmente volcada en el moreno. Y Harry… Harry sencillamente parecía resplandecer de contento al lado del imbécil. No le quitaba los ojos de encima y su sonrisa era enorme. Peor todavía, creía Draco, era el hecho de que el tal Luca era muy guapo y estaba completa y absolutamente bueno. Tanto, que Draco estaba seguro que de haberlo conocido anteriormente, cuando él era un empedernido conquistador, no habría descansado hasta habérselo follado.
Miró hacia Cliff, quien, a su vez, miraba hacia Harry y Luca con expresión azorada y preocupada. Esa actitud de Cliff terminó de decirle a Draco que no eran alucinaciones suyas sino todo lo contrario: sus sospechas estaban bien justificadas y era verdad que aquel baboso alto, rubio y con cara de modelo de pasarela, estaba intentando ligar con su Harry. Así de notorio era que todos ahí en la fiesta estaban dándose cuenta.
Repentinamente furioso, Draco tomó la botella de cerveza que Charlie le ofrecía y caminó hacia la mesa donde Harry estaba sentado. Cliff lo siguió a corta distancia; se veía bastante angustiado.
—¡Draco! ¡Draco, espera! —le cuchicheó, pero Draco lo ignoró.
Los tres (porque Charlie Weasley parecía haber decidido que no se separaría de Cliff) llegaron ante la mesa donde estaban Harry y varios de sus amigos. Rápidamente Draco pasó revista y reconoció a casi todos los presentes. Estaban la chica Weasley con un mago joven que seguramente sería su novio, los dos gemelos, Longbottom y otro Gryffindor que Draco recordaba había sido compañero de habitación de Harry en Hogwarts. Granger y Ron Weasley no estaban a la vista. Draco supuso, dándole gracias a la vida por esos pequeños milagros, que tal vez no habían podido escaparse de París. Al único que Draco no conocía en esa mesa, era al alemán que parecía el siamés de Harry por la manera tan cercana que estaba sentando junto a él.
Todos interrumpieron su charla y los miraron con diferentes expresiones de resentimiento; algunos de ellos incluso parecieron encontrar totalmente ofensivo el hecho de que Charlie Weasley estuviese junto a Cliff y Draco. Harry fue el único que se puso de pie.
—¡Draco! —exclamó con alegría genuina; Draco lo sabía porque conocía a Harry como nadie y, para él, el moreno no era más que un libro abierto—. ¡Gracias por venir! Mira, quiero presentarte a alguien. —La mirada de Harry, cargada de un cariño que a Draco le sentó muy mal, se posó en el alemán—. Este es mi querido colega Luca Lang, a quien conocí en Grecia hace cuatro meses y con quien de vez en cuando sigo haciendo equipo para trabajar. —Harry regresó sus ojos hacia Draco como para ver su reacción, y Draco tuvo que fingir una sonrisa a toda prisa.
—Mucho gusto —dijo secamente, y podía jurar que el tal Lang le dedicaba una mirada cargada de socarronería.
Harry pareció satisfecho con el saludo de Draco y de nuevo posó sus ojos en Lang. Le dijo:
—Luca, este es el mago del que te he hablado tanto: mi novio, Draco Malfoy.
Lang finalmente se levantó de su asiento; todavía tenía en la cara esa expresión de burla que a Draco ya estaba crispándole los nervios. ¿Acaso Harry no podía verla también?
—Es un verdadero placer conocer finalmente al grandioso empresario, Draco Malfoy —murmuró con un marcado acento mientras le tendía una mano de dedos largos y blancos a Draco. Éste frunció los labios y se la estrechó.
—El placer es mío —mintió Draco hablando entre dientes. Deseó de todo corazón que el otro se diese cuenta de que no estaba siendo sincero.
Y probablemente así fue, si Draco podía deducir algo de los ojos burlescos que lo recorrieron de arriba abajo. Lang resopló disimuladamente antes de señalar unas sillas que quedaban libres y decir:
—¿Quieren acompañarnos?
Draco sintió que se enfurecía cada vez más. ¡Por supuesto que quería acompañarlos! ¿Qué estaba pensando el estúpido, que Draco sólo iba de paso a la fiesta de cumpleaños de su propio novio? Abrió la boca para decir justamente eso (y agregar algún otro insulto muy florido), pero no pudo porque Cliff ya estaba sacándole una silla junto a Harry y empujándolo para sentarlo ahí. Hecho eso, Cliff se sentó al lado de Draco, y Charlie lo hizo junto a Cliff.
—¿De qué hablaban? —preguntó Charlie.
—Luca nos estaba contando el tipo de magia y hechizos que enseñan en Durmstrang y que en Hogwarts no están ni siquiera en la Sección Prohibida de la biblioteca —contestó uno de los gemelos (Draco no sabía cuál de los dos)—. ¡Es realmente genial! Ojalá en Inglaterra fueran un poco más sueltos con el tema.
—Creo que así estamos bien, ese tipo de magia no siempre es bien utilizada —opinó el novio de la Comadrejilla, quien, si Draco no se equivocaba, era un empollón que había pertenecido a Ravenclaw.
—Los magos que quieren aprender ese tipo de magia siempre encuentran la manera de hacerlo, la enseñen o no en el colegio —afirmó Harry con aire pensativo.
—Posiblemente, pero enseñarla ahí podría incrementar el número de magos y brujas que se inclinan hacia esas artes, ¿no? —dijo Longbottom con cara de susto, provocando varios asentimientos de cabeza entre los presentes.
—Yo creo —acotó Lang con ese acento alemán que Draco realmente estaba comenzando a detestar— en el derecho a tener la oportunidad de aprender un poco de todo. Lo que hagamos posteriormente con el conocimiento es otro cantar. Es como el alcohol —agregó mientras meneaba su vaso de whisky de fuego y ponía pose de modelo de anuncio publicitario—, todos sabemos que su abuso no es bueno. Sin embargo está ahí, legal y a disposición de todos porque el uso que cada persona le dé es su entera decisión y responsabilidad.
Draco apretó los labios con rabia, no porque no estuviera de acuerdo por lo recién dicho por Lang, sino precisamente por lo contrario. Concordar con el cretino sólo hizo que lo odiara más, sobre todo cuando todos en la mesa manifestaron su aprobación e incluso hubo quienes lo palmearon en la espalda apoyando su comentario. Draco sabía que si él hubiese dicho eso, nadie en esa mesa —excepto Harry y Cliff— habría manifestado semejante beneplácito. No le agradaba en lo más mínimo sentir envidia de la aceptación que gozaba Lang entre aquella detestable concurrencia, pero en el fondo así era y no sabía cómo evitarlo ni cómo manejarlo.
Se sentía ofuscado y confundido. No era como si se le fuese a espantar el sueño o algo parecido si no contaba con el apoyo de esa gente, por supuesto, pero ellos eran los amigos de Harry. No sólo eso, Draco sabía que Harry consideraba a los Weasley como familia. Intuía que tarde o temprano la opinión de éstos pesaría en el ánimo del moreno. ¿Y si en el futuro todos ellos emprendían campaña contra Draco en pro de orillar a Harry a regresar con Creevey o, peor aún, a que se buscase otro novio como ese maldito de Lang que parecía tener a todos encandilados con su atractivo? ¿Durante cuánto tiempo Harry soportaría semejante artillería sin flaquear?
—Completamente de acuerdo con eso —dijo de pronto la desagradable voz de Colin Creevey, quien justo acababa de llegar a la mesa con su cámara en las manos—, especialmente cuando hay magos que se deciden a usar ese tipo de magia y ni siquiera pagan responsabilidad alguna por sus actos —terminó de decir apuntando con un dedo hacia la cicatriz que le recorría toda la mejilla izquierda y mirando acusadoramente hacia Draco.
Draco luchó con todas sus fuerzas por mantenerse ecuánime ante aquel reproche injusto y más cuando las miradas de todos en la maldita mesa se giraron hacia él. Frunció un poco el ceño, pero no se permitió ninguna otra expresión que delatase su disgusto.
—Colin —masculló Harry, y el mismo Draco se estremeció sólo de escucharlo. Fue solamente una palabra pero, por la manera en que Harry la había pronunciado, parecía encerrar cientos de advertencias nada agradables. Por millonésima ocasión Draco se preguntó cómo Creevey podía soportar que Harry lo tratase con aquel desprecio y, a pesar de eso, continuar creyendo que tal vez podría reanudar su relación con él—. Tú mejor que nadie sabes qué fue lo que realmente pasó aquella ocasión.
Repentinamente, la mano de Harry buscó la de Draco por debajo de la mesa. Se la sujetó y la apretó firmemente, todo mientras sus ojos verdes taladraban con enojo a Creevey. Draco se permitió esbozar una sonrisita de satisfacción mientras miraba al cretino a la cara.
—¡Harry tiene razón, Parker! —espetó Cliff a su vez. Levantó una mano y señaló a Creevey con un dedo—. ¡Hasta yo que no soy mago comprendo perfectamente que Draco estaba hechizado cuando te hizo eso, así que no se vale que se lo eches en cara! ¡No estaba siendo él mismo!
Creevey, quien seguramente no se esperaba tanta acción defensiva en beneficio de Draco, apretó los labios y enrojeció súbitamente. Se sentó y no dijo más. Draco, sin pizca de compasión, le regaló una enorme sonrisa burlesca. Sentir a su diestra y siniestra el calor físico y emocional que le brindaban Harry y Cliff le bastaba para estar bien, para asegurarse de que todo estaba correcto. No necesitaba la aprobación de nadie más en esa mesa ni en ningún otro lugar. Al diablo con todo el mundo mágico.
El silencio más incómodo de todos los silencios incómodos que había conocido la humanidad se instaló entre ellos. Harry le dirigió a Draco una breve mirada que hablaba de lo mucho que sentía aquello, y Draco deseó poder tener alguna manera de explicarle a Harry que nada de eso importaba siempre y cuando él lo estuviese apoyando así. Por supuesto, no con palabras. Eso era demasiado cursi para sus estándares. Harry tendría que adivinarlo de alguna manera.
Draco se permitió distraerse pensando en modos de hacerle comprender a Harry aquello, cuando el novio de la Comadrejilla habló de pronto, liberándolos a todos de esa penosa situación de mutismo.
—Ginny me contó un poco acerca de lo que te pasó, Malfoy —dijo, y a Draco le sorprendió bastante que se estuviese dirigiendo precisamente a él. El mago pareció cohibirse un poco cuando Draco lo miró con el ceño fruncido, pero continuó hablando—: Esa maldición que conjuraron sobre ti es realmente asombrosa, única en su género. ¡Estás catalogado como la primera y única víctima hasta ahora! En la academia incluso le dedican varias horas de clase y la llaman "la maldición Malfoy de los celos". La han estado investigando para descubrir maneras efectivas de detectarla. El único detalle es que, como ustedes se niegan a declarar la manera en que fuiste sanado, no se sabe cómo…
La chica Weasley carraspeó sonoramente para interrumpir a su novio.
—Michael está estudiando medimagia —le explicó ella a Draco, y éste se asombró tanto porque la Comadrejilla le estuviese hablando directamente como por el hecho de que lo hacía en un tono amable—. Por favor, Malfoy, perdona su entusiasmo. Siempre es así, se emociona por las cosas más raras. Su lado Ravenclaw lo hace ver las situaciones desde las perspectivas más extrañas, ¿verdad, cariño?
Ella y el tal Michael se miraron a los ojos y sonrieron como idiotas, quedándose así hasta que uno de los gemelos Weasley hizo sonidos de arcadas y la pantomima de que estaba vomitándose. Michael se sonrojó un poco y no dijo más.
—Pero, en serio, ¿cómo consiguieron sanar a Malfoy? —quiso saber Longbottom—. Por lo que escuché, estaba completamente fuera de sus cabales y parecía no tener remedio. ¿Cuándo nos contarás, Harry? —Sus preguntas ocasionaron que todos en la mesa prestaran total atención hacia Harry. Éste también carraspeó.
—Es un… secreto, ya se los había dicho. No insistan, chicos. No puedo hablarles de ello, lo siento —respondió Harry muy serio, haciendo que varios soltaran exclamaciones de desencanto.
—Debe de ser una historia fascinante —comentó Luca Lang, mirando a Harry con una expresión petulante que a Draco no le gustó para nada—. Qué pena que no puedan contárnosla —añadió con un tono sarcástico que a Draco no le pasó desapercibido.
Harry y Draco intercambiaron una significativa mirada. Por supuesto que no habían hecho del dominio público la manera en que Harry había conjurado un doppelgänger para que Draco lo "matara", ya que realizar ese tipo de magia era bastante ilegal y ninguno de los dos estaba muy convencido de que el Ministerio se portara benevolente con Harry, así se hubiese tratado de un caso de vida o muerte. Además, Draco había utilizado la prohibidísima maldición asesina, así que tampoco habían querido arriesgarse a que tratasen de imputarle cargos por eso (realmente no creían que al Ministerio le importara que sólo se hubiera tratado del asesinato del doble fantasmagórico de alguien). Los únicos enterados de cómo habían sucedido las cosas eran Granger, Ron Weasley, Creevey, Cliff y Narcisa, quienes les habían jurado no decirle a nadie más.
Pero ahora que Draco lo pensaba, no estaba seguro de si Harry le había dicho algo a Luca Lang. No le agradó en lo más mínimo pensar en Harry teniéndole semejante nivel de confianza al alemán.
—Me perturba un poco que hablen de esa maldición en la Academia de Sanadores —dijo Harry en voz baja, interrumpiendo la línea de pensamiento de Draco. El moreno tenía el ceño fruncido en un gesto de contrariedad—. Es como darla a conocer, como… "presentarla en sociedad". Ahora se arriesgarán a que más gente la use, y eso sería… nefasto.
El moreno tragó y guardó silencio. Ahora fue Draco quien apretó su mano sobre la de Harry, intentando demostrar un poco de simpatía. Él recordaba poco de aquellos días en los que había estado hechizado, pero por lo que Harry le había contado, sabía que para éste habían sido una experiencia terrible y difícil de superar.
—Pero qué barbaridad, en esta mesa sí que saben divertirse y celebrar a lo grande. ¡Qué charlas más animadas! —se burló uno de los gemelos Weasley.
—Toda la razón, George —dijo el otro con expresión de pasmo—. Recuerda invitarlos a todos ellos a mi funeral y no a nuestro cumpleaños.
—Nos ahorrarán cientos de galeones en plañideras.
—Aquello estará más amargo que el café que prepara Neville.
—¡Oye!
—¡Feliz cumpleaños, Harry Potter, señor! —gritó Dobby, apareciendo de repente encima de la mesa y derribando vasos y botellas.
—¡Vaya! ¡Por fin alguien con verdadero espíritu festivo! —exclamó Fred—. ¡Hasta trae un pastel!
En efecto, Dobby llevaba un pastel brutalmente enorme sobre las manos, las cuales sostenía por arriba de su cabeza. Draco arqueó las cejas, dándose cuenta de que el elfo tendría que estar empleando magia para que el pastel no se cayera. Tenía que ser demasiado pesado para poder cargarlo así.
Por si las dudas, Draco movió su silla un poco hacia atrás.
A su lado, Harry se rió y se acercó a Draco para explicarle al oído:
—Dobby y yo tenemos… cierta historia con los pasteles, por así decirlo, así que todos los años, en mi cumpleaños, él se empeña en ser quien me lo obsequie. Afortunadamente para mí y para todos, Dobby cocina muy bien.
La concurrencia completa pareció inyectarse de energía con la llegada de Dobby y el pastel. Todos se pusieron de pie y comenzaron a vitorear y aplaudir, y más cuando Dobby bajó de la mesa de un salto e hizo una pronunciada reverencia sin que el gigantesco dulce se tambaleara ni siquiera un poco. El pastel, ahora que Draco podía verlo bien, estaba tan feo y deforme que resultaba simpático. Aparentemente Dobby había intentado dibujar un colacuerno húngaro y un mini Harry, si es que Draco podía deducir algo de las dos figuras oscuras que adornaban la parte superior del dulce. Esperaba, de todo corazón, que Harry tuviera razón y que Dobby fuera mejor repostero que dibujante.
Dobby llevó el pastel hasta la mesa vecina donde estaban los Weasley mayores y, acto seguido, hizo aparecer un cuchillo realmente gigantesco. Harry le dedicó a Draco una última sonrisa antes de abandonarlo y dirigirse hacia donde Dobby, Molly, Arthur Weasley y otros ancianos que Draco no conocía, lo estaban esperando. Los invitados volvieron a aplaudir cuando Harry tomó el cuchillo que Dobby le ofrecía y lo levantó en alto, blandiéndolo encima de su cabeza como si de una espada se tratara. Draco no pudo evitar sentirse contagiado de la genuina alegría que iluminaba la cara de Harry y que lo hacía resplandecer, así que también él aplaudió un poco mientras su novio esperaba que Dobby terminaba de encender las veinticuatro velas que habían aparecido de repente y que simulaban ser la flama arrojada por el dragón.
—¡Qué bonito! —gritó Cliff, aplaudiendo con gran entusiasmo y dando saltitos.
—No cabe duda que hay cosas que el dinero no puede comprar y que hacen más felices a las personas que todos los juguetes, las casas o los yates del mundo, ¿no lo crees así, Malfoy?
Draco sintió que la rabia le volvía al alma al escuchar a Lang decir aquello. La sonrisa se le congeló en el rostro y automáticamente dejó de aplaudir. Con lentitud, se giró hacia Lang para encararlo. Éste se había movido de lugar hasta quedar parado a su lado, justo en el sitio donde antes había estado Harry.
—Veo que Harry ya te ha contado de los obsequios que le hice durante el día —le dijo a Lang, todavía tratando de ser cortés con aquel maleducado. Harry no podría culparlo de no haberlo intentado.
Lang abrió mucho los ojos en un gesto socarrón.
—Oh, sí. De hecho, Harry y yo estuvimos charlando durante horas… todas esas horas en las que te demoraste en llegar porque estabas muy ocupado en una cita de trabajo con no sé quién. ¿Justo el día de su cumpleaños? Mal hecho, Malfoy. Yo que tú, no descuidaría tanto a mi novio. Nunca sabes quién puede aprovecharse de eso.
Draco miró a Lang de arriba abajo antes de soltar un bufido de incredulidad. Ahí estaba el baboso confesándole todo: tal como él lo había sospechado, Lang realmente estaba intentando enamorar a Harry sin importarle que éste estuviera en una relación con Draco.
De cierto modo a Draco le alegró la sinceridad descarada del otro porque, de esa misma manera, él también podría hablar sin tapujos acerca del tema. Echó un vistazo alrededor para cerciorarse de que nadie estuviera prestándoles atención. Comprobó que todos estaban ignorándolos, ocupados mirando a Harry y a Dobby peleándose por contener la enorme flama en la que se habían convertido las velas del pastel. Draco se permitió observar a Harry durante un momento: éste había tenido que sacar su varita y ahora estaba arrojando chorros de agua porque las llamas amenazaban con llegar al techo de la carpa e incendiarla. Si el maldito de Lang no estuviera importunándolo, seguramente el mismo Draco ya habría acudido en su ayuda. Suspirando con malestar, éste dio un paso hacia Lang y se inclinó para hablarle casi al oído:
—No pretendas ni por un instante que me conoces, Lang. A mí, a Harry o a nuestra relación —le susurró, intentando poner en cada palabra una amenaza velada—. No tienes idea de nuestra historia. No sabes nada de nada.
Lang se movió hacia atrás, pero si Draco creía que lo había intimidado, se equivocaba. El alemán lo miraba todavía con más cinismo que antes.
—Conozco a Harry lo suficiente para augurarte algo, Malfoy: él no permanecerá mucho tiempo a tu lado. Tú no eres lo que necesita, y más pronto que tarde, se irá a buscarlo a otro lado. Punto.
Draco resopló y se cruzó de brazos. Sabía que no debía caer en su juego, pero no pudo evitar preguntar.
—No me digas, sabelotodo. ¿Y qué es lo que Harry necesita según tú?
—¿No lo ves, Malfoy? Lo tienes ante tus narices —dijo Lang, señalando hacia donde Harry se reía a carcajadas mientras intentaba restaurar con magia un empapado pastel. Varios de los Weasley estaban a su alrededor, todos varita en mano, tratando de ayudar y riéndose mucho cada vez que alguien dejaba el pastel en peor estado. Dobby parecía muy apenado y Molly tuvo que quitarle el cuchillo cuando el elfo trató de golpearse la cabeza con él—. Una familia —espetó Lang—. Lo que Harry necesita, y tú nunca vas a darle, es una familia.
—Harry no necesita que yo le dé nada, él ya la tiene con los Weasley —respondió Draco de inmediato. En el fondo sabía que estaba siendo un estúpido al seguirle la corriente a Lang, pero no podía evitarlo. Sentía la imperiosa necesidad de defender su relación con Harry ante los demás—. Yo le doy cosas muy diferentes, ¿no te ha contado? —preguntó con una gran sonrisa.
Ahora fue el turno de Lang de emitir un bufido de burla.
—Yo tengo una familia adorable en casa. Madre, padre y montones de hermanos y hermanas, todos ellos muy compresivos con mi orientación sexual. Amarían a Harry, y Harry a ellos, estoy seguro. Él sería muy feliz en Füssen con nosotros.
Draco jadeó, se rió y miró boquiabierto al muy desdichado. Sencillamente no podía creer en tanta desfachatez.
—¿Así de desvergonzado eres, Lang? ¿Te das cuenta de que estás reconociendo ante mí, el novio de Harry, que estás tratando de seducirlo? Y peor, ¿usando a tu propia familia para eso? —añadió con azoro. Ni siquiera él habría caído así de bajo jamás por muy enamorado que hubiese estado.
Lang meneó la cabeza en un gesto negativo y miró hacia donde estaba Harry, quien, después de haber conseguido controlar el incendio y de componer un poco el pastel, ahora estaba partiendo trozos con el cuchillo mientras Molly los servía en los platos de una vajilla que seguramente había conocido mejores épocas.
—¿Realmente necesitabas mi confesión, Malfoy? Creo que es bastante obvio para todos cuál es mi intención aquí. Y de verdad pienso que las cosas resultarían mucho más fáciles si tú aceptaras tu derrota y te retiraras de una buena vez.
Draco no pudo evitarlo: se rió a carcajadas. Jamás en su vida había encontrado a alguien así de insolente, a alguien todavía más fresco y hablador que él mismo. Parecía que lo único obvio ahí era que el pobre Harry tenía imán para atraer a los descarados.
Cuando Draco terminó de reírse, suspiró largamente y permitió que su cara se transformara en una mueca del más puro enojo. Volvió a dar otro paso hacia Lang y le susurró peligrosamente:
—Harry es mi novio. Así que el que va a retirarse de una vez y por las buenas, eres tú y no yo, Lang. Si es que sabes lo que te conviene.
Lang no parecía en absoluto amedrentado. Le sostuvo la mirada mientras replicaba:
—Exactamente, Harry es tu novio, Malfoy, y ése es tu error. Un noviazgo no es nada, se puede romper y terminar en cualquier momento. Yo, en cambio, me casaría con Harry sin pensármelo. El matrimonio sí es un vínculo duradero que la gente, por regla general, respeta más que a un simple estado de noviazgo.
Draco resopló con burla; por un momento creyó que Lang le estaba tomando el pelo, pero de inmediato se dio cuenta de que no era así. El alemán parecía estar hablando totalmente en serio.
—Estás demente —masculló Draco por no encontrar otra cosa mejor que decir.
Pero la verdad era que aquellas palabras estaban martilleándole el cerebro. ¿Cómo era posible que Lang hablara de casarse con Harry si apenas lo conocía? Draco ni siquiera había contemplado semejante y terrorífica posibilidad. Lang pareció darse cuenta de que Draco titubeaba, porque sonrió tremendamente pagado de él mismo antes de proseguir:
—Yo me casaría con él de inmediato, Malfoy. Algo que tú jamás harás. ¿Y sabes qué? Conmigo Harry tendría todo lo que tú, con todo tu cochino dinero, no podrías comprarle. Una familia amorosa, un pueblo de magos donde la homosexualidad no está satanizada como aquí… Hijos propios. ¿Te conté que una de mis hermanas está dispuesta a gestar un hijo para mí y mi futura pareja? ¿Qué piensas que diría Harry ante tan hermosa y generosa oferta? Imagínatelo, Malfoy. A mi lado, Harry podría ser padre —añadió, marcando con crueldad la última frase—. Estoy seguro de que si le menciono eso, Harry aceptará gustoso mis avances sin que tú le importes en lo más mínimo.
Draco abrió la boca sin saber qué decir, repentinamente horrorizado ante el aluvión de locuras que estaba soltándole aquel maldito chiflado. El deseo de defender a Harry pudo más que su sentido común.
—Harry jamás me traicionaría, ni contigo ni con nadie —escupió hundiendo un dedo sobre el pecho de Lang—. ¡Qué poco lo conoces si piensas eso de él!
Lang lo miró con profundo resentimiento, y fue cuando Draco confirmó sus sospechas: el hijo de puta seguramente ya había tratado antes de llevarse a Harry a la cama.
—Yo sé lo leal que Harry puede ser. Por eso ya no voy a tratar de seducirlo de esa manera. Sencillamente, me sentaré aquí a esperar que tú y él terminen su noviazgo. Y terminará, porque tú jamás le pedirás que se case contigo.
—¡No presumas de que me conoces! —le espetó cada vez en voz más alta, sabiendo que estaba perdiendo el control y que eso estaba mal. La regla número uno en cualquier discusión era no enojarse de verdad y él estaba rompiéndola flagrantemente—. ¡No sabes nada de mí! ¡Yo también podría casarme con Harry! ¡Algún día!
Lang se rió entre dientes.
—Por supuesto que no lo harás, Malfoy. He oído de ti lo suficiente para saber que jamás lo harás. El único misterio aquí es ver quién de ustedes dos se cansa primero: si Harry de esperarte, o tú de serle fiel. Yo, en cambio, siempre estaré ahí para Harry; siempre seré su amigo solícito y dispuesto a brindarle un hombro donde llorar cuando las cosas contigo se vayan a la mierda. Y cuando menos te lo esperes, él se habrá enamorado de mí.
—Eso… nunca. —Draco sentía que le hervía la sangre y no sabía qué era lo que le enfurecía más: saber que Lang ya había intentado meterse en los pantalones de Harry y éste no se lo había dicho o que estuviese tan dispuesto a seguir intentándolo—. No lo permitiré. Seré yo quien se casará con Harry. —Lang se rió y Draco, incapaz de soportar tanta insolencia, se adelantó hacia él y lo tomó de las solapas de su camisa. Le gritó en plena cara—: ¡Harry va a casarse conmigo! ¿Me oyes, Lang? ¡Voy a pedírselo ahora mismo! Y ni tú ni nadie…
Draco se silenció porque de pronto todo a su alrededor había enmudecido. Con toda su atención puesta en Lang y enojándose cada vez más, se había descuidado demasiado de no levantar la voz o de aparentar que no estaba teniendo una discusión con él. Armándose de valor, Draco soltó a Lang y giró su cabeza hacia la mesa donde estaban Harry y el pastel, y luego, alrededor. El alma se le cayó hasta los pies cuando se percató de que todos en la maldita fiesta estaban en silencio e inmóviles como estatuas, mirándolo a él.
¿Qué era lo que acababa de gritar y que, aparentemente, todos habían oído?
Fue Cliff quien lo sacó de la duda.
—¡¿Vas a pedirle a Harry que se case contigo?! —le susurró rápidamente, acercándose a él, tomándolo del brazo y alejándolo de Lang. Cliff tenía los ojos llenos de lágrimas y una enorme sonrisa bobalicona en la cara. Draco sólo lo miró con los ojos muy abiertos del terror—. ¡No seas bruto, Draco, si lo vas a hacer, hazlo ya que todos están esperando!
Diciendo eso, Cliff empujó a Draco hasta dejarlo frente a Harry, quien estaba pálido y se veía tan aterrorizado como se sentía el mismo Draco. Todos a su alrededor continuaban en silencio y contenían la respiración, expectantes. Dobby se limpió los mocos con el mantel chamuscado de la mesa donde reposaban los restos del pastel y Draco tuvo el desesperado impulso de desaparecerse muy lejos de ahí para nunca volver.
Pero no pudo hacerlo.
No pudo hacerlo porque Harry Potter, en plena celebración de su cumpleaños número veinticuatro, se veía más adorable, guapo y feliz de lo que Draco lo había visto nunca. El rubio lo miró de arriba abajo, pestañeando rápidamente, jadeando y temblando como hoja al viento. Harry también lo miró con sus ojos verdes increíblemente abiertos; tanto, que casi igualaban a los de su amigo el elfo. Harry todavía sostenía en la mano derecha el cuchillo-espada lleno de betún de todos colores y, en la izquierda, un plato con un pedazo de pastel a punto de caérsele. A Draco se le ocurrió que Harry parecía haber entablado una batalla de vida o muerte contra el pastel: el moreno estaba embarrado de betún desde el cabello hasta los hermosos zapatos de piel que Draco le había obsequiado esa mañana, tal como un cazador lo estaría de la sangre de la bestia que recién acabara de sacrificar.
Todavía respirando con agitación y sin poder decir palabra, Draco pensó en lo mucho que amaba a ese mago desastroso y descuidado, tanto, que no le importaba en lo más mínimo que hubiese echado a perder el bonito (y costosísimo) guardarropa que le había regalado. Pensó que lo amaba tanto que no podía soportar la simple idea de cualquier otro mago intentando quitárselo. Pensó que lo amaba tanto que sí, que quería compartir todo lo que le quedaba de vida con él aun si eso implicaba tener que soportar fiestas como ésas donde los Weasley le hacían ver su suerte.
Aun si eso implicaba echarse encima un tipo de compromiso vitalicio en el que jamás habría creído que él desearía estar.
Draco miró de reojo hacia atrás. Luca Lang estaba viéndolo boquiabierto; Draco no sabía si de la furia o del miedo. Una sensación de poder, de tener la sartén por el mango y de satisfacción ante la posibilidad de darle una lección a Lang, llenó el ánimo de Draco y eso le dio fuerzas para continuar. Además, por el bien de Harry, no podía flaquear: si se echaba para atrás en ese momento, humillaría a su novio delante de toda la gente que significaba algo para él.
Regresó su mirada a Harry y lo encontró tan estúpidamente encantador (todo cubierto de betún, anteojos sucios y ladeados, boca y ojos bien abiertos de la sorpresa y el miedo) que no pudo contenerse más. Las palabras salieron casi por sí solas de su boca. Ya no fue coerción por la situación, ya nada fue obligado. Draco en verdad quería unir su vida a la de ese Gryffindor idiota que se enfrentaba con la mano en la cintura a colacuernos húngaros y salía victorioso, pero que no podía ganar un round contra los nada malignos pasteles de cumpleaños.
—Harry Potter, ¿te gustaría casarte conmigo?
Después, mucho después, Draco tendría que perdonarle también a Harry que hubiese echado a perder su propia ropa al echársele encima para abrazarlo.
Draco tomó la decisión de que si había boda, ésta sería sin pastel.
En retrospectiva, Harry jamás entendió por qué Draco le pidió que se casara con él de aquella manera tan repentina y delante de tanta concurrencia. Conociéndolo como lo conocía, hubiera jurado que Draco sería más dado a una declaración formal y privada… y eso sin hablar de que solía ser del tipo de persona de la que jamás nadie esperaría que deseara contraer matrimonio.
Lo cierto fue que, aquella noche en la fiesta de cumpleaños de Harry, Draco se echó a la bolsa a la familia Weasley al pedirle a éste que se casara con él en su presencia y en el jardín de su propia casa. Costaría tiempo, pero Harry sabía que tarde o temprano los Weasley descubrirían a la persona extraordinaria y genial que había en Draco, a ese hombre generoso y seductor que él amaba tanto.
En medio de los gritos, aplausos y felicitaciones que siguieron al "¡Bien sabes que sí, grandísimo cabrón!" que Harry le había respondido a Draco, Harry les contó a todos de su casa nueva en Richmond y de todos los otros regalos que Draco le había hecho. Hubo extensos murmullos de aprobación cuando Harry les confesó que una de las razones de Draco para obsequiarle esa casa había sido la de brindarle un sitio para poder hospedar a Ron y a Hermione cuando visitaran Inglaterra. Draco frunció el ceño cuando Harry les contó aquello, pero fue evidente que se consoló rápidamente cuando descubrió que eso parecía incrementar el respeto que todos estaban ya aprendiendo a sentir por él. Harry estaba seguro de que esa noche Draco había recibido casi tantas felicitaciones sinceras y calurosas como él mismo.
Horas después, cuando terminó la celebración de cumpleaños que se convirtió en celebración de compromiso matrimonial, y Harry y Draco finalmente pudieron escaparse a casa, Harry lo interrogó. No podía quedarse con las dudas, le quemaban demasiado. ¿Por qué cuando parecía que Draco le temía incluso al compromiso del noviazgo? ¿Por qué delante de toda esa gente? ¿Por qué sin un anillo o algo parecido? ¿Te diste cuenta de que Luca desapareció después de eso? ¿Adónde se fue y por qué no se despidió de mí?
Pero Draco no respondió a ninguna de sus interrogantes. Al menos, no con palabras.
Esa noche hicieron el amor del modo más íntimo, cadencioso y tierno que Harry recordara en mucho tiempo. Las promesas silenciosas pero poderosas de Draco lo cobijaron igual que un manto cálido, agradablemente pesado y esperanzador, haciéndole olvidar incluso sus anteriores temores surgidos por culpa del doppelgänger.
Harry presentía un futuro increíble y sorprendente al lado de Draco y, finalmente, se durmió pensando que ya nada le hacía falta para ser feliz.
Probablemente se equivocó, como se dio cuenta unas semanas después.
Por regla general, Harry no solía ser de las personas que ansiaban revancha, y de hecho ni siquiera había pensado en ello durante todos los meses que habían pasado desde aquel 14 de febrero en el que se había encontrado con Pansy Parkinson y el novio de ésta en un Caffè Nero.
Pero cuando se topó con ella, sola y llena de amargura mientras deambulaba por el Callejón Diagon un día de agosto, el recuerdo de aquella tarde en la que Pansy lo había lastimado asegurándole que Draco jamás saldría con él por no ser de su tipo acudió a su mente tan fresco como si hubiese pasado apenas el día anterior. Y sin querer, la revancha llegó a él.
Harry y Draco no solían frecuentar mucho los sitios mágicos, pero en esa ocasión Harry había tenido necesidad de salir a comprar algunos enseres e ingredientes para adecuar su casa nueva y dejarla lo más mágica posible. Draco había contratado a Dobby (con un sueldo mucho muy generoso, cabía destacar) para que fuese él el mayordomo. Estando a punto de mudarse a Richmond, Draco, Harry y el mismo Dobby trabajaban a marchas forzadas para terminar de amueblar y decorar la casa.
Harry iba revisando la lista de ingredientes para pociones que Draco le había escrito cuando se topó frente a frente con Pansy Parkinson.
—Disculpe usted —masculló Harry antes de darse cuenta de quién era la persona contra la que había chocado. Aún antes de verle la cara, Harry se percató de que ella llevaba un diario en las manos: la edición de El Profeta donde anunciaban a ocho columnas el aberrante enlace matrimonial (si es que se le podía llamar así, decían) entre los dos magos que más escándalos habían ocasionado en la sociedad mágica durante el último siglo.
Harry miró el periódico y apretó los labios para no sonreír. En su paseo por el Callejón Diagon había observado que todo el mundo parecía estar leyéndolo, así que no le sorprendió haber recibido más desplantes ese día que en el común. Pero, entonces, levantó los ojos del diario y fue cuando descubrió que la persona que tenía enfrente era justamente aquella que le había vaticinado que Draco jamás se fijaría en él.
Pansy Parkinson lo estaba mirando con algo que rayaba en el odio más encarnizado, salpicado con negación, incredulidad y unas ganas evidentes de asesinarlo. Harry no pudo evitarlo; realmente no estaba en su naturaleza ser así de vengativo, pero la sonrisa enorme que adornó su rostro fue espontánea y totalmente genuina. Pansy, al verlo sonreír así, enrojeció y se enojó más.
Arrugó El Profeta con una mano y lo agitó bajo las narices de Harry. Éste tuvo que moverse un poco hacia atrás para no resultar abofeteado con papel periódico.
—Esto… —comenzó a decir Pansy en voz baja y peligrosa— Esto no es posible. Tú le has hecho algo, Potter. Lo has hechizado, ¡le has dado a beber alguna poción de amor! ¡Te juro que no descansaré hasta saber qué fue lo que le hiciste!
Harry cerró los ojos durante un momento y suspiró. Le estaba costando bastante no soltar la carcajada. En un arranque súbito de alegría y revanchismo, abrió los ojos de nuevo y le dijo a Pansy sin dejar de sonreír:
—No necesitas cansarte haciendo investigaciones, Pansy. Yo puedo decirte con pelos y señales qué fue lo que hice a Draco… y le sigo haciendo. ¿Quieres que comience a describirte lo que pasa cuando todavía estamos vestidos o te cuento directamente lo que sucede después de que le quito la ropa?
Pansy enrojeció todavía más, de un modo que ya resultaba verdaderamente cómico y hasta atemorizante. Apretó los labios mientras estrujaba tan duro el periódico que a Harry no le habría sorprendido que lo partiera a la mitad.
—Pe-pero… —tartamudeó ella, presa de la furia y la suspicacia— ¿Cómo ha pasado ESTO? ¿Cómo ha podido él, justamente ÉL, pedirte matrimonio A TI? ¡Para empezar, TÚ NO ERES SU TIPO! ¡Y a mí, Draco me juró una vez que jamás iba a casarse con nadie! ¡CON NADIE, POTTER, MENOS CONTIGO!
Harry se encogió de hombros, su sonrisa cada vez más y más ancha y descarada.
—Pues…
—¡Lo has hechizado para quedarte con la fortuna de los Malfoy, tú, pobre diablo que no tiene dónde caerse muerto! ¡ES ESO!
—¿Te imaginas lo feliz que estará Lucius cuando sepa esto? —le dijo Harry sin poderse contener. Jamás había pensado que hacer enojar a alguien fuese tan divertido—. Estará fascinado que sea yo quien herede todo su reino.
Pansy parecía a punto de un soponcio. Agitó de nuevo el periódico enfrente de la cara de Harry y masculló entre dientes:
—Búrlate lo que quieras, Potter. Pero esto… —usó el diario para golpear a Harry en el pecho— ESTO no es normal y tarde o temprano se descubrirá tu pastel. Todos los que conocemos a Draco sabemos que estar contigo y querer casarse va contra todas esas malditas reglas de puta que él mismo escribió.
Harry abrió mucho los ojos al recordar aquellas absurdas reglas de Draco, las cuales éste se había pasado por el Arco del Triunfo desde el momento en que Harry terminó con Colin; todo para poder, finalmente, estar con él. ¡Qué tiempos y qué recuerdos!
—Ah, sí, eso. Las reglas de su manual —dijo Harry con aire de ensoñación y ocasionando que Pansy entrecerrara tanto sus ojos que éstos apenas sí se veían—. Pero Pansy, déjame contarte que una vez en Hogwarts, un profesor muy bienintencionado y amable de los muchos que tuvimos, me dijo que los Potter parecíamos no estar habituados a respetar las normas, que teníamos un talento innato para romper reglas y cosas así. Así que… supongo que ha sido eso. —Sonrió ampliamente y agregó—: Draco sencillamente no pudo luchar contra la herencia de mi apellido.
Pansy soltó un chillido de la más pura desesperación. Rompió el periódico en mil pedazos y se los arrojó a Harry a la cara antes de salir corriendo de ahí.
Harry la miró alejarse y luego se percató de que mucha gente lo estaba observando con atención; casi todos ellos muy escandalizados y cuchicheando sin parar. Harry les sonrió y emprendió su camino hacia la botica. Entre más rápido saliera de ahí, mejor. Aunque, ahora que lo pensaba, tal vez Draco ya le estaba contagiando algo de su peculiar manera de ser y resultaba que ahora Harry disfrutaba (como antes no podía) de torturar un poco a los intolerantes magos y brujas que se cruzasen en su camino.
Caminó lentamente mientras saludaba con la mano y les sonreía descarado a todos los que lo señalaban a su paso; la alegría insana que le había quedado después de su encuentro con Pansy demoró bastante tiempo en desvanecérsele del alma.
Cuando regresó a su viejo apartamento en el Soho, Harry sintió un golpe de nostalgia que por poco lo derrumba. El lugar ya estaba casi completamente vacío. Caminó por el corredor hacia el cuarto de Draco, donde lo encontró terminando de empacar los últimos cachivaches que le restaban. Esa misma noche habían planeado pernoctar por primera vez en su casa de Richmond y ambos apenas podían con la emoción.
—¿Qué es eso que tienes ahí? —le preguntó Harry cuando vio que Draco, con una gran sonrisa, miraba un pergamino viejo y todo emborronado.
Draco reaccionó como si lo hubiesen pillado haciendo algo indebido. Brincó en su sitio y el pergamino casi se le cae de las manos.
—¡Nada! Es sólo basura que iba a quemar.
Rápidamente y antes de que Harry llegara hasta el sitio donde estaba hincado en el piso, Draco sacó su varita y le aplicó un incendio al pergamino. Lo dejó flotando en el aire mientras Harry y él lo miraban consumirse hasta quedar sólo cenizas, las cuales cayeron lentamente al suelo. Draco no tenía que decírselo, y Harry no había necesitado ver el papel para saber de qué se trataba.
Sencillamente, lo sabía. Lo sabía, así como sabía que Draco había roto todas y cada una de esas reglas para poder estar con Harry una vez que descubrió que estar enamorado y en una relación no era tan terrorífico como había pensado.
Harry caminó hasta Draco, se inclinó sobre él, lo tomó de los brazos y tiró suavemente hasta levantarlo. Una vez los dos de pie, Harry lo besó profundamente, intentando decirle sin palabras lo mucho que agradecía a la vida haber nacido siendo un Potter porque, según Snape, las reglas no estaban hechas para los descarados y arrogantes que llevaban ese nombre.
Se rió encima de los labios de Draco y éste se movió hacia atrás.
—¿Tienes algún chiste que quieras compartir con la clase, Potter? —preguntó Draco arqueando una ceja, sin entender el repentino ataque de risa que había dominado a Harry.
—Nada, es que… Dios, acabo de descubrir que acordarme de Snape mientras te beso, no es el mejor afrodisiaco, ¿sabes?
—¿De Snape? ¿Y por qué demonios te acuerdas de Snape precisamente ahora?
Harry sonrió ante la indignación de Draco. Se encogió de hombros.
—De verdad que no tengo idea —le mintió.
Draco parecía a punto de replicar algo, pero Harry volvió a inclinarse a besarlo y no le permitió hablar.
Hicieron el amor por última vez en aquel apartamento, y ni el recuerdo de Snape ni el de nadie más volvió a pasar por su mente mientras Draco lo besaba hasta volverlo loco y lo penetraba implacablemente contra el duro piso de madera, ambos poseídos por una pasión que iba más allá de lo que las palabras, e incluso las acciones, podían describir. Ambos entregándose con el alma a un último orgasmo en el lugar donde habían vivido durante casi cuatro años, donde se habían conocido realmente, donde habían aprendido a ser amigos y, finalmente, donde se habían enamorado el uno del otro sin remedio.
Como muchas otras veces antes, Harry no pudo más que agradecerle a la buena estrella que siempre, siempre, parecía alumbrar su existencia y que lo había convertido no sólo en el sobreviviente de dos guerras, sino también en la única excepción a las reglas del manual de Draco Malfoy.
Bendito legado de los Potter.
Fin
